Opinión

Entre Jalogüin y el centenario del Srrlsm

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 31 de octubre de 2024
Permítame una entrega repleta de licencias. Si aludiré al Surrealismo, juguetear con su nombre comiéndome las vocales, es un guiño al disruptivo, rompedor y atronador movimiento artístico que nos congrega en esta feliz ocasión. Por otra parte, de tiempo atrás me agrada escribir Jalogüin. A mi apreciada amiga Gabriela he consultado sobre poner la tilde sobre la “i”, descubriendo en ello que la remarco pronunciándola en vez de concederle un tratamiento más grave al polémico vocablo, de lo cual deriva mi peregrina creencia de que sería adecuado colocarle una virgulilla. Me lo desaconsejó. En esa misma tesitura, tanto la Fundeu como el Chat GPT me aseguran, como lo hizo mi gramatical amiga, que mejor omita el rasgo. Pues eso. Con lo que me agrada ponérselo alterando el anglicismo Halloween que da origen a esta otra voz y que nos encanta celebrar en México, porque nos disfrazamos y pedimos dulces. Para un 31 de octubre, Noche de Brujas, viene muy a cuento y muy bien el invocarlo, que en nada altera ni demerita las solemnidades del 1 y 2 de noviembre, Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos, tan remarcada y destacadamente exaltadas en México.
Para el Jalogüin, desfigurarse, caracterizarse de horrendos fantasmas y esperpentos diversos. Los chiquillos lo disfrutan. Para las otras dos fechas, el luto, los altares blancos de niños –los muertos chiquitos– ataviarse de catrina, reproduciendo el afamado e insuperable grabado del ilustrador mexicano José Guadalupe Posada y que inmortalizara Diego Rivera en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central viene como anillo al dedo. Mi amiga Carmen desde España, me hace notar que contrasta para ella todo esa manera mexicana de colorear la muerte, con la monocromía (en negro) de esas jornadas que ella recuerda, separadas del colorido que la muerte cobra en México, con sus altares, su profusión de calaveras de azúcar con nuestros nombres en etiquetas de colores fulgurantes o en forma de chocolates, con su pan de muerto infaltable y emblemático, la vivaz e icónica flor de cempasúchil, la flor de muerto de embriagador aroma, que por doquier asoma y decora altares de difuntos y puertas, macetones y arriates en la vía pública y cuyos pétalos al deshojarlas, se esparcen para crear una base sobre la cual se montan las ofrendas típicas del Día de Muertos, señalando el camino a los difuntos para que se acerquen a ellos, en que se los recuerda.
La muerte siempre es enigmática. Siempre es sorpresiva, como la tarea de Átropo en el mundo helénico. Es de las Moiras, la que me impone más respeto. Ella, tan obediente al mandato del inexorable Destino, cortando con sus tijeras el hilo de la vida. Recordemos, también, que el Destino estaba, inclusive, por encima de los dioses.
Más con el tono de festividad que la destaca en la cultura mexicana, donde se “la normaliza” y celebra colorida a la muerte, no dejo de referirme al puntual centenario del Surrealismo, que aporta tanto y se conviene que partió del denominado Manifiesto de André Breton, publicado el 15 de octubre de 1924, en cuyo pasaje medular, apuntó: “Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos engañarnos todavía más). ¿En qué punto comienza la imaginación a ser perniciosa y en qué punto deja de existir la seguridad del espíritu? ¿Para el espíritu, acaso la posibilidad de errar no es sino una contingencia del bien?”.
Bretón abrió así un camino más a las vanguardias experimentales, retumbantes, estentóreas que objetaban el statu quo resultante de la Primera Guerra Mundial, con el Dadaísmo, la Bauhaus, el art déco, el Funcionalismo, el consolidado Cubismo ya referido, enriqueciendo el panorama que ya barruntaban el Estridentismo y el Muralismo mexicanos como voceros de la Revolución Mexicana, en momentos triunfantes del bolchevismo y cuando el nazismo encontraba a su mejor exponente. Tiempos convulsos. Los surrealistas son por definición, rupturistas, disgregadores, disruptivos, delineaban ¡por fin! el siglo XX hace cien años, en la que fue la primera verdadera y auténtica década de esa centuria. Los años veinte fueron un verdadero semillero sin parangón.
