Opinión

Alfredo

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 23 de octubre de 2024

De excelencia para arriba, debo tributar en halagos a quien me prestó su mano de buena ayuda y mejor consejo. Don Alfredo es persona que marca el tiempo, sabedor de que su aplomo se guarda en amplias vivencias, pues no en vano descubrió la abogacía para bien de la castrense vida. Desfloró —con perdón— los entresijos de Afganistán, cuando este lugar se protegía a base de mujeres tapadas, cosa que a él, tan recio y cabal, aquello le resultaba mal, incómodo, diría, pues es hombre de mirar a los ojos a toda fémina que se precie en ser vista. —“La belleza oculta te priva de placeres y la vida ha de tener placer, vino y mujeres”—, acostumbra a decir don Alfredo en «petit comité».

Hombre de sable y arrojo, conocido por su bravura en combates de trinchera y cuerpo a cuerpo, que el valor nada aflige cuando desenvaina, que hasta a las mujeres ruboriza su estilo, su esgrima y tan buena maña. Cuida el detalle; incapaz de herir a nadie, prefiere guardar su arrojo y gustarse en vistas ante Tribunales de Justicia. Aunque él juega al encantamiento de sus artes diciendo que desconoce lo que los libros del derecho contienen, carece de sentido, y lo digo con respeto, teniendo en cuenta sus grandes logros y sus efectos, tanto en porfías judiciales como en pleitos.

Letrado bien frondoso, de buen empaque, cuya percha alumbrada con barba y bigote, hace de él un orador que, con pocas palabras, ocasiona discursos. Personaje de leyenda, entre militar de alto grado y del Tercio de Flandes, abogado. No lo digo por cosa de la edad, sino por ser un tío cojonudo, que su buen hacer por Kabul, allá por Asia del Sur, lo corrobora. Lo mismo se arroga en defensa de la causa mundana, como repudia el burka en la mujer afgana.

Es tan versátil como marcial, de ahí sus dos estrellas de ocho puntas luciendo juntas. Rango militar traído de una España universal, cuando las guerras se hacían sin vanidad y en misión de paz. Ahí estuvo él, entre escuadrones de fusil y sable, unido al Código de la Jurisdicción Militar.

Tira hacia Galicia por aquello del real gusto que siempre dan las almejas. Cuida bien el paladar, y con su arte de esgrima, ya sea queso de tetina, centollo de la ría, o percebes de Muxía, se enjareta el marisco asistido por un buen vino del lugar para luego echarse a bailar.

De sus predios, por ser este un tema que no viene al caso, mejor no citar por formar parte del secreto del sumario, más no por ello cabe obviar la riqueza de honor que atesora, pues siendo su origen medinense, también es hombre de gentilicio diverso, de tal manera que el mundo se le queda pequeño. Y entre oficio y predio se acomoda en el regocijo de su sabiduría. Algo de retranca tiene por su bonachona ironía. Más no por ello lo de ser de Medina del Campo hace menor su nombradía.

Más contar conviene que la historia de España persigue a este caballero, pues viene de la Castilla vallisoletana con el destile de celebridad, que no en vano tuvieron cuna de estadía o peregrinaron de paso personajes de gran notoriedad. Léanse Isabel la Católica, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Cristóbal Colón, Juana I de Castilla, el Marqués de la Ensenada y hasta el mismísimo Fernando el Católico, que en buena hora tirase los tejos a Isabel para gloria de cristianos y otros paisanos de buen pelaje y no menos linaje.

Hasta aquí, sabedor de cosa breve en forma de agradecer, añadiré que la persona de don Alfredo inculca la gallarda escuela del deber, una rareza de hoy en día. Más el honor de su amistad me enaltece, de la cual suscribo en calidad de cabo primero y antes furriel.

Siempre a sus órdenes, mi Teniente Coronel.