La semana pasada hablé de “Los malditos bastardos”, es decir de esos políticos que han hecho de su vida un sucio oficio. Hoy quiero estar con esos “misioneros del barro”, con esos sacerdotes y monjas que se han metido hasta la cintura en el agua y barro asesinos de la DANA que ha asolado las poblaciones cercanas a Valencia.
Hombres y mujeres que fueron los primeros en llegar, que son la UME de la Iglesia y que no hizo falta que oyeran la corneta que hizo sonar su Arzobispo, para ponerse a trabajar, a ayudar y a acompañar a todos los desamparados que tienen como patrona a esa Virgen, la Mare de Déu.
Sacerdotes y monjas que han manchado sus hábitos del barro asesino y que han llevado con su actitud ejemplar, esperanza y amor, incluso para aquellos, como nos reconocía uno de ellos, que no tienen el privilegio de la Fe. Estos damnificados han sido y serán los que han recibido y recibirán el mensaje evangélico del Señor, a través de esos “misioneros del barro”.
Ellos, estos benditos misioneros, no han recibido pedradas de barro ni insultos. No son “ los malditos bastardos “ que siguen tirando dados en ese juego de la OCA de intereses y que cuando caen en la casilla interesada “tiran a dar porque les toca de oca a oca”.
Aprendamos todos de ellos. Todos. Y pienso sobre todo en instituciones católicas que forman a jóvenes a través de sus Universidades y que tendrían que haber sido las primeras en ofrecer voluntarios para ayudar a todas esas personas desamparadas. A mi particularmente, no me valen llamamientos y comunicados de última hora hechos con urgencia y para tapar vergüenzas. En nuestro país tenemos decenas de Universidades privadas, muchas de ellas católicas, que deberían formar a sus jóvenes no sólo para encontrar el mejor trabajo el día de mañana, sino para aprender la asignatura más importante: solidaridad.
Hace unos días el Papa ha recibido en audiencia especial a una importante representación de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y FRANCISCO ha vuelto a ser muy claro: “menos sillas y más mesas sin jerarquías, una al lado de otra. Hay que transformar el espacio académico en una casa del corazón”.
Recapaciten los responsables de esas Instituciones académicas ante esas palabras del Pontífice. Las Universidades Católicas no deben ser un negocio económico, sino un lugar donde se formen hombres y mujeres que sean capaces también de ser “misioneros en el barro”.