Opinión

Predestinación

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 28 de octubre de 2024

San Agustín entendía por predestinación el conocimiento previo que Dios tiene de quien irá al cielo o al infierno. Ese conocimiento previo para nada interfiere con la libertad positiva de cualquier persona, que es el responsable único y exclusivo de sus decisiones de hacer el bien o el mal.

Lutero extendió dramáticamente la doctrina según la cual Dios predestina a alguien al cielo, atropellando así su libertad como persona. Calvino fue más lejos y llegó al extremo de sostener la predestinación al infierno.

En ambos casos lo decisivo es que Dios despoja al hombre de la libertad, supuesto que antes se la hubiera concedido. La palabra predestinación cambia completamente de significado respecto al original de San Agustín.

Puedo ofrecer una anécdota personal, que creo arroja luz sobre el tema. Cuando era joven, me gustaba el montañismo. Una vez seguía un camino muy empinado y fatigoso para alcanzar una cumbre en la Sierra de Gredos. A mitad de la subida topé con un ramal a la derecha, que parecía conducir también a la cima y era mucho menos empinado. Me desvié por ese tentador camino y poco después tropecé con una pared vertical. Se trataba de un ramal para que los escaladores accedieran a esa pared de piedra, sólo accesible para ellos. Volví al cruce y continué por el camino correcto.

Una vez en la cumbre, observé que otro montañero llegaba al cruce en cuestión y tomaba al camino que lleva a la pared vertical. Obviamente sabía de antemano lo que iba a pasar. Ese montañero repetiría mis mismos pasos. Y en efecto así fue. Al poco tiempo volvió al cruce y retomó el camino adecuado.

Recuerdo que me vino a la cabeza el tema de la predestinación. El conocimiento previo que yo tenía de lo que iba a hacer ¿influyó en algo en las decisiones de aquel montañero? Obviamente no. Ni siquiera sabía que yo estaba arriba mirándole.

Comprendí entonces plenamente la razón que asistía a San Agustín al afirmar que el conocimiento previo que Dios tiene de nuestro destino eterno para nada interfiere con la libertad del hombre en sentido positivo. En la Ultima Cena Jesús dice a Judas: lo que vas a hacer, hazlo pronto (Juan, 13, 27). Obviamente Jesús sabe perfectamente que Judas va a vender su vida a los fariseos por treinta monedas. ¿Modifica ese conocimiento previo la culpa de Judas al traicionarle? ¿No cae ésta íntegramente sobre la conciencia de Judas? ¿No sigue éste siendo libre en sentido positivo ,o sea, dueño único y exclusivo de sus propias decisiones.

Recordemos que libertad positiva es la capacidad del ser humano de crear el bien o el mal de sus acciones a partir de la nada. Libertad negativa es el efectivo abanico de posibles conductas abierto al hombre aquí y ahora. La primera es un todo o nada. La segunda puede ser mayor o menor. Dios es más generoso y magnífico cuando otorga el don de la libertad positiva a un solo cigoto recién concebido que cuando en el Big Bang dio el ser al entero universo no libre.

Utilizaré la expresión predestinación a la letra para referirme a la aberrante interpretación que Lutero y Calvino hicieron del pensamiento de San Agustín. Espero así evitar cualquier equívoco.

En una obra tan extensa como la de San Agustín abundan las ocasiones para deformar su doctrina. Por ejemplo, citando a Virgilio, comenta: Si el poeta pudo decir “Trahit sua quemque voluptas” ¿no podemos decir nosotros con mayor razón que el hombre es atraído por Cristo?......Muestra una rama verde a una oveja y verás como atraes a la oveja. Enséñale nueces a un niño y veras como lo atraes también”(CCL 36, 261).

Si interpretamos la cita anterior al pié de la letra, San Agustín estaría afirmando que la atracción del placer es tan fuerte que anula la libertad, tanto positiva como negativa. El concepto de atracción irresistible se aplica por igual en los tres casos. La oveja es atraída por la rama verde; lo mismo que el niño es atraído por las nueces; lo mismo que el alma es atraída por Cristo. La persona humana desaparece de la escena.

Lo más probable es que la predestinación a la letra al cielo fuese para Lutero un remedio para su atormentada conciencia. Buscaba tranquilizarla racionalizando su conducta, como dicen los psiquiatras. Aún más oscura parece la extraña psicología de Calvino. Pero dejando aparte las motivaciones personales, la predestinación a la letra, tanto al cielo como infierno, constituye objetivamente el mayor ultraje que puede inferirse a la dignidad humana, así como la mayor blasfemia que puede proferirse contra Dios.

