Opinión

La memoria histórica en ambas orillas

Víctor Morales Lezcano | Jueves 20 de noviembre de 2008
El 24 de febrero de 2004 tuvo lugar en Nador, ciudad norteña de Marruecos situada a unas pocas leguas de Melilla, un Coloquio que versó sobre la utilización de “armas químicas” en la guerra de El Rif (1924-1926). La editorial Amazigh en Rabat ha publicado unos cuantos textos en torno al tema, con motivo de la convocatoria de marras.

A nadie puede extrañar que, con el trasfondo del conflicto armado multilateral que se viene desarrollando en Iraq desde hace cinco años, resurjan planteamientos de denuncia sobre el empleo de armas tóxicas en situaciones bélicas, cuyo uso fue prohibido por el derecho internacional durante el transcurso de la primera guerra mundial, y que repugna frontalmente al sano juicio de la gente humanitaria que habita el planeta Tierra.

La España de Primo de Rivera y la Francia de la Troisième estuvieron, ciertamente, metidas hasta el pescuezo en la guerra de El Rif que mantuvieron los ejércitos de las dos potencias latinas, en suelo rifeño, durante cerca de tres años contra Mohamed Abdelkrim y las tribus confederadas de las montañas de Berbería que permanecieron fieles a las órdenes del Jatabi (orador).

De El Rif cabe decir que en su historia ha habido de todo, salvo suerte. Varios eventos históricos de envergadura considerable han tenido por escenario su imponente paisaje montañoso desde Jebala hasta las estribaciones limítrofes con el oeste de Argelia. Como ha sido el caso de la recluta de tropa indígena por los interventores españoles en el Protectorado, adscritos de inmediato a las tropas y al mando de los jefes y oficiales africanistas insurrectos contra la Segunda República. Éste es un capítulo algo turbio que algunos cuantos estudiosos -interesados en su esclarecimiento- hemos intentado aclarar en una publicación que coordinó en su momento J.A. González Alcantud (Marroquíes en la guerra civil española. Campos equívocos. Rubí (Barcelona): Anthropos; Granada: Diputación, 2003).

Por último, quepa recordar aquí otro hecho histórico, no de menor calibre que los dos anteriores. Veamos. Se cumple en estos meses del otoño de 2008, el cincuentenario de la insurrección popular de El Rif que en torno a Alhucemas (Targuist, Imzuren, Bu-Zineb, Ajdir) plantó cara a los criterios administrativos y militares del Trono alauí, que acababa de salir vencedor en su duelo con la República francesa (1954-56).

La insurrección de El Rif contra el Régimen marroquí que surgió de la independencia del país vecino, tuvo su figura guerrillera emblemática en Sellam Ameziane, mientras que el príncipe heredero de la corona, Muley Hassan II, con el respaldo tanto del general Mizzian como del coronel Ufkir fueron aglutinando el trío de represores que aplastó la insurrección rifeña AMDG.

Los tres episodios que se acaban de esbozar superficialmente, nos meten de hoz y coz en el delicado tema de la relación entre el Trono, Rabat y el Majzen con las provincias del Reino de Marruecos desde 1956 (Véase Le Journal Hebdomadaire, Casablanca, 25-31 octubre, 2008) hasta la fecha, marcada todavía por el contencioso sahariano, abierto en 1975-76.

Habrá que aprestarse a escribir ese ensayo político a camino entre pasado y presente de la historia de la frontera existente entre la España contemporánea (1914-2008) y el Marruecos colonial y, luego, independiente (1912-1999). Enmedio de ambos Estados hay El Rif, frontera territorial que duplica la frontera líquida de El Estrecho; donde la Memoria histórica tiene tarea por delante y los testimonios orales una oportunidad de excepción para revalidar la contribución de aquéllos que vivieron en ambas orillas el tiempo de silencio.

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