Supongo que muchos de ustedes compartirán conmigo, tras el espanto por la catástrofe, la desolación ante los cuatro o cinco días largos en que nuestras autoridades estatales y regionales dejaron desamparados a los habitantes de las riberas de la ya funesta Rambla del Poyo, en un fangal y sin electricidad ni agua potable, y menos, comunicaciones electrónicas y escasamente terrestres, para demostrar, una vez más, su absoluta inepcia para cuanto no sean sus arteros y abusivos enredos, por más siglas, anglicismos y otras chatarrerías pedantescas con que los disfracen. Por lo demás, como la prensa ha estampado artículos memoriosos, habrán sabido que estas terribles riadas se pierden en el antaño más lejano, pues la primera datada es de 1321 y, desde entonces, no consta siglo donde no hayan acontecido al menos cuatro de notoria atrocidad y devastación, siendo la última la del 20 de octubre de 1982, cuando reventó la presa de Tous, y antes, la muy famosa del 14 de octubre de 1957. Y si han menudeado en Valencia con inclemente saña, no por eso se libra el resto del arco mediterráneo, desde Cataluña —valga como luctuoso ejemplo la del 25 de septiembre de 1962, que desbordó el Llobregat y el Besós y segó entre seiscientas y mil almas— hasta las inmediaciones de Granada, como la de 19 de octubre de 1973, que anegó desde Albuñol hasta Puerto Lumbreras, y cuyos embravecidos torrentes se tragaron casi doscientas vidas, por no mentar la llamada del día de Santa Teresa de 1879, que arrambló con unas mil personas desde Lorca hasta Orihuela, cebándose con atroz ahínco en Murcia, donde perecieron más de setecientos vecinos.
Está visto que para el inicio del melancólico otoño se cierne sobre todo el levante español esta torrencial amenaza; ¿y qué se ha hecho para prevenirla? Unas cuantas presas de contención, algunos insuficientes —y por lo comprobado ahora, obturados por la desidia— canales de desvío y ese gigantesco zanjón para reencauzar el Turia llamado el Plan Sur, que ha servido como trinchera defensiva de Valencia y que, de haber faltado, no imagino cuál hubiese sido el alcance del estrago de hace un par de semanas. Pero si algo me provoca la rabia y la vergüenza, es que, de todas estas obras, las eminentes y efectivas pertenecen a la dictadura, extinta hace, ni más ni menos, que cuarenta y nueve años. Y desde entonces, ¿qué?
Compungidas declaraciones tras cada diluvio y vanas promesas de socorro, que el pueblo, acuciado por la destrucción, se ha negado a admitir coléricamente hace dos domingos ante el rey, mientras a sus espaldas huía el presidente del Gobierno, para bochorno hasta de sus más firmes adeptos. Atribulada coyuntura cuando el país clama temple y determinación, y no encuentra sino cobardía y doblez.
Y en medio del fangal y la abrumadora destrucción, me tropiezo con un alivio pasajero: la reposición, en vísperas de Todos los Santos, del Don Juan Tenorio (1844), de Zorrilla, en el Fernán Gómez, de Madrid, aun cuando su director, Juan Carlos Pérez, argumentó que rescataba esta costumbre de nuestro teatro del s. XX porque estaba hasta «ahí» de la memez de Halloween.
Si bien pudiera compartir este parecer, se me antoja una rotunda bobada cuando se trata de recuperar la más popular recreación —y tanto que los escolares no solo nos sabíamos parlamentos enteros sino que los trucábamos con guasonas obscenidades— de uno de los mitos aportados por la literatura nacional a Occidente. Más en este momento cuando su arrogante y vitriólica figura se opone a ese hatajo de remilgados fanatismos, resumidos como cancelación, que está permeando con sus histerias nuestras sociedades. Aunque, sucintamente, la leyenda del Burlador recoge la peripecia y condena de un soberbio, tanto en el original atribuido a Tirso de Molina como en sus reformuladores: Molière, Lorenzo da Ponte, Espronceda con su Estudiante de Salamanca (1840) o el inmediato drama de Zorrilla; no se podría afirmar lo mismo de las versiones de Edmond Rostand, tan cargada de almibarado simbolismo, o de la insólita y hoy olvidada de Jacinto Grau, por no hablar ya del mansurrón relatado por Azorín o de la novela de Torrente Ballester, cuyo don Juan exhibe otras muchas facetas —o si prefieren mitos de la gran literatura europea—, para convertir su lectura en un diálogo con todos cuantos han sido bendecidos con el luciferino don de la eterna juventud. Dejo aparte el inconcluso a la par que mordaz —basta leer las pullas goteadas contra sus contemporáneos— Don Juan (1819-24), de Byron, pues este poema narrativo, del mito apenas toma el nombre.
Y aun cuando al Burlador se le ha hecho pagar en tantos escenarios y lenguas sus lujurias y blasfemias, este libertino sin traba ha atraído durante siglos a autores y, sobre todo, al público, porque representa la secreta, por pérfida que sea, aspiración de todo hombre, y cuanto más sojuzgado, mayor. En cuanto a las mujeres; ¿no anhelaron todas retener para sí su arrebatadora audacia? Ah; pero tan hábil era para seducir como presto para el hartazgo; ¿o acaso alguien cree, como sugiere el bienintencionado Zorrilla, que don Juan hubiese permanecido con doña Inés más allá del emocionante rapto y algunas noches apasionadas hasta hacer trizas el candor de la novicia…? No seamos ingenuos, porque su arrogancia, como intuyó Marañón, no ocultaba sino a un tornadizo insatisfecho; y en absoluto el averno infernal, sino este pubescente desasosiego era su terrenal castigo.