Consideremos primero la predestinación a la letra al cielo.

Su beneficiario podría en teoría cometer sin riesgo todos los crímenes e injusticias que quisiera. Su salvación eterna no corre peligro alguno por ello. El no es libre, y por tanto es inocente por definición del mal o el daño que sus acciones ocasionen. Ha sido despojado de lo que constituye la esencia de la dignidad del hombre, ser libre en sentido positivo. Y Dios es visto como enteramente arbitrario. En vez de castigar los asesinatos y robos, los premia.

Sin duda Lutero y Calvino no pensaban así. Pero en pura lógica la noción misma de predestinación a la letra al cielo contiene esa posibilidad. Dios podría hacerlo aunque no lo haga de hecho. La gran blasfemia está justo en la palabra podría.

El reverso de esta horrible hipótesis lo encontramos en la sublime respuesta de María en el momento de la Anunciación: Hágase en mi según tu palabra. Esta frase no tendría ningún sentido, si la Virgen María hubiese sido predestinada a la letra para ir al cielo. Si ése fuera el caso, su respuesta al ángel no sólo hubiese parecido ociosa y fuera de lugar, sino hasta insolente y chulesca. La frase sólo adquiere sentido, si el consentimiento de María fuese de hecho necesario. Dios la creó libre en sentido positivo y luego respeta la libertad concedida antes por Él mismo.

En ese preciso instante la salvación de la entera humanidad estuvo pendiente de la decisión de la Virgen María. Estaba dentro de su libertad positiva decir que no. Quizá esta consideración ayude a comprender lo que supone ser libres en sentido positivo y calibrar mejor la grandeza de la dignidad humana.

Es curioso es que el tema de la predestinación a letra al cielo obnubilase también a los teólogos católicos y fieles a Roma.

Entre dominicos y jesuitas se enzarzó en los siglos XVI y XVII la famosa

controversia de auxiliis. Resulta patético observar cómo aquellos honrados y dignos pensadores se devanaban los sesos para lograr la cuadratura del círculo, o sea, hacer compatible la predestinación a la letra al cielo con la libertad humana.

Obviamente aquellas inacabables argumentaciones no llevaban a ninguna parte. El Papa Paulo V ordenó que no se volviera a discutir sobre este asunto hasta que él, o alguno de sus sucesores, lo resolviera. Y en eso estamos. Quizá sea una buena ocasión para que el presente Papa Francisco cumpla con esa tarea pendiente.

Pasemos a la predestinación a la letra al infierno. Cuenta San Francisco de Sales que sufrió en su juventud una época horrorosa, atormentado por la idea de que pudiera estar destinado a la letra al infierno. Todos sus esfuerzos por hacer el bien y evitar el mal eran baldíos. Sintió de manera directa la carencia de su libertad positiva, que esa situación implicaba. Probablemente pudo superar ese horrible suplicio psicológico apelando con sentido común al absurdo de un Dios, que crea un ser humano con nobles y generosos sentimientos, y luego lo manda al infierno como castigo por sus buenas obras.

Terminemos con una reflexión sobre la palabra gracia. Podríamos definir la gracia como una caricia divina. Se parece al gesto de una madre que acaricia a su niño pequeño. La vida de los santos está llena de estos testimonios. Quizá ninguno tan llamativo como la Transververación de Santa Teresa.

Lo que no tiene sentido es que la caricia divina lleve consigo la desaparición de la persona amada. Pues eso implica cualquier gracia divina pensada como avasalladora de la libertad humana. Desaparece la persona y queda reducida a cosa que se manipula. Pues no se acarician las cosas, sino que se las manipula.

Con toda razón acusamos de manipulador al que halaga o regala a una persona, con la intención de extraer de ella alguna ventaja. La trata como como medio, y no como fin, como diría Kant. Una gracia divina que atropellase la libertad positiva sería el colmo de la manipulación. Dios trataría como cosa a un ser humano en contra de la dignidad de persona, que antes le había concedido. Acusamos a Dios de contradecirse.

Por supuesto, no he leído toda la inmensa literatura producida en la controversia de auxiliis. Pero me atrevo a apostar, y con poco riesgo de perder, que en todos esos millones de páginas no aparece la consideración antes señalada, o sea, si la gracia divina es pensada como anuladora de la libertad positiva, queda destruida la persona humana supuestamente agraciada. La gracia sólo tiene sentido como ventaja de la persona, cuya permanencia en el ser se da por supuesta.