A mí, el surrealismo me mueve. No soy afecto al arte moderno per se, empero lo asumo como un reto al intelecto y como espejo de una época reclamante. De tal, se extrae mensaje, se coligen ideas, se identifican signos y representaciones. No me lío con reflexiones profundas, siempre subjetivas. Aprecio lo que miro, sin buscarle tres pies al gato. Eso también es surreal. Uno que es rara avis.
Dalí, Magritte, Remedios Varo, la española pintora del exilio afincada en México, Leonora Carrington, Max Ernst me pueden, porque proyectan arquetipo, lanzan misiva. Retan a trascender la realidad con mezcla de ingenio, fórmula, protesta, sugiriendo el implacable cuestionamiento a la rigidez del mundo, evadiéndose y en esa evanescente progresión de color y trazo, recomponen la realidad y la disgregan apuntando a su relatividad y a la vulnerabilidad que nos entregan, propia de la decadencia y la ansiedad de un mundo desencantado, estólido, bostezante, ávido de nuevas respuestas a preguntas propias de su ensimismamiento evasivo y negacionista sin capacidad de aportar alternativas, afrontándolo y confrontándolo, paradójicamente, con la orfandad, ausencia y apartamiento sin remedio que delinean la soledad y hastío de su tiempo; con su individualismo rampante y su construcción infinita de la destrucción misma de su entorno, todo ligado con el desánimo y decepción hacia la propia esencia del Hombre como ser humano. Quizá solo era la expresión de la modernidad misma. Así, los surrealistas cuestionan, interpelan, increpan y ponen en duda la secuencia lógica de los acontecimientos, plantean y plasman insuperables a una contraposición de realidades. Y al mismo tiempo, muestran el decaimiento en las claves de su azarosa época. Más que atormentados, los veo imaginativos.
Qué lástima que Diego Rivera no incursionara en esta corriente. Como excelente cubista, pienso que estaba a nada de conseguido, pero eligió otros derroteros.
Este año, doquiera hay actos conmemorativos aludiendo a esta corriente artística. No es cosa menor resultando ser uno de los pilares de la cultura moderna, una pieza clave de la forma en que ha devenido la civilización. En el sexagésimo aniversario del Museo Arte Moderno, enclavado en el bosque de Chapultepec en Ciudad de México, una recopilación de su más acendrado acervo alude también a pintores de este movimiento tan sui generis, colocándose en el eje conmemorativo del surrealismo. En esta pinacoteca gigante que es la trepidante Ciudad de México, usted puede, además, admirar ejemplares de esta tendencia en su faceta pictórica en el Museo Soumaya de Polanco y en otros espacios. No pierda la ocasión de repasarlos.
Yo me quedo con la anécdota atribuida a Bretón, que a diferencia de Kafka –otro representante del movimiento que nos reúne en esa ocasión y que no vino a México y a quien también la achacan, pienso que por chauvinismo – afirmando que si hubiera un país surrealista, ese sería México. Un halago en toda regla, sin lugar a dudas. Tan atinado, no puedo más que ponerme de pie y aplaudirlo. Al chico deberíamos de extenderle la medalla al mérito o, de plano, en calidad de póstuma, la Orden Mexicana del Águila Azteca por su contribución a edificar la esencia y naturaleza siempre compleja de lo mexicano. Tan puntual, tan sensato y tan sincero, no puede uno concederle menos crédito y menos reconocimiento por su acertadísima expresión. Esto mismo es surrealista, por eso merece alardearse, exactamente como el título de esta entrega que usted tan amable y fielmente sigue cada semana en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico. No pierda la oportunidad de acercarse a esta escuela artística tan estrambótica y genial.
PS. Mis condolencias por esta gota fría terrible que ha sufrido una parte de España. Resulta brutal y sobrecogedora.