Opinión

El asno no puede convertirse en caballo

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 24 de octubre de 2024

“Ningún ser constituido en un grado inferior por naturaleza puede aspirar a un grado superior. Así, el asno no puede convertirse en caballo, pues si pasase a un linaje de naturaleza superior, ya no sería la suya. En esto la imaginación yerra cuando se figura que el hombre que aspira a elevarse a un grado superior en las cosas accidentales, cuyo acrecimiento puede verificarse sin que ello destruya al sujeto, puede también pretender ascender a un grado superior de naturaleza, al que no podría llegar sin dejar de ser”, afirma santo Tomás de Aquino[1].

Más de un asno aspirante a convertirse en fino caballo de carrera habría puesto a santo Tomás a caer de un burro por semejante afirmación, pues ¿quién no se cree en nuestros días superior a sí mismo, días en que todo soldado lleva en su mochila el barón de mariscal de campo? Parece que “nuestra época es un poco la época del asno que quiere convertirse en caballo. Ahora bien, sería muy de elogiar que el asno soñara en convertirse en caballo si su condición de asno le pareciese inferior y si estuviera dispuesto a abandonarla. Pero el asno piensa que llegará a ser caballo por el solo hecho de elevarse a un grado superior en lo referente a las cosas accidentales susceptibles de acrecimiento sin que haya destrucción del sujeto. El asno no comprende que sólo tiene dos alternativas: resignarse a su condición de asno y ser un buen asno, o salir definitivamente del reino asnal. La raza de los asnos se recluta, claro está, en todas las clases sociales. Ninguna está exenta de ella. La diferencia que existe entre el asno que quiere llegar a ser caballo en las clases privilegiadas y su hermano de las clases pobres es que el primero es más odioso que el segundo, y este último más alto para las coces”[2]. Bravo.

De todos modos, siempre hay alguna excepción. En efecto, según El diario El Imparcial de fecha 22/10/2024, la diva del pop estadounidense Britney Spears, de 42 años de edad, ha compartido una fotografía en su perfil de Instagram, donde afirma que se ha casado con ella misma. La cantante, vestida de blanco radiante y con los correspondientes abalorios de bodas y tornabodas, asegura en la red social que, si bien algunas personas podrían pensar que se trata de algo vergonzoso, ella está convencida de que es “lo más brillante que he hecho” en mi vida. Por supuesto, a falta de pan buenas son tortas.

Bien pensado, ¿para qué maridar con otro ser, si no iba a estar a su inefable altura? En su lugar prefiere adoptar el rol de caracol bisexual y llevarlo todo consigo arrastrando la baba y poniendo los cuernos al sol, propios y ajenos al mismo tiempo. De todos modos, y aunque la estadounidense Britney Spears presuma de originalidad en su imaginario, en el reino de los Narcisos posmodernos muchos y muchas se le habían adelantado.

No sé si su edad será aún la adecuada para tener hijos de sí misma consigo misma, pero seguramente podrá subrogar su paterno/maternidad con alguna clonación capaz de reproducir su divina vera effigies. En cualquier caso, deseo que, si fuera el caso, no devuelva a la criatura si es que viene de la máquina demiúrgica con algún rasgo de inferioridad diferencial respecto a la cantante. Voy a ver si me hago con algún disco suyo y seguir su ejemplo imitándola cuanto le sea posible a mi menguante voz y a su escasa condición musical.

Pero, no habiendo como dice el proverbio chino mal que por bien no venga, por lo menos logrará Britney Spears el aplauso cerrado de quienes se autodenominan de sexo fluido, pues la ambigenitalidad de quien se esposa consigo misma o consigo mismo resultará lo suficientemente placentera y digna de emulación como para que el mulo resultante de la hibridación asna-caballo o yegua-asno sea resistente, aunque estéril.

Platón llamó al poder tò tôn basileôn nosêma; esto es, la enfermedad de los reyes, pero ahora el poder de encantar serpientes parece tenerlo el ser “malote”, rebeldón sin causa, de ahí el engorde de las sectas malistas, aunque si aprietas un poco no pasen de hacer pucheros. Yo, la verdad, me esperaba algo más de la democracia maravillosa en que estamos. Me había imaginado que uno sabe cómo es su país y quién es él mismo por la forma de tratar a los pobres y a los enfermos, pero parece que mi añoso punto de vista se ha convertido en un cansino tópico.

De todos modos, algunos, aunque estén, no están; otros, aunque no estén, están, así que tal vez a muchos les harán más gracia que a mí estas memeces, pues prefiero anécdotas tan delicadas como la que contó González Ruano en su delicioso librito sobre don Miguel de Unamuno, y que para quitar el mal sabor de boca de lo antes expuesto les ofrezco ahora: “el aula donde explica sus clases es grande y limpia. Entra en ella el sol a borbotones. Desde la ventana se ven los tejados y los campanarios de la ciudad, el gótico florido de la catedral nueva y el cuartel instalado en el solemne y dormido colegio de San Bartolomé. Unamuno tiene desde 1901 la cátedra de Griego y la de Historia de la Lengua Castellana por acumulación. No gusta dar sus clases en el estrado de aparatosa tribuna, y explica a sus alumnos sentado junto a la ventana. Les habla en un tono pausado, convincente. Lee poesías, trozos de clásicos y da un aire rápido y divertido a la filología de una palabra. La clase es una conversación más de don Miguel, que como catedrático es liberal y, por supuesto, nada exigente para otorgar los aprobados. Es rigurosamente exacta una anécdota universitaria que viene aquí como anilla al dedo. En vísperas de examen se presenta en casa de Unamuno un alumno de griego. Don Miguel lo recibe y escucha de él esta proposición insólita: -Mire usted. Don Miguel, yo me examino mañana. Naturalmente, no sé una palabra y encuentro justificadísimo que usted me suspenda; pero quiero pedirle un favor. Mi padre viene a Salamanca exclusivamente a presenciar mis exámenes. Cree, el pobre, que soy un verdadero helenista. No quisiera defraudarle, y para esto me atrevo a suplicar a usted que me pregunte una lección convenida, que yo estudio esta noche como un loro. Usted, después, me pregunta otras cosas; yo no contesto, me suspende en justicia… y yo le puedo decir a mi padre que sufrí un azoramiento.

Hizo a don Miguel gracia aquella proposición, y benévolamente, acaso dispuesto a no preguntarle otra cosa, convino que le examinaría de un tema determinado: la lección 17, por ejemplo. Llega el momento del examen y don Miguel pregunta: -Vamos, dígame Y el muchacho contesta

El alumno encoge de hombros y contesta evasivamente: -No lo sé. Unamuno repasa un momento su memoria… Sí, no cabe duda que convinieron el tema 17. Aún, tímido y bondadoso, le pregunta en voz baja: -¿No era el diecisiete? -Sí, señor, pero como no ha venido mi padre por fin…”[3].

Pues a ver si vienen los padres de una vez…

[1] Summa Theologica, I, q.45.

[2] Ocampo, V: De Francesca a Beatrice a través de la Divina Comedia. Ed. Bookman, Madrid, 2021, pp. 155-156.

[3] González-Ruano, C: Miguel de Unamuno. Ediciones G.P. Barcelona, 1959, pp. 56-58.