Opinión

Catástrofe en Valencia: honremos a nuestros muertos

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 04 de noviembre de 2024

En España enterramos muy pronto y muy bien a nuestros muertos, para pasar página e ir a otro capítulo de la historia. En la Feria de Muestras de Valencia, la UME ha instalado una morgue con capacidad para acoger hasta cuatrocientos cadáveres. Veremos. Porque las autoridades en esta hecatombe no han andado muy finas en cuestiones de cálculos ni previsiones. Después de las 130.000 víctimas de la pandemia, nadie quería hablar ya de los muertos y las muertas; y quizá sea la Muerte con su crisis, su epidemia incipiente y su hambruna de falta de abastecimiento la que ponga un poco de sentido común a este latente abuso y crispación que solivianta al personal. Valencia es un círculo de muerte que ha ido atirantando la semana, estirando las muecas de los periodistas en los telediarios hasta humanizarlos un poco –aunque hay quien ni con esas, que parece que le están hablando al pizarrín económico y no a unas cifras mortuorias–. Se nota la inquietud vital en la calle, en toda España, por esa guadaña empapada en lodo que la clase dirigente no vio venir. Ahora todo son “te lo dije” y “no hiciste los deberes” entre derechas e izquierdas, pero el periódico es un sepelio y nadie se hace responsable.

La dana, las danas nos han barrido el mapa en sentido conminativo, cuando parecía que hoy día no iba a ser posible morir bajo el empuje de un huracán, una inundación o una ventisca: la gente buscaba el peligro en el riesgo, el autorretrato en el acantilado, los deportes extremos, la conducción temeraria, el peligro anhelante y lleva una semana desayunando, comiendo y cenando muertos, con el Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, haciendo extensivo el calendario a las búsquedas en los garajes y en mitad del barrizal, entre las lavadoras y los árboles arrancados de cuajo, como nuestra certeza sobre las cosas. La vida española se ha impregnado de légamo y hasta Sus Majestades han recibido una lluvia de pegotes de pecina, soportando la protesta de la pobre gente estoicamente, monárquicamente, ejemplarmente, valientemente.

El Gobierno regional de Manzón avisó a los móviles cuando los valencianos yacían arrastrados por la corriente, y pensamos en esa alarma que suena en el bolsillo de un muerto hundido bajo el tremedal. Habíamos perdido la idea de la muerte y la incuria política nos la ha devuelto, viviendo como vivíamos sin el contrapeso de la Parca, con la anchura de vida del teléfono inteligente, herramienta instantánea, que al final llegó demasiado tarde porque a un tonto no le dio tiempo a dar el botón de alarma, como en las comedias gruesas de Leslie Nielsen. Nos habíamos quedado, desde el coronavirus, sin la moral de la muerte, que es la ley más estricta y exige su tributo espontáneamente, bajando por las calles de Valencia en forma de tromba, de manga, de tornado, de indecencia, en definitiva. Porque no nos cuidaba nadie. Porque no había nadie al mando. Una inundación de dimensiones descomunales nos ha movido incluso de esta época a otras pretéritas y todos estamos en trance de superarlo… por ahora. La muerte nos ha servido para meditar en que nadie nos protege, a pesar de cómo nos sangran con impuestos para evitar que nos mate una inclemencia. Hay infinitos siglos de incompetencia y mediocridad en cada minuto que pasa alumbrado con linternas por la Benemérita, y la reflexión de la multitud impotente en Paiporta, a la búsqueda de sus seres queridos en el cieno, se ha subvertido, y han protestado con más ahínco de lo habitual, adelantándose al olvido que serán, que seremos. El número de muertos y de muertas se acrecienta cada día con furor antivital, con más rigor que otras veces y con las fiestas de invierno a la vuelta de la esquina. Cuando ya nadie se acuerde de ellos, de los muertos y de las muertas de esta España rota.