Cuando pensamos en pintoras españolas de los últimos tiempos, inevitablemente nos vienen a la cabeza nombres como los asociados a la escuela del realismo madrileño —María Moreno, Amalia Avia o Isabel Quintanilla—, lamentablemente a la sombra de sus esposos también pintores, aunque actualmente estén gozando de su reivindicación y exhibiciones por parte de importantes instituciones. También nos vendrán a la cabeza otras creadoras como Carmen Laffón o Isabel Guerra —la famosa pintora española hiperrealista—. No obstante, todavía queda mucho por hacer en el reconocimiento nacional e internacional de nuestras artistas, y lo que es más importante: su visibilización social, en una época en la que el arte y la cultura en general parece que cada vez importan menos a un público generacional poco formado y casi nada informado en estas lides. Una cultura con mayúsculas que ha dado paso a otra en minúsculas, marginal y cada vez menos sujeta a cánones mínimos de calidad. Consumo rápido y perecedero, condenado a olvidarse al poco tiempo de alcanzar popularidad.
Por fortuna, aún quedan personas que luchan diariamente por reivindicar un arte de calidad, exigente y respetuoso con la herencia pictórica. Uno de estos nombres es el de Consuelo Hernández, cuya constancia y buen hacer le han granjeado un estilo único e inconfundible, así como numerosos reconocimientos a nivel mundial.
Alentada desde niña en el trabajo plástico, ha sentido desde siempre predilección por la pintura figurativa, adscribiéndose a la corriente realista. Licenciada en Filología Románica y catedrática de Lengua y Literatura, transitó de su Cáceres natal a la Salamanca de su formación universitaria, el Madrid de su relación con Antonio López y los realistas —grupo que enriqueció uniéndose a sus filas— e incluso Tánger —donde pasó seis años de su vida y tuvo una importante influencia simbólica en su biografía—.
Su obra se ha expuesto en lugares tan distintos y señeros, como las ferias y festivales internacionales de Chicago, Hong Kong, Singapur o París. El Instituto Cervantes de Tánger expuso también su obra en Marruecos. La edición y publicación del libro Un escenario en ruinas. Llamamiento artístico literario por la recuperación del Gran Teatro Cervantes de Tánger (2013) supuso la primera piedra en la recuperación del tangerino Teatro Cervantes, que por fin está llevándose a cabo. Un edificio que tiene una gran presencia en su obra, así como la ciudad en que se enclava.
Entre los numerosos reconocimientos recibidos, destaca la Medalla de Oro a la obra y trayectoria artística —otorgada por la institución Foro Europa 2001 en 2016—, el Premio “Caravaggio” en Milán o el Premio “Botticelli” en Florencia, así como el Premio “Artist of year 2019” en Mantova o la Medalla de Plata a su obra y trayectoria artística por la parisina Real Academia francesa Arts-Sciences-Lettres (2019).
Conversamos con la autora a fin de trazar algunos de sus hitos biográficos y profesionales, así como buscando conocer sus proyectos presentes y futuros.
Pregunta: En tu primera formación tuvo un papel bien relevante tu padre, Benicio Hernández, de gran sensibilidad artística. Cuéntanos a rasgos generales cómo se desarrolló tu pasión por el arte en los años iniciales.
Respuesta: Efectivamente, tuve el privilegio de contar con unos padres que creían en la educación en valores: la disciplina en el trabajo, la sinceridad, el amor a la familia; y en la importancia del espíritu, esencia del ser humano. En especial con mi padre —gran amante del arte en todas sus manifestaciones— tuve una importante conexión. Él, desde que yo era muy pequeña, prestó gran atención a mis primeros tanteos en dibujo y pintura. Y los motivó, facilitándome tanto la lectura de libros como materiales para la práctica de los primeros trazos y pinceladas. Ejemplo de la importancia que mi familia concedía al arte es el hecho de que habilitaran un saloncito de la casa en donde mi hermano tocaba su pianola mientras yo pintaba. Allí, en el caballete situado al lado de una ventana, retocaba las pinturas sobre calles y edificios de mi pueblo natal, realizadas directamente del natural. Y en la adolescencia, cuando me atreví con el óleo, hice copias de reproducciones de los grandes maestros del Prado —Velázquez, Goya, El Greco— tras haber visitado el museo de la mano de mis padres a los siete años de edad. Ese legado artístico indudablemente se lo debo, por una parte, a la familia en que nací; por otra, a la necesidad de pintar que fui experimentando a medida que practicaba el dibujo y la pintura. En relación con ello, y como afirma Kandisky en su libro De lo espiritual en el arte, tengo la conciencia de que “la obra de arte es la expresión del artista nacida de su necesidad interior; la expresión de su época, a través de un estilo, y la expresión misma del arte....”
