Opinión

En pocas palabras

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 16 de octubre de 2024

Que Pedro Sánchez miente no es una leyenda urbana. Eso lo saben hasta los caballos de Sabucedo. A estas alturas del compadreo y la presunta mancha de aceite que se extiende alrededor suyo, conviene sentarse a esperar porque el oficio de mentir guarda estrecha relación con la verdad sintética, algo tan obvio como decir que la nieve es blanca, sabedores que para don Pedro con sus famosas cábalas pretende hacernos creer que la nieve no tiene un color determinado. Él se concibe a sí mismo como un ser de luz, portador de un mantra, faro de la regeneración, guía entre las tinieblas del fango y adalid de la igualdad entre delincuentes y víctimas. Sin duda, un claro candidato al Nobel de la Paz por aquello de no ser menos que Barack Obama, hombre de la esperanza y el cambio que, a pesar de sus conquistas diplomáticas, llevó a EE. UU a “jugar” también con la guerra.

Don Pedro ha ido a ver al Papa, no para confesar sus pecados, sino para hacerse con la dispensa papal que le exonere del tema Koldo-Ábalos y de cuantas presuntas ramas se extienden alrededor de su álbum familiar y del esotérico número 1 o elemento X. Todo es supuesto y libre de pecados, mientras no se demuestre lo contrario. Ahora bien, ir al Vaticano con el tiempo tasado de 35 minutos solo da para llevarse puesta la bula del Santo Pontífice, para la cosa esa de la trama y poco más.

Los pecados de cierta índole ya no forman parte del hacer judicial, pero siempre hay uno de esos románticos de carrera que despuntan al alba. Me refiero al juez Juan Carlos Peinado, que ha hecho suyo el símil de ir como un cohete que tanto gusta a Pedro Sánchez cuando toca arbitrar eufemismos baratos. Como digo, el juez Peinado es hombre de bien, leal a la causa e infatigable buscador de brotes verdes entre los páramos de la sospecha, cosa digna de ensalzar en tiempos como estos en donde el arte del ‘trileo’ lo enmascaran mediante la industria de la mentira piadosa, ya saben, “pío, pío, que yo no he sido”.

Es placer que no escatimo al referirme a la mentira, pues detrás de cada causa hay un artista que interpreta el papel principal, más no por ello escasea en méritos quien así se ofrece a los demás. Ser canciller de la mentira es tarea de genio, pues exige un entrenamiento singular para el ejercicio de la voluntad, de tal manera que el corregidor ha de interpretar su papel con elevado oficio en tablas. De ello se desprende maestría para arquear la verdad y disparar el embuste, sabedor de estar rodeado de sus afines pesebristas, fieles al aplauso y la lisonja.

El mentiroso casi nunca conjuga el verbo que lo apadrina. Lo hace por un desorbitado sentido de la ambición. El actor no lo hace por valentía, sino más bien por miedo a perder el poder que él se otorga a sí mismo, al precio que sea y le venga en gana. Por ejemplo, para Pedro Sánchez la mentira es un instrumento útil, pues no solo le protege ante la verdad, sino que también le facilita moverse con holgura sin mostrar el mínimo rubor por ello. A fin de cuentas, la transformación de los valores y lo que damos en llamar ‘el mundo al revés’ es una simple cuestión de crear escuela, de tal manera que buena parte de la sociedad lo digiere aunque no lo tolere.

De cualquier forma, las tramas son un tostón, aunque diviertan al personal que, o bien, están dentro del meollo o sienten devoción por saber la vida de los demás. Salen del baúl de los recuerdos, las soflamas y lo del ‘tú, más’ que es muy socorrido para desempolvar memorias históricas o aquello de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. ¿Y qué es una trama sin dinero de por medio? Un clásico del trinque. Y es que a río revuelto ganancia de defraudadores. Más no olvidemos que el caudal público lo es por cosecha de nuestros bolsillos y es aquí donde los legatarios de la felonía se guardan en aforamientos y demás prerrogativas procesales, mientras al resto de los mortales se nos invita a la contemplación del desove de la mentira bajo el cielo de Babia.

Estamos en manos de huéspedes, y sabe Dios de qué efemérides del universo han sido traídos, pues carecen de santoral digno de ser nombrado. Lo cierto es que calzan ignorancia, transitan faltos de fundamentos y deambulan en tal desorden que, a golpe de desvaríos, destruyen nuestro pasado, nuestra historia y nuestra identidad.

De exiguo provecho veo en estos momentos el concurso de unos y de otros en materia de gobierno, pues infravalorados políticos se dan cita en los contubernios, a la sazón oscuros devaneos que aportan traiciones, cuando no descabellos. Y he aquí que entre todos la mataron y España sola se murió.

Y ante tanta trama y tanta presunción, si yo vistiera de toga hasta los pies, formularía a don Pedro la siguiente pregunta: ¿Qué sabía y desde cuándo lo sabía?

En fin, menos mal que a decir de don Pedro: “Este es un Gobierno implacable contra la corrupción” Y uno se queda más tranquilo.