Opinión

Dos mails y date por avisado

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Lunes 11 de noviembre de 2024

En estos días, mientras Valencia se enfrenta a las consecuencias de la maldita DANA que, llamémoslas por su nombre, son entierros, enfermedades, impotencia, lodo e incertidumbre, resulta inevitable reflexionar sobre cómo descargamos nuestra responsabilidad sobre las tecnologías, obviando que, tras ellas, por ahora, hay humanos manejándolas.

Tengo en mi pantalla dos correos electrónicos de la Confederación del Júcar a la Generalitat Valenciana avisando del caudal en la rambla del Poyo. Uno, a las 16:13 minutos, habla de que la tendencia del caudal es descendente y otro, dos horas más tarde, indica que la gráfica es ascendente y que el aumento del volumen de agua está siendo muy rápido. Dos mails perdidos entre ciento treinta. Dada la gravedad del asunto creo que hubiera sido necesaria una llamada que acompañase la comunicación para, al menos, tener constancia del acuse de recibo de algo tan importante como era este aviso.

La dependencia humana de las máquinas ha crecido hasta el punto en que nuestras rutinas, relaciones y hasta nuestra supervivencia están entrelazadas con ellas. Desde el despertador que marca el inicio del día hasta el GPS que nos guía en un viaje, vivimos rodeados de dispositivos que facilitan y controlan aspectos esenciales de nuestra vida.

Esta relación entre las máquinas y los humanos no solo ha hecho más eficiente la existencia moderna, sino que también ha comenzado a modificar nuestra forma de pensar, creando un lazo de confianza en estos objetos que pocas veces cuestionamos. Sin embargo, esta dependencia trae consigo vulnerabilidades, como la pérdida de habilidades prácticas y la necesidad constante de mantenimiento y actualización, lo que podría complicar nuestra adaptación si estos sistemas llegaran a fallar o desaparecer. El día a día ya supera con creces lo pronosticado por La carretera de McCarty como una distopía amoral. Creo que es importante recordar, llegados a este punto, que las máquinas no piensan, solo computan.

Parece ser que los recientes avances en inteligencia artificial nos brindan herramientas para estudiar y prever patrones climáticos con más precisión que nunca. Gracias a complejísimos modelos de simulación, podemos anticipar una DANA y alertar a la población, pero alguien debe ejecutar ambas tareas y cerciorarse de que se llevan a cabo de forma eficiente. Tendemos a sorprendernos mucho ante las novedades tecnológicas, pero hay tareas que siguen siendo totalmente humanas. El caudalímetro no llama por teléfono. El IMPARCIAL no recibirá este artículo si no lo corrijo, guardo y envío con mis propias manos. Hace unos meses tuve que desempeñar una tarea administrativa que pensaba que estaba totalmente automatizada, imagínense mi cara de póker al usar lápiz y goma para rellenar unas casillas que siempre supuse que se rellenaban por obra y gracia del espíritu de Bill Gates.

La DANA en Valencia y sus demoledoras consecuencias nos recuerdan que debemos equilibrar el progreso tecnológico con la responsabilidad ética. Que la tecnología puede ayudar, pero no será útil si no escuchamos, también, lo que la realidad —esa voz perpetua e intemporal— tiene que decir sobre nuestra relación con el entorno y el porvenir. Dos mails perdidos no fueron suficiente para la catástrofe que se estaba viniendo.

Quizás, al abrir el próximo libro o al leer la próxima predicción meteorológica, recordemos que ambas herramientas tienen algo en común: la capacidad de advertirnos, prepararnos y, en última instancia, enseñarnos.