Pregunta: Otro capítulo a reseñar de tu biografía es la compaginación de tu formación artística con la académica, licenciándote en Filología Románica y siendo catedrática de Lengua y Literatura. ¿Podría decirse que tu interés por las letras está relacionada de algún modo con tu interés por el arte? ¿De qué modo se produce este diálogo?
Respuesta: Para la respuesta a tu pregunta he de referirme nuevamente a mi padre: a la adquisición del hábito de hacer compatibles los estudios académicos con el arte, una formación humana integral mediante la que quedaba garantizado el cuidado del cuerpo y del espíritu. Hábito que he mantenido a lo largo de los años y cuya consecuencia ha sido el sentimiento del arte como necesidad y esencia de mi vida. Pero la sensibilidad artística no se reduce solo a una forma de expresión sino que abarca otras aparentemente diferentes, la literatura, la música o el teatro. De ahí la elección de estudios universitarios de Lengua y Literatura, elección decidida al final del Bachillerato, época en la que también experimentaba la emoción con la lectura de poemas de Machado, Lorca o Bécquer (mi ídolo en la adolescencia). Una etapa en la que alternaba la práctica de la pintura con la escritura. Realmente las emociones que producen la lectura de textos poéticos, de Machado, Neruda, Aleixandre, Lorca, Alberti, son muy parecidas a las que evoca la contemplación de un cuadro de Leonardo da Vinci, de Felice Casorati, de Edward Hopper, de Andrew Wyeth... Emociones que surgen por medio de los sentidos —los ojos, la voz, el oído— e invaden el espíritu. Posiblemente las mismas que tuvo el pintor o el poeta en el proceso de creación de su obra. La emoción transmitida por un cuadro se produce mediante el color, la forma, la composición, la propia pintura. En el caso de la poesía, es la voz del poeta, que utiliza la palabra para expresar sentimientos de amor, de tristeza o de alegría.
Pregunta: Tanto el realismo de Antonio López como los clásicos del Renacimiento italiano influirán, sin duda, en tu estilo figurativo y realista. ¿Qué nos puedes contar de esta etapa de los años 80 tan relevante?
Respuesta: Tras la época impresionista de juventud, el conocimiento de pintores realistas a través de visitas a museos, lecturas de catálogos y libros, fueron determinando mis aspiraciones de llegar a pintar más allá de la propia figuración, de ahondar en el objeto pintado. La magna exposición de Antonio López en 1985, en el museo de Albacete, fue determinante en mí para la inmersión plena en el estilo realista. Tal fue la admiración que sentí ante la obra del gran pintor de Tomelloso. También la contemplación de pinturas del Renacimiento italiano: Piero della Francesca, Botticelli, Bellini, Giorgione o Tiziano me mostraron un mundo pictórico maravilloso; en cuanto a la riqueza técnica, el colorido, los temas, el misterio, la ejecución minuciosa. Recuerdo que a finales de los años 80 cada cuadro que comenzaba se presentaba como un reto inigualable, y sabía que difícilmente podría obtener un resultado personal si me ceñía exclusivamente a la técnica. Veía en las obras de los grandes maestros, en cada pincelada, sentimientos indiscutibles; de ahí el resultado: una creación personal y propia. Técnica y sentimientos integrados en la pintura. De este modo, mediante la observación, recibí de estos grandes maestros las mejores lecciones magistrales de pintura.
Pregunta: Tu personal estilo combina la preocupación por el estudio del medio natural y sus posibles asociaciones con atmósferas de tipo mágicas. Háblanos un poco de esta concepción auroral tan creativa.
