¡Era tan feliz en Ciudad Rodrigo y no solo con la «madre»Mercedes! Había toda clase de pajaritos con alzacolas rojizas, avocetas, jilgueros alondras ricotí, golondrinas...Toda clase de aves que planeaban con el mágico compás de las cigüeñas. El aire se dormía en los prados.
Todos aseguraron que sería yo pintor. En realidad era un ferviente del dibujo. Naturalmente llenaba con ellos todos mis cuadernos, pero también algunas paredes, las servilletas, todos los abanicos que pillaba, y sobre todo la pizarra tan efímera sin la pedrada del para-siempre.
Al recibir en Ciudad Rodrigo en 1939 tan asombrosa casita todos en en torno mío afirmaron que me era dirigida; pero ¿por quién?
Mucho más tarde el sol mirobrigense descubrió bajo la azotea un letrero que había sido tachado: «Recuerdo de papá». Inmediatamente creí adivinar que se trataba de algo de lo que no podía hablar en tumbos de la sombra. Algo que se ahogaba en mi boca.
Como mi madre trabajaba en Burgos solo nos veíamos una vez por mes. Le contaba con pelos y señales parte de lo mucho de lo que había ocurrido en Ciudad Rodrigo llegado de las cañadas como capullos abiertos
Fue mucho más tarde cuando me serví de la casita como escenario de la función de teatro de-lo-ocurrido .
Poco a poco la casita se convirtió en escenario y el relato a mi madre en pieza de dramaturgo.
Por eso todas ellas, mordiendo manzanas inéditas, finalizan con una subida al cielo. Inspirada ahora y siempre por la escalera exterior de la casita.
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«...las serpientes-Boa-constructoras de La Trimouille se han reunido para ofrecer a su hermana viajera ¿una maleta con estrellas?».
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