Frente a los sectarios de turno, escribí en su día que Salvador Illa era el mal menor. De los presidentes posibles para encabezar la Generalidad en la primavera pasada el mal menor para los intereses de España era el exministro socialista.
Difícil aventurar lo que hará Salvador Illa en el futuro. Pero hasta ahora ha mantenido normalidad en su relación con el Estado, recibiendo al Rey en Barcelona y acudiendo a Moncloa para el encuentro de Pedro Sánchez con los presidentes autonómicos. Y sobre todo, estuvo presente como presidente de la Generalidad en el desfile que conmemoraba la Fiesta Nacional el pasado 12 de octubre y después cumplimentó en el Palacio Real al Jefe del Estado, a Su Majestad el Rey Felipe VI.
Solo los excluyentes y los sectarios guardarán silencio en lugar de elogiar la actitud de Salvador Illa. Pero en una situación tan tensa como la que zarandea políticamente a Cataluña, produce satisfacción comprobar que el presidente autonómico se integra con normalidad en el funcionamiento de las instituciones nacionales. Los que conocen la crisis interna de la política catalana saben que esto no era fácil y de ahí que Salvador Illa se merezca el elogio explícito.
No seré yo el que se lo regatee. Es la libertad lo que nos hace libres y, desde la independencia periodística y desde la libertad, dedico hoy las palabras que Salvador Illa merece. Ha despejado una situación emborrascada y ha rendido un servicio considerable a la normalidad democrática. Eso es bueno en primer lugar para los catalanes y después para el resto de los españoles. Y compromete democráticamente no sólo a la Comunidad Autónoma catalana, sino también a las del País Vasco y Navarra. La Constitución de 1978 consagró la unidad territorial de España y, frente a los que pretenden quebrarla, se alza Salvador Illa que la mantiene sin perder el pulso.