Opinión

Queremos una casa: con el llaverazo a cuestas

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 15 de octubre de 2024

Miles de personas se han echado al monte (a la calle) este fin de semana agitando sus llaves en señal de indignación, lo que se ha bautizado como el llaverazo. El 66% de los españolitos entre 18 y 34 años en España continúa viviendo con los padres, frente al 50% de 2010. Todo va a peor, como sabemos, menos para los políticos, que han hecho del derecho a la vivienda –de los demás– la menor de sus preocupaciones. Las promesas del parque público de vivienda protegida han caído en saco roto; bueno salir a patear las aceras, que es lo que no desaparece nunca. El asfalto es el gran consuelo.

Las administraciones no saben ni quieren garantizar el artículo 47 de la Constitución, el del derecho a una vivienda digna, de manera que la morada se ha convertido en uno de los problemas para los españoles. La última vez que la población se movilizó por la cuestión del hogar fue cuando la crisis hipotecaria, hace diez años, porque aquí todos nos roban, desde los bancos a sus señorías, más iguales todos a sí mismos que una década atrás. Ahora la injusticia del pisito, desde que Azcona contó en el cine lo de su precio inasequible en 1958, es más recóndita, más organizada y está más repartida –fondos buitre, intereses de los lobis de la construcción, agentes depredadores de toda laya–, que el de la vivienda es uno de los negocios más lucrativos que hay en España, siendo tan pocos los que aún dan algún beneficio.

José Luis López Vázquez y Mary Carrillo en la película de Marco Ferreri son el caro recuerdo de lo que había de venir necesariamente, una joven pareja que pasa penalidades para buscar techo y dejar la pensión, la casa de los progenitores y otras residencias vicarias, que la adolescencia se prolonga hasta los cuarenta años a través del ladrillo y los amos del cotarro siguen compareciendo a la hora de la nómina con el raquítico mileurismo. Rastreamos una vez más las esquinas y los anuncios buscando un hogar –dulce o salado– que mandó forjar nuestra carta magna, porque de pequeños teníamos la maravillosa facultad de hacer una casa con bloques de madera. Ahora es solo una transacción en la encarecida bolsa de los pisos. Con todo, en las capitales españolas los muchachos pueden reorganizarse la vida y armar un gran salón, con muchas camas, sin escudos aristocráticos y muchos muebles de Ikea, porque habrá que rehilar de nuevo el concepto de familia. Ellos, los que mandan gracias a nuestros votos, lo tienen claro: numerosa, como los del Opus, y la casa con siete cuartos de baño y piscina. Y, si es posible, un chalecito en Málaga para remojarse los pies en las olas de julio.

En una palabra: el fin de semana, miles de chavales hallaron la identidad y la identificación entre la generación de sus padres y la que ha de venir después, que es la comuna, colofonoeando el asunto que ya atisbaron Ferreri, Azcona y los sabios que nos precedieron. Aquel ir de la ajetreada Gran Vía a las cambalacherías de Atocha en la alta noche de los anuncios de alquiler en los balcones es ya un grito colectivo y comunal, tan colectivo y comunal como parece que va a ser todo por aquí en los próximos años en cuestiones de la vivienda.