Pedro Sánchez ha detectado con notable precisión los caladeros de votos en España. A todos ellos ha acudido solícito con patrocinios, subvenciones, aportaciones varias y el objetivo no disimulado de robustecer su posición en las próximas elecciones. Se trata lisa y llanamente de la compra descarada de votos. Desde los jóvenes que cumplen 18 años hasta las parturientas, los más diversos sectores sociales han recibido las dádivas sanchistas. Si a esta política se une el gasto público incontenido, el número de asesores, el exceso de cargos en las tres administraciones, la desmesura de las empresas públicas, los viajes suntuosos con la añadidura del catering más costoso y tantas y tantas partidas que han publicado el bienestar del sanchismo, el resultado ha sido la crecida acongojante de la deuda pública y el aumento incesante de los impuestos.
Buesa y Pin Arboledas han resumido certeramente la cuestión: “El gran afán recaudatorio de este Gobierno se debe a su incontenible afán de derroche”. Políticos sin la menor experiencia empresarial han encontrado la cómoda gallina de los huevos de oro. Hace falta más dinero para pagar los excesos en el gasto público y en la compra de votos, pues se suben los impuestos y que los contribuyentes que trabajan abonen lo que los políticos despilfarran. Se trata de una política implacable que esquilma sin piedad al pueblo. Los sanchistas viven del ciudadano medio y el ciudadano medio vive de su trabajo.
No sólo en España se produce el abuso de la clase política. El padecimiento afecta a no pocas naciones europeas e iberoamericanas. Y la reacción ha empezado a producirse tanto en Europa como en América. El pueblo español se encuentra ya expectante de lo que puede ocurrir con el César Sánchez y con el sanchismo y no son pocos los que apuntan el cercano derrumbamiento de los que han multiplicado el abuso en los últimos años.