A reserva de esperar las cifras oficiales de la elección presidencial de este martes 5 de noviembre en Estados Unidos, quizá el dato más relevante que superaría inclusive la percepción de candidatos y partidos es el hecho de que el gigante americano está sufriendo una crisis de desarticulación social interna y hace tiempo que dejó de ser un factor de estabilidad mundial.
En la superficie hubo en estos meses varios elementos de análisis: Donald Trump reapareció con fuerza política para competir por un partido al cual nunca respetó en su organización, construyó un discurso racista que salió del profundo espíritu de exclusión social y de raza que marcó el siglo XIX y puso la agenda de la realidad estadounidense en temas tan domésticos como la migración, el tráfico de drogas y el rezago industrial.
Del lado contrario, la candidatura demócrata Kamala Harris fue el producto del agotamiento del sector liberal-conservador del régimen americano, de la ineficacia del neoconservadurismo como factor de estabilidad social y de la crisis de los liderazgos del sector que dominó la política estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. La vicepresidenta Harris construyó sus precarias posibilidades cayendo en el discurso de Trump y mostrando que el liberalismo americano perdió la brújula.
El discurso de Trump fue lo más doméstico posible y demostró que el candidato republicano careció de una comprensión del papel geopolítico de Washington para establecer un enfoque tan localista como ineficiente. Y el discurso político de Harris solo probó que la estructura de funcionarios liberales no tiene brújula, apareció con enfoques mostrencos que no saben de dónde vienen ni a dónde van y que solo andan en busca del voto anti Trump.
El problema de la estrechez de miras de Estados Unidos no tiene que ver solo con Trump y su enfoque anti estado, sino que es producto de relevos en los liderazgos estadounidenses que dejaron de forjarse en el criterio de un Estado de seguridad nacional y de responsabilidad geopolítica y todo se redujo a ganar votos con promesas de bajar impuestos y controlar la inflación.
Los estadounidenses en esta campaña perdieron su capacidad de comprensión de la realidad. Trump logró imponer el punto de vista de que los migrantes son invasores que vienen a destruir el american way of life o modo de vida americano y que hay que expulsarlos a patadas, cuando en el pasado no muy antiguo las olas migratorias contribuían a un fortalecimiento social y productivo.
Sin discurso de contrapunto, los demócratas cayeron en el juego de Trump y todavía la gestión de la administración Biden-Harris comenzó a deportaciones masivas y el cierre de la frontera, sin entender la lógica de la migración masiva. Y lo peor de todo fue que Estados Unidos se concretó gestionar muros simbólicos y reales y dejó que todas las olas migratorias fueran a las manos de los grupos delictivos vinculados al narcotráfico.
Gane quien gane las elecciones, Estados Unidos se está enfrentando al conocimiento de que su proyecto económico y de bienestar ya no satisface ni siquiera a las mayorías locales y que las oleadas de migrantes en busca del sueño americano de confort solo están contribuyendo a crear verdaderas zonas de exclusión dentro de las principales ciudades y expandiendo todos los vicios de la inseguridad y la prostitución.
Estados Unidos se enfrentó a dos desafíos: el geopolítico con la desaparición de la Unión Soviética y el modelo comunista como contrapunto al capitalismo y el social a partir del conocimiento de que el modelo productivo capitalista estaba reduciendo niveles de bienestar a la élite beneficiaria y acrecentando las masas insatisfechas que habrían de estar convirtiendo su condición de marginación económica y productiva en voto opositor.
A los propios norteamericanos les está costando trabajo entender que el alma americana no pudo construir una opción social de bienestar y los venenos del racismo regresaron a definir comportamientos políticos de sus líderes. Barack Obama representó la opción de un salto histórico al racismo del color de la piel, pero su gestión presidencial se ahogó en la vieja agenda imperial y en los miedos a construir representaciones sociales simbólicas que pudieran haberle dado un paso histórico a la derrota del racismo. El fracaso de Obama quedó a la vista cuando tuvo que entregarle la Casa Blanca nada menos que al puritano, racista y vulgar Donald Trump.
En términos de horizonte histórico, poco importa quién haya ganado las elecciones este martes 5 de noviembre. Lo significativo es que los dos candidatos significaban el hundimiento de la responsabilidad social de Estados Unidos para potenciar un sistema económico con mayor bienestar social y para gestionar la geopolítica en términos de convivencia y no de lucha territorial de ideologías mezquinas.
El mensaje final de este proceso electoral estadounidense quedó muy claro, aunque muchos todavía no quieran reconocerlo: el mundo perdió sus puntos de equilibrio en temas como la paz, el bienestar y la convivencia y solo cabe recordar el verso de Rafael Sánchez de Ferlosio: “vendrán más años malos y nos harán más ciegos”.