Traducción de Jorge Ferrer. Acantilado. Barcelona, 2024. 600 páginas. 32 €.
Por David Lorenzo Cardiel
Aprender a conmover al lector, sin recurrir a la cursilería o a la banalidad en el diseño de la trama o en la psicología de los personajes es, probablemente, la gran obligación de cualquier buen narrador. Escribir historias creíbles, más cuando están basadas en hechos reales, que nos recuerdan, una y otra vez, las luces y las sombras de nuestra idiosincrasia humana. La literatura no tiene mayor sustento que extraernos de la ciega rutina de los días y revivir el sueño de posibilidad, el horror y la esperanza en una bondad que podemos engendrar en el interior de cada uno de nosotros, si así nos lo proponemos. Cuando el resultado estilístico es, además, bueno, al fruto de este esfuerzo le llamamos «obra».
Un buen ejemplo de «obra» es Tren a Samarcanda, de la escritora y guionista tártara Guzel Yájina. La filóloga rusa, ganadora de los premios Yásnaia Poliana y Gran Libro 2015 en Rusia, acaba de publicar en el sello barcelonés Acantilado una joya emocionante: la evacuación de quinientos huérfanos desde Kazán hasta la ciudad de Samarcanda, ciudad de Uzbekistán. La trama, basado en hechos reales, tiene lugar en 1923, al fin de la guerra civil rusa. Por recordar los acontecimientos, Rusia, extenuada por la fragilidad productiva de las últimas décadas de la época zarista, el esfuerzo bélico durante la Gran Guerra y el caos social después de las revoluciones de 1917, el liderazgo bolchevique de Lenin exige un último esfuerzo al país, la contienda –que perdió– contra Polonia y la guerra civil contra la resistencia zarista.
Esta última victoria permitió asentar la construcción de un nuevo país y la sociedad soviética, pero el coste en destrucción, vidas y sufrimiento de la población fue inmenso. Este episodio fue uno de tantos de los que se produjeron en aquellos años en tierra de nadie, lejos de la endeble estabilidad del régimen zarista y también del auge industrial estalinista, sangrientas purgas ideológicas mediante.
Yájina, miembro de una minoría ética que sufrió la violencia estatal por doble partida –bajo acusación de ser terratenientes y, por ende, enemigos del pueblo, y por su etnicidad–, refleja en esta novela una humanidad desbordante. Sus dos protagonistas, Déyev y Bélaya, hombre y mujer, uno sólo en la igualdad que nos define, reflejan ideas y carismas opuestos que van evolucionando según el lento recorrido en tren les ofrece la posibilidad de enfrentarse a sus certezas y a sus fantasmas.
Tren a Samarcanda es el reflejo de una época y una oda atemporal a todas aquellas personas que toman el camino de un cierto sacrificio, cuando éste no es inevitablemente completo, en beneficio de sus semejantes, una dirección vital que es la opuesta a la egoísta y que la sociedad nos invita a recorrer. El bienestar de los quinientos niños y su supervivencia trascenderán del deber patriótico al deber ético. El estilo de la novela es perfecto en cuanto a que no existe ningún atisbo de intentar convencer al lector de ninguna otra cosa que no sea contar esta historia singular.
Y es precisamente la serenidad con la que Yájina nos invita a recorrer las seiscientas páginas de este libro la que lo convierten en una lectura perfecta para el deleite de quienes aman la narrativa. Acantilado ofrece esta edición contando con la traducción de Jorge Ferrer, a cuyo trabajo suma una impresión en tapa blanda, muy manejable y cómoda de hacer propia durante las horas de lectura. Volviendo a la novela por última vez en esta crítica, Tren a Samarcanda nos hace entrega de un sutil regalo: para desarrollar esos valores humanos que tanto nos gusta predicar en occidente, pero que escasamente se exhiben en nuestra vida diaria, es necesario dejar a un lado inamistosos tabúes y aprender a mirar al prójimo desde la dignidad, la compasión y la humildad.