Opinión

El fango de verdad

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 06 de noviembre de 2024

Los sueños que uno tiene pertenecen al autor de los mismos, aunque estos no figuren inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual. Sin embargo, las pesadillas, al ser tan reveladoras por contar con la colaboración de maléficos actores, algunos de contrastada categoría, son causa de denuncia.

Lo sucedido con la DANA es una de esas pesadillas, pero con nombres y apellidos. Por supuesto que obedece a un desastre natural, por eso un gobierno, sea el que sea, debe actuar de inmediato, sin excusa alguna y desde el primer minuto. Mando único y todo tipo de medios terrestres, aéreos y navales sin ninguna dilación ni escarceos de un patio de colegio. Basta una sola orden, una sola, cuando la emergencia nacional lo requiere. Y refiero lo de nacional porque nos afecta a todos ante una misión de paz como esta, pero con infinidad de víctimas y cientos de desaparecidos. Y si esto no es así, entonces ¿en manos de quién estamos? —Cabe preguntarse.

España es un país en donde la solidaridad popular nunca defrauda. Es la marca registrada que nos identifica a los españoles. Sin embargo, en clave política salen a relucir los acuñados eslóganes para disfrazar la gravedad de la tragedia humanitaria ante un gobierno ineficiente y, por ende, acostumbrado a dejarnos abandonados a toda clase de suerte. Una vez más, la filantropía, así como la grandeza de las iniciativas privadas y la hegemónica labor de los ciudadanos libres, nos sacan del abismo. Y todo ello de manera espontánea, al margen de cualquier atisbo de politización o partidismo, cuya voluntad de equipo cumple con el ejemplo y el deber ciudadano.

Y aquí estamos, una vez más, rodeados de pesadillas, de fantasmas del pasado, con idénticos actores traídos de la más infecunda manera de hacer país. Una vez más, como digo, el desgobierno de Pedro Sánchez y sus ‘anejos’ inseparables, poniendo palos en las ruedas. Son los mismos que de manera febril pretenden hacernos sentir culpables de oficio ante la dejadez de funciones y la despreciable frase tan lapidaria como soez en medio del dolor y la muerte reinante: «El Gobierno está listo para ayudar. Si la Comunidad Valenciana necesita más recursos, que los pida». Y ese ‘pida’ es precisamente el desdén de quienes no saben ni quieren saber porque carecen de voluntad propia y falta de escrúpulos.

Huyen quienes se allanan a la vergüenza por carecer del valor que se les supone. Un verdadero líder siempre estará en deuda con su pueblo, pues lo fácil se hace solo, mientras lo difícil se consigue arrimando el hombro, empuñando pico y pala y dando ejemplo a quienes el fango, esta vez el auténtico, obliga a enfrentarse a él con agallas y voz de mando. Nos ha fallado usted, don Pedro. Una vez más se ha atrincherado en su particular manera de odiar a los españoles, dejándonos solos al otro lado del muro. Ese muro de la vergüenza, aunque lo sea imaginario; y que, según usted, sirve para separar a los fachas del resto. Ahora bien, a lo peyorativo conviene dedicarle un par de líneas. Ser facha, según el ideario monclovita corresponde a todo aquel que ama y defiende a su país, sintiéndose orgulloso de él dentro y fuera de sus linderos, a pesar de contribuir con voraces impuestos al mantenimiento de sus señorías, sus derroches y exceso de vicios. Es hora de hacer un recuento del deterioro nacional que venimos arrastrando, don Pedro. Haga inventario de la intensidad, duración, certeza y extensión, así como de las negligencias y el precio que este país viene pagando por ello para satisfacer su propio ego.

Más no quiero obviar la bajeza de la clase política en general, que, salvo raras excepciones, trata de sacar rédito en medio de la especulación sobre echarse las culpas los unos a los otros. Me da lo mismo que ese intento venga de uno u otro partido. Me parece detestable, porque la ciudadanía no merece el castigo de la impudicia a costa de la desgracia y de la muerte presente. Una vez más, se cae el velo de la decencia, convirtiendo en sudario la vida de los justos. No hay moral ni vergüenza, ni puede haberla, mientras la casta política siga sirviéndose del pueblo en vez de ponerse del lado de sus legítimos dueños, o sea, la propia ciudadanía. Por extensión, igual que el Ejército no es del Gobierno, sino de los españoles. Solo les falta el decirnos que morimos por encima de nuestras posibilidades.

El pueblo y los reyes salvan al pueblo. Los unos, por amor al prójimo; el rey Felipe VI, por echarle cojones en un acto de enseñar al mundo entero que España necesita un líder. La reina Leticia, también. Otros se esconden, se van o tal vez les asusta el fango. Esta vez el de verdad.