Al parecer la ortografía ha dejado de tomarse en consideración en la evaluación académica o en las actuales ruinas de algo semejante. Las faltas ortográficas, en la era de los correctores automáticos, son irrelevantes. La ortografía, como forma de ortopedia, puede aparecer como un corsé externo impuesto a la libre voluntad de unos sujetos que podrían expresar su subjetividad prístina e intacta de un modo inmediato, sin los rigores de esa normativa adventicia.
Por otra parte, se nos anuncian formas de comunicación sin la mediación de las palabras, una comunicación translúcida entre las consciencias, mediante conexiones directas entre sus sedes neuronales. El hombre dejará de ser ese animal dotado de logos, para devenir una suerte de silenciosa inteligencia universal en red. Son las promesas emancipatorias del transhumanismo. ¿Tiene sentido insistir en la reglamentación ortográfica entre sujetos no sólo ágrafos, sino también afásicos?
Se extienden numerosas tecnologías que dicen interpretar una subjetividad encarnada en las entretelas del organismo: en el ritmo cardíaco, en la temperatura o los rápidos movimientos del ojo, en la composición química del sudor, la saliva o la sangre, en el rubor de la piel o en los gestos sutiles inadvertidos para el propio sujeto. Una multitud de sensores de parche o tecnologías portables apresan al sujeto mucho antes de que hable, captan al sujeto escondido tras las palabras que sólo servirían para ocultarlo. Esa subjetividad silenciosa que, cubierta por el manto del lenguaje, ya ha sido desvelada y las formas de comunicación inmediata o directa – que suprimen la mediación del lenguaje – nos conducirán a un nuevo estadio en la revolución antropológica que se está produciendo – en aceleración constante – desde hace siglos.
Debería también desestimarse el rigor en la sintaxis, habría que deshacerse totalmente de la gramática y olvidar la riqueza léxica. La vieja noción de cultura, asociada a actividades librescas o literarias, hace tiempo que perdió su glamour, no en vano derivado de grammar. El lenguaje es sólo el último espacio dominado. Todas las operaciones humanas han sido conquistadas por tecnologías inteligentes hasta el punto de que sería posible deshacerse totalmente de una fuerza de trabajo, hace tanto tiempo reducida – en los sistemas productivos – a gestos mecánicos y movimientos sencillos perfectamente mensurables. ¿Cómo escaparía la actividad pedagógica de la estandarización universal (ISO)? Es ya posible una producción íntegramente mecanizada, de manera que el único trabajo humano, mientras la inteligencia artificial toma el control de su propio desarrollo, se encuentra en el diseño y supervisión relativa de la gran máquina. Pronto esa inteligencia universal y mecánica controlará su propio despliegue y el ser humano será incluido en su estructura mediante interfaces o puentes que sometan la vida humana al ritmo incansable de la existencia mecánica. El último símbolo de la victoria terminante del nuevo orden puede encontrarse en esos dos terminales de notable inteligencia mecánica que interpretaron días atrás, con magistral solvencia, las suites de Bach para violonchelo.
Al principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. Posiblemente nada haya sido atendido a lo largo de la historia de occidente con la obsesiva recurrencia con que se han estudiado las palabras fundacionales de San Juan. Al final reinará el silencio sólo roto por el improbable zumbido electrónico de un enjambre planetario. Sería la victoria de la razón que anunció el occidente moderno, la victoria de las ciencias físico-matemáticas o numéricas, con sus asombrosas tecnologías, sobre las humanidades – que pronto se descargaron de metafísica – y sobre las letras. Las letras clásicas que pretendían saber de esa obsoleta condición humana.
¿Y si realmente aquellos viejos humanistas conocieran esa condición humana mejor que los agentes de la razón científico técnica? ¿Y si las tecnologías triunfantes estuvieran ejecutando su propia profecía, forzando al ser humano a encajar en sus estrechas categorías? Sería entonces incalculable el sufrimiento derivado de la reducción de la enormidad humana en la angostura numérica del Procusto tecnológico. La pregunta es retórica para el que escucha los trágicos estertores de la agonía.