Silex. Madrid, 2024. 222 páginas. 21 €.
Por Alfredo Crespo Alcázar
En Historia de la violencia en Perú (1962-2015). Sendero Luminoso, MRTA y terrorismo de Estado, los profesores José Manuel Azcona Pastor y Jerónimo Ríos Sierra nos presentan una obra de referencia en la que abordan de manera rigurosa la violencia con intencionalidad política que sacudió al aludido país andino en las décadas finales del siglo XX. Excelentes conocedores del objeto de estudio, como certifica su ingente producción académica, ambos diseccionan con precisión de cirujano a los principales actores implicados en un reguero de muerte y destrucción, en el que el respeto por los derechos humanos estuvo deliberadamente ausente.
Los autores ordenan la obra en 7 capítulos, no descuidando el análisis del contexto histórico interno peruano (de la dictadura militar a la democracia notablemente imperfecta) e internacional (en particular, la división entre el comunismo chino y soviético, dentro de un marco más global como fue la guerra fría). Asimismo, destaca la abundante bibliografía, aportando fuentes primarias de mucho interés, sobresaliendo las numerosas entrevistas a ex integrantes de las mencionadas organizaciones terroristas, así como a víctimas del conflicto.
Sendero Luminoso y MRTA constituyen organizaciones terroristas que se integran dentro de la tercera oleada del terrorismo (terrorismo de extrema izquierda), según la clasificación canónica trazada por David Rapoport. En este sentido, lo fundamental es que sus acciones tuvieron lugar a partir de 1980, es decir, cuando Perú había recuperado la democracia, tras los 12 años de dictadura militar. No obstante, el deseo de recurrir a la violencia como herramienta legítima para hacer la “revolución” no fue una medida improvisada; por el contrario, se había decidido con anterioridad, despreciando cualquier vía legal para transmitir sus reivindicaciones.
Un buen ejemplo de esta premisa lo apreciamos en la creación por parte del MRTA de los “tribunales revolucionarios”, los cuales disfrutaban de “competencias” para ejercer una justicia paralela, realizando condenas a muerte a adversarios a los que previamente había estigmatizado la organización terrorista. Tal es el caso del líder indígena Alejandro Calderón y de dos colaboradores suyos (p.102).
Un elemento fundamental que Azcona y Ríos enfatizan en la obra radica en que, entre las dos organizaciones terroristas, las diferencias prevalecieron sobre las semejanzas. Así, Sendero Luminoso recurrió a la guerra popular prolongada que inició en el campo y quiso trasladar a la ciudad, en especial a Lima. Por su parte, el MRTA optó por el escenario urbano. Para Sendero Luminoso el sujeto revolucionario era el campesino, bebiendo de esta manera de un maoísmo indisimulado; para el MRTA, el proletariado. Ambas coinciden en que languidecieron a partir de los años 90s, no así sus repercusiones en forma de legado de una subcultura de la violencia.
¿A qué factores obedeció la derrota, con todas las cautelas que tal expresión exige, de Sendero Luminoso y de MRTA? Como respuesta genérica a esta compleja pregunta, podemos indicar que el rol del Estado y de su aparato de seguridad fue clave, si bien, como insisten los autores, empleando medidas susceptibles de englobarse dentro del “terrorismo de Estado”, en particular durante los gobiernos de Alberto Fujimori. En lo que alude de manera particular a Sendero Luminoso, su ocaso comenzó tras la captura de su líder, Abimael Guzmán, en 1992 por la acción de las fuerzas y cuerpos de seguridad.
En este sentido, el “Camarada Gonzalo” era “la persona que hacía de todo en la organización, todas las acciones y decisiones políticas salían de él” (p.134). Tras su detención y exposición pública, se inició un debate interno en el seno de Sendero Luminoso con una cuestión principal ¿había que continuar la lucha armada? Tal controversia generó confusión ideológica entre los senderistas, “más si cabe, cuando el propio Guzmán, un año después de su caída, terminó solicitando a Fujimori que pusiera fin a un conflicto armado que, de facto, ya había terminado” (p.157).
Con todo ello, las capitulaciones subsiguientes llevadas a cabo por los sucesores del “Camarada Gonzalo”, en ningún caso significaron la desaparición definitiva de Sendero Luminoso. En efecto, durante la presente centuria, enclaves geográficos como Vraem, donde existe una ausencia casi total del Estado, han simbolizado la pervivencia senderista, predominando en su proceder actividades propias de la criminalidad organizada, en particular el narcotráfico.
Finalmente, hay una cuestión a la que Azcona y Ríos conceden prioridad máxima: la reacción del Estado y de la opinión pública frente a las acometidas terroristas. Cabe señalar que ambos actores inicialmente tendieron a subestimar el carácter liberticida de MRTA y Sendero Luminoso. De hecho, cuando la organización liderada por Abimael Guzmán inició una vorágine de sabotajes y atentados, en pleno retorno de la democracia a Perú, este fenómeno “revistió de una gran indiferencia y un desconocimiento que, en realidad, visibilizaba la realidad que presentaba Lima, y alguna ciudad, con respecto al resto del país (…). Publicaciones como Caretas se refirieron al incidente negando cualquier atisbo insurreccional o terrorista de lo que calificó como Senderito Ominoso” (págs. 72-73).
Esta suerte de despreocupación gubernamental fue instrumentalizada por el MRTA (secuestros a referentes de la comunicación para así difundir su ideario) y, sobre todo, por Sendero Luminoso que puso en marcha los dos ejes principales de su modus operandi: por un lado, la guerra popular prolongada (de inspiración claramente maoísta) y, por otro lado, la cuota de sangre.
La contundente reacción posterior por parte de los gobiernos peruanos, primero con Alan García y, sobre todo, con Fujimori, se centró esencialmente en emplear una violencia desmedida, en la mayoría de los casos implementada con una ausencia total de transparencia. Prácticas como fomentar la aparición de Comités de Autodefensa o la creación del Grupo Colina, convirtieron a los dirigentes peruanos en conculcadores de derechos humanos y libertades fundamentales.
En definitiva, Sendero Luminoso, Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) y el Estado peruano libraron un conflicto cuyas repercusiones en forma de fractura social se advierten en la actualidad, existiendo serios obstáculos para una verdadera reconciliación nacional en el corto y medio plazo. José Manuel Azcona Pastor y Jerónimo Ríos Sierra abordan esta etapa crucial de Perú y lo hacen desde el rigor académico, rechazando en todo momento incurrir en buenismos y caer en equidistancias.