Opinión

De la venta de humo y de la danza macabra

TRIBUNA

Fernando Maura | Jueves 31 de octubre de 2024

Decía el pensador florentino Giovanni Sartori que “el comerciante que vende perlas falsas por verdaderas va a prisión. El político que vende humo, con frecuencia lo logra, y por ello no va a prisión”. Aunque a veces sí que da con su osamenta en la cárcel, como nos lo demuestran algunos casos que ya hemos conocido y otros que sin duda veremos en el futuro. Tiene razón, sin embargo, el politólogo italiano, que no serán condenados por vender ilusiones desconectadas de la voluntad de cumplirlas, sino porque sus malas prácticas se encuentran tipificadas en el Código Penal.

Es algo más que “venta de humo” lo que estamos experimentando en la política española de nuestros días. El espectáculo inaceptable en términos democráticos de un gobierno de coalición que tuvo su origen en una moción de censura fabricada sobre una sentencia que no era firme, y que fue presentada por un diputado -José Luis Ábalos-, hoy objeto de sospecha, ha dado lugar a un sistemático acoso por sus promotores al estado de derecho, utilizando de manera torticera la función legislativa y de control, con lo que el gobierno renuncia a presentar proyectos de ley para evitar así los controles y opiniones técnicas correspondientes, utilizando la abogacía del estado en beneficio propio, instrumentando la fiscalía en favor de sus querellas políticas, convirtiendo al centro de encuestas pagado por el contribuyente en un elemento de confusión del ciudadano muy lejos de la comprensión cabal que debería ofrecerle acerca de cómo piensan los ciudadanos en especial de los comportamientos electorales, cooptando instituciones del estado para los afines, convirtiendo la televisión pública en otro reducto más de su espacio de dominación… la relación debe detenerse aquí por no aburrir al lector con los hechos que ya viene conociendo de manera más que sobrada.

Se trata de unas prácticas políticas que se han construido bajo el mantra de la legendaria superioridad moral de la izquierda, del socialismo y del comunismo, coaligados ahora, y de sus socios independentistas. Una presunta supremacía ética que lleva ya mucho tiempo derivando en el desprecio a cualesquiera de los valores que se han venido invocando hasta el tedio que nos produce comprobar que no existe un ápice de verdad en nada de lo que se nos ofrece, que todo lo que se dice es humo, cuando no constituye sino una mentira que se va hinchando cada vez más con el paso del tiempo.

El “caso Errejón”, con independencia del resultado final de las denuncias presentadas, es un síntoma más, quizás el definitivo, de un artefacto cadavérico curiosamente ambulante en el que se ha convertido el actual gobierno. Una especie de ejecutivo zombi que, como en el vídeo de Michael Jackson en su canción Thriller, siguen dando miedo porque aún son capaces de continuar pervirtiendo el espacio público y las instituciones.

Habría que remontarse quizás a los años de mediados de la década de los 90 del pasado siglo para encontrar un momento político que recuerde a este que estamos atravesando ahora. Ni siquiera el final de Zapatero fue similar al que experimentamos ahora. Fue el suyo un epítome de los festejos incurridos por las diferentes administraciones -socialistas y populares-, corrupción incluida por supuesto, que había tocado fin y cuya cuenta habría que abonar. Sería la conclusión de los gobiernos de Felipe González un compendio del asalto al estado en un espectáculo de acoso a las instituciones, convertidas prácticamente todas -hasta el BOE- en el patio de monipodio, donde todo se compraba y vendía al que quisiera pagarlo, porque una serie no desdeñable de presuntos servidores públicos estaba dispuesta a enajenar lo que a todos pertenecía.

A diferencia del actual presidente del Gobierno, González supo advertir el final de su régimen (1982-1996) cuando el también presunto corrupto Jordi Pujol (¿para cuándo un juicio a este sujeto?) le retiraba su apoyo: Felipe González convocaba unas elecciones que perdería por la mínima.

No parece que Pedro Sánchez tenga las mismas convicciones del presidente más longevo en el cargo de nuestra historia democrática. Su divisa es la resistencia y su más característico procedimiento de trabajo consiste en burlar a unos y a otros, de modo que el afán de cada día sea sólo el de permanecer, desde luego que no el de resolver los problemas. Eso sí, continuando con su hostigamiento del estado de derecho y la colocación de los afines. Ya veremos si los jueces agregan a este sistema de gestión el de las corruptelas propias y las conyugales…

Y al otro lado de la escena, un partido sin reflejos, perezoso y deambulante por los despachos oficiales a la espera de que le toque la vez, un partido sin proyecto concreto que explicar a la ciudadanía, un partido incapaz de contarnos cómo pretende gobernar si no es con Vox, un partido que pierde todas y cada una de las oportunidades que se le presentan de dignificar la política sacándola del barullo del tú más que yo.

Un momento político, en suma, en el que el humo de las declaraciones de los dirigentes que nos representan esconde unas figuras siniestras y desfiguradas que bailan una danza que no puede resultar otra cosa que macabra.