Opinión

La soledad sonora de nuestros mayores

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 29 de octubre de 2024

En un distrito tokiota han inventado una red de vigilancia de los mayores, porque la cuestión de su soledad se ha declarado oficialmente como una “emergencia silenciosa”, en palabras del primer ministro nipón Shigeru Ishiba. Por aquí las cosas no andan muy distintas: el porcentaje de los mayores de 65 años que viven solos en España ha experimentado un incremento del 22% con respecto a la década anterior, un colectivo en el que, a su vez, las mujeres representan el 70,8%. Por ciudades, las que acumulan un mayor número de ancianos solitarios son Torrevieja, Torremolinos, Benidorm, Soria, León, Salamanca y Zamora, ojo a la región castellanoleonesa y al Levante del jubilado.

Sin actualidad que les valga, los mayores aparecen impacientes en la vida pública con su rebeldía de la edad cuando los bancos entorpecen la vigilancia de sus ahorros con la incongruencia digital. Quieren sacar el dinero de la oficina bancaria y palparlo con los dedos del tiempo, para saber que es efectivo verdadero y no un movimiento bursátil en las islas de la exención fiscal de algún elemento de las finanzas. En las plazas y corrillos, en cuanto se entra la mañana, aparecen arrastrando los pies y caminando despacito, poniendo en el aire un tono de serenidad e historia viviente. Al parecer, viven solos según el INE, y en obligado silencio durante el otoño de su vida representan los últimos testimonios del alma que caldeó una vez los hogares, cuando los muebles no eran de Ikea sino castellanos. Es la soledad a la que llegan cuando menos lo pensaban, porque a cualquiera se le había ocurrido que algún día llegarían a la edad senecta, pero no tan rápido.

Sobre la cabeza del abuelo que vive en la casa en que hubo fiesta, amor y chiquillería se cierne una inmensa nostalgia que hoy, en la era digital, parece hasta inverosímil, porque a nadie mueve a compasión sus últimos años de existencia tan solitaria. Un turbión de imágenes y memoria cae sobre el pobre anciano o la cansada anciana en cuya casa ha entrado el aislamiento temprano. La vejez es una centrifugadora implacable de culpas y remordimientos, siendo imposible pensar sin triturarlos bajo la molienda del pasado. La más elemental de las evocaciones tiene el moscardoneo del olvido paulatino, el lamento de las acciones inútiles o lo anodino de la existencia. Por eso, los nipones quieren hacer algo humano con sus ancianos de la tribu, para tranquilizar sus conciencias, porque el imperio del sol tecnológico no satisface socialmente una memoria a corto plazo, con el nuevo modelo de teléfono como marcador de la evolución de la especie. Y han animado a los comerciantes del barrio a que entablen amistad, conversación y convivencia con los mayores, lo que se venía haciendo en los pueblos de España de toda la vida, vamos.

Hay dos clases de hijos: unos, que son como el sentir común de este siglo con abandono del abuelo o el progenitor en el geriátrico, y otros que son como los vástagos de lujo, que cuidan de ellos cuando ya apenas pueden valerse por sí solos, igual que los abuelos se preocuparon de ellos cuando sus hijos y nietos eran bebés y niños. Los primeros sobrellevan la amargura seca de la culpa; pero los hijos de lujo tienen encima el espíritu de la humanidad, un espejo feliz en que se reflejan acaso sus padres con cincuenta años menos. Se entiende que los mayores sin descendencia tengan que recurrir a la beneficencia emocional y a veces desgraciante de los extraños, pero un hijo que se precie de tal, será siempre niño elegíaco con sus padres, en cuyo corazón permanecen esos destellos del cariño, con sus incrustaciones de risas, cumpleaños, viajes, regalos, canciones... Las mismas que suenan en los recuerdos de la soledad sonora de nuestros mayores.