Publicada originalmente en Francia en 1983, ahora con la traducción de Emilio Manzano, Muñequita rubia es una pieza teatral mediante la que Modiano intentó resarcirse de un fracaso previo, La Polka, editada nueve años antes. Como indica Denis Cosnard en su libro Dans la peau de Patrick Modiano, fueron las críticas que le hacían por escribir un teatro demasiado desgastado por los recursos fáciles las que aprovechó para crear una obra deliberadamente gastada, deliberadamente anticuada. Cualidades que casan a la perfección con los ambientes irreales en los que suele situar sus novelas y personajes, entre la duermevela que dejan las apariencias móviles y la suposición envolvente como un vaho de éter.
Una antigua banda de músicos, los Peter Pans, se vuelven a juntar en el ático en el vivieron años atrás, cuando las mieles del éxito por una canción, Muñequita rubia, que les permitió gozar de la espumosidad y fatuidad del lujo. Veinte años después, Geneviève, Louise, Aldo, Félix y Guy, dos de los cinco como fantasmas aunque todos en la misma tesitura espectral, se dan cita para festejar una vez más, ¿el qué? ¿Quienes fueron realmente? ¿Los lazos que parecían irrompibles? ¿La seducción de cada uno hacia los otros? El encuentro se enrarece según los diálogos suceden, rayanos en lo banal, entrecortándose por tics, interrumpidos por voces que entran y salen y un espacio que ha ido deshaciéndose de todo objeto y presencia que pudieron dotarlo de sentido y ahora no parece más que decir a cualquiera que lo pise, tú y yo, simplemente desapareceremos.
No es el título que mayor reconocimiento pueda o merezca alcanzar dentro de la trayectoria modianesca. Muñequita rubia es demasiado larga incluso para su planteamiento y uso irónico de los manidos recursos teatrales que comentaba líneas más arriba. Pero en sí, el libro es digno por su muestra de lo genuino del autor francés, de los pasados que alcanzan las que creíamos remotas costas de nuestros —un punto ingenuos— presentes. Junto al texto, las ilustraciones de su inseparable Pierre Le-Tan y los paratextos que hablan brevemente del teatro en el que se representa, de la publicidad de la época que comparte páginas con la obra. Hay más sugestión en los anuncios y en los dibujos de los figurines de cada personaje. Consiguen emanar ese refinamiento que induce a las consideraciones melancólicas, a las reflexiones que ese mismo grupo de veinteañeros no saben encauzar para discernir si ellos han dado el paso para ser historia o no, y una historia, por su propia naturaleza, necesita de un final para completarse.