Opinión

José Luis Ábalos

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 18 de octubre de 2024

Tengo que confesar que la figura – muy densa siempre, polemista irruente y llamativa – de José Luis Ábalos me resulta simpática. Lo siento; es quizás el político con el carácter más español, un carácter de español antiguo, eso sí, casi de Mesonero Romanos, que hoy se sienta en Las Cortes, toda una cueva de traidores, golfos y desaprensivos, asentados en una ideología de turpiloquios y porcografía ( Esteban González Pons ). Su indisimulable españolidad y sus aires de golfo popular de zarzuela trágica me lo hacen simpático, quizás el político más simpático que tenemos. Hijo del novillero Heliodoro Ábalos, “Carbonerito” – sólo el nombre del padre, Don del Cielo, anuncia grandeza mediterránea -, es hoy, a pesar de estar ya anatematizado por los partidos fariseos, el político más hondamente racial de España. Su padre, efectivamente, toreó unos treinta novillos en aquella época de oro de la tauromaquia, en que brillaban Corrochano, Bienvenida, Domingo Ortega, Fermín Espinosa, Fortuna, Fuentes Bejarano, Marcial Lalanda, Barrera, Alberto Balderas, Nicanor Villalta, Antonio Posada, Victoriano de la Serna, Gallo, Cagancho, Manolete o Belmonte, y la Guerra Civil lo encontró en territorio equivocado, toreando encima en corridas de beneficencia a favor de la causa roja, como una de Cuenca en septiembre de 1936, lo que fue el fin irremediable de la carrera toreril del jovencísimo matador. El Cossío es sombrío y casi desapacible con él, tratándolo como un héroe dickensiano: “Ábalos ( Heliodoro ), Carbonerito. Matador de novillos en funciones sin caballos y en plazas de pueblos. En el año 1934 toreó 12 tardes; en 1935 no llegó a diez, y en el siguiente no se dejó oír su nombre”. Es evidente que está redactada ya esta entrada incompleta con la censura franquista, de esta obra cumbre del Espasa. Es seguro que su padre conoció la tragedia personal, sin duda, en esta ocasión como la mayor parte de sus compatriotas, y que el dolor de no haber llegado al triunfo por la contienda y su fatídica situación en ella, le dejó un dolor en el alma, que quizás heredara su hijo en forma de tristeza castiza, de esa melancolía inmensa de golfo entrañable que flota en sus ojos. Tiene, sin duda, el atractivo estético de los vencidos por el mundo. Paco Nieva se queda corto cuando retrata España en obras maestras como La carroza de plomo candente, Los españoles bajo tierra, Catalina del demonio, Sombra y quimera de Larra, o Manuscrito encontrado en Zaragoza. Su literatura no exagera lo extremoso de nuestro caso, la continua zarzuela bufa que representa diariamente nuestro Estado. Yo veo una coherencia total entre el comportamiento de este hijo de novillero – la única y verdadera aristocracia en España son los toreros y las tonadilleras – y el carácter retórico de lo español, devenido ya de los manuales de retórica del Mundo Clásico, la Edad Media, el Renacimiento y la Ilustración, que enseñaban a los dramaturgos a construir los distintos caracteres nacionales. De los españoles se nos dice en tales manuales que somos “prontissimi, alacres, vivaces, loquaces, iactabundi, paupertate fortes, omnibus nationibus et invidentes et invisi”. En general, “hombres que se lanzan con pasión a destiempo” ( Ianus Parrhasius ). Esto es, que no arreglamos nuestras cosas antes de que se descarrilen por completo, llegando así casi siempre la sangre al río. La verdad es que hemos sido siempre muy obedientes al papel que nos asignan las retóricas de teatro. El proscrito Ábalos, el excomulgado Ábalos, el pestilente Ábalos, socarrado por el rayo de perder la gracia del jefe – lo llaman hoy “esa persona” sus antiguos compañeros, con todo lo peyorativo que tiene el mostrativo “ése” – es el representante por antonomasia de nuestra fabulamenta política y su comportamiento meretricio. Vencido por la vida, en el rostro del “pobre” Ábalos se dibuja una tan sentida resipiscencia que merece que lo perdonemos. Pauperculus, fraterculus. Es verdad que la peste de la COVID sirvió para que cientos de desaprensivos de todos los colores se enriquecieran como nunca con la desgracia de tan mortal pandemia. Pero hay ladrones rapaces más estilosos que otros. Así, aunque la mayor parte de la izquierda ya sabe robar con la elegancia innata de la derecha – largas prosapias con buenos modales aristocratizan el crimen: hay que robar con educación exquisita, esto es, por derecho propio -, que en toda familia de buen tono un crimen es un adorno semioculto de mucho gusto y casi imprescindible para el glamour del linaje, todavía, sin embargo, quedan familias, como la de Heliodoro, cuyas supuestas tramas no superan el grado de la golfería de barrios bajos, plebeculae facinus, slum. Y es que el verdadero pecado de Ábalos es su cara de destripaterrones, y le sale la zanahoria de la España honda y racial.

Además de atizar, con razón, al gobierno, el PP, que desde que se produjo la defenestración de Pablo Casado hace una política que no es carne ni pescado, debería investigar también qué hacen los órganos de control de la Administración, interventores, etc., cuando se producen estas prevaricaciones pecuniarias y malversaciones. ¿Mirar para otro lado? ¿Se olvidan inmediatamente de lo que han supervisado de acuerdo a la normativa del Derecho Administrativo? Porque en teoría no hay euro que se gaste que no pase por la intervención del Estado, por los ojos escrutadores de funcionarios de oposición. El caso Ábalos supone también la experiencia de la llegada al poder político de personas no morigeradas, de costumbres irregulares y un poco despendoladas; porque el poder no cambia la psicología del que “lo padece”, sino que intensifica sus vicios y amortigua sus virtudes. De ahí que Platón llamase al poder “tò tôn basileôn nosêma”; esto es, “la enfermedad de los reyes”. Quizás Ábalos no tenía la fortaleza moral y la firmeza para aguantar moralmente indemne esta enfermedad. La divisa del rey inglés Eduardo III era “it is as it is”. Pues eso. Pero con este linchamiento nauseabundo al “héroe trágico” de Ábalos, de un fariseísmo infinito, no restauraremos la salud pública perdida. España necesita aún construir la Democracia, pero las bandas de saqueadores que son los partidos políticos no lo hacen posible.