En el dormitorio de los escolapios de Getafe antes de dormir veíamos la guerra a nuestra ventana envuelta en la nube de macetitas dormidas. Los reflectores a partir del alba surcaban el aire ingentes, encopetados y grandullones, a veces incluso desmedidos y monumentales.
Cruzaban la noche zigzagueando por sí solos. Nos dijeron que estaban protegiendo no solo a Getafe sino a España, por si alguna formación enemiga venía a bombardeanos, como fugitivos de la noche. Eramos tan importantes que no nos extrañaba que el centro de la guerra aérea mundial se situara en Getafe; cuando la nieve desparramaba la gélida raíz.
A los padres (¿casi todos santos?) no les gustaba que con los instructores italianos todas las mañanas cantáramos el «Cara-al-sol». El gracioso de mi clase era un chico tan rico que su madre venía todos los domingos en un coche francés de ‘dos-caballos’ conducido por un chofer con uniforme.
Los italianos era simpatiquísimos sobre todo cuando nos enseñaban a desfilar:
-Corps giusto, giusto corps, uno due, uno due, uno due, uno due…
Pero con más gozo aún cantaba solista en el coro oliendo el nardo y ofreciendo el delicado antojo de la música.
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«...el 26 rey visigodo, Chindasvinto, solo desconfiaba ¿lo despreciable?»