Respuesta: Pinto el entorno que me rodea, un paisaje que me impacta, un árbol, unos edificios, unos seres que pasean ensimismados por la calle, unos niños que juegan en el parque; pero pretendo que cada obra refleje el impacto que experimento yo misma. Realmente esas atmósferas que citas son algo significativo en mi pintura; pues en general veo el objeto, el lugar, el edificio, la persona, introducidos en un halo muy propio: su atmósfera personal; su ambiente. Incluso cuando se trata del retrato de alguien sin elementos externos que contextualicen su personalidad, intento dejar reflejados en sus rasgos físicos, —el color de su piel, la posición de sus manos, su mirada— su espíritu, su alma. Difuminando rasgos, acentuándolos, velándolos; depende de lo que haya captado y que pueda asociarse fácilmente al yo más íntimo de la persona. Es un modo de pintar por el que la atmósfera envuelve a la persona, al lugar o al objeto que tengo frente a mí.
Pregunta: Tu residencia en Tánger marca un antes y un después en tu producción. Además de inspirarte en sus paisajes y conocer a personalidades locales fundamentales del mundo de la cultura, te interesas por el estado de ruina en que se encuentra el histórico Gran Teatro Cervantes. ¿Cómo tiene lugar ese interés y de qué modo contribuiste a su recuperación?
Respuesta: Efectivamente. Tánger, como bien dices, marca un antes y un después, no solo en mi producción pictórica sino también desde el punto de vista personal. Primero fueron los alrededores de la ciudad lo que pinté, cuya riqueza vegetal es impresionante, con dos mares que se entrelazan y funden en un lugar precioso: Cabo Spartel. Posteriormente me introduje en las entrañas mágicas de la ciudad, edificios y calles de la época internacional de Tánger que me atrajeron poderosamente. Todo este paisaje rural y urbano aparecía cargado de leyendas y de misterio, al que sus habitantes contribuían con historias personales. En este sentido he de referirme a que nada más aterrizar en Tánger encontré hospitalidad, afecto, luz; esa luz que buscamos en innumerables períodos de nuestra vida. Y ni corta ni perezosa, me dispuse a pintar las playas, los mares, la vegetación, la ciudad. Tánger me iba absorbiendo, como si se tratara de una fantasía. El encuentro con el Gran Teatro Cervantes abandonado se produjo de manera similar. Pocos días después de poner el pie en Tánger me encontré con un hermoso edificio: un teatro majestuoso, abandonado, cuya fachada modernista se alzaba bellísima a pesar del polvo y del tiempo. Sabía de su existencia por guías y algún libro tangerinos; y que su origen era español. Pero no imaginaba lo que sentiría a continuación. Una y otra vez los habituales paseos tangerinos me llevaban al mismo lugar: al teatro. Lo contemplé de día, de noche, al atardecer, con cielos luminosos y con nubarrones. Poco a poco, el Cervantes fue apoderándose de mí. Hasta que pasado un tiempo cogí mi caballete con los bártulos de pintura y me senté frente a él. Había decidido que aquella joya de la arquitectura no podía tener un final sumergido en cenizas y que antes de que esto sucediera lo dejaría plasmado en el lienzo. Quizás era una manera personal de rescatar al teatro de la ruina. Así surgió la primera obra titulada Noche en el teatro Cervantes de Tánger, pintada en el año 2001. Luego siguieron otras que agrupé en la serie “Estaciones en el Gran Teatro Cervantes” (Primavera, Verano, Otoño, Invierno); Barbara Hutton en el Gran Teatro Cervantes y Gran Teatro Cervantes entre luces y sombras —todas realizadas durante la estancia en Tánger y a mi regreso a Madrid—. Siguió en su centenario (2013) la publicación del libro Un escenario en ruinas Llamamiento artístico literario por la recuperación del Gran Teatro Cervantes. Con la participación literaria de tres compañeros y amigos con quienes coincidí en Tánger como profesora. Resultado de esta publicación: una importante difusión de imágenes de las pinturas dedicadas al teatro; y un movimiento ciudadano, en parte liderado por mí misma y otras personas —españolas y marroquíes— unidas por su restauración. Ahora, pasados más de veinte años desde aquella primera pintura Noche..., puedo afirmar que el teatro Cervantes ha sido no sólo tema central de mi obra sino también una apuesta artística por la restauración de un teatro abandonado. El desenlace, —impensable, aunque sí deseado—, feliz. Tras la donación por parte del Estado español a Marruecos en 2019, hoy el teatro se encuentra en proceso de restauración.
Pregunta: Actualmente te encuentras trabajando en toda una serie de cuadros relacionados con Madrid y sus lugares representativos.
Pregunta: ¿Qué proyectos inmediatos tienes en marcha y como afrontas tu futuro como artista?