Los caballos desbocados de la dana inmisericorde han dejado sus atroces huellas sobre las tierras valencianas. Cuando la naturaleza golpea suenan las campanas de la desolación. Nada hay peor que un terremoto en las tierras desacopladas o una gota fría que arrolla con sus aguas todo lo que encuentra a su paso. Ni siquiera una explosión nuclear desgarra de forma tan profunda la convivencia humana.
No sé si se podría haber previsto lo que la dana insólita significaba: los automóviles despedazados haciendo guardia a las aguas en montañas de hierro; las casas arrasadas por el agua invasora, a veces hasta el segundo piso; el huracán desmedido que todo lo destroza; los tejados de las viviendas arrancados de cuajo; los muebles navegando entre los torrentes encabritados; los árboles arrancados de cuajo con sus vísceras al aire, todo eso no puede ser más lamentable. Pero lo ocurrido en Valencia supera con creces los desastres que otras veces hemos contemplado, incluso en las propias tierras levantinas. Porque, además, dos centenares de muertos subrayan el horror de la dana más siniestra. Doscientos muertos. Un bombardeo atroz o un atentado terrorista difícilmente alcanza esa cifra terrible: doscientos muertos inesperados.
La nación entera, la España generosa, tiene la obligación de volcarse para paliar la catástrofe. Como somos Europa, también los países europeos están en la obligación de contribuir a que el desastre disminuya. Es la hora de la solidaridad y somos muchos los que estamos seguros de que la respuesta será tan grande como la realidad de la desolación.
Hay algo, sin embargo, que no se puede remediar: la muerte. Y lo que ha provocado la dana es una carnicería terrible, cuyos efectos no se pueden disminuir. Sobre las tierras valencianas han cabalgado los jinetes del Apocalipsis destrozándolo todo. Y todo ha sido para las buenas gentes valencianas llanto, desesperación, estremecimiento, escenas acongojantes, esperanzas quebradas, sueños destruidos. Pero sobre todo muerte, muerte, muerte…