El desastre de la Dana y la victoria de Trump en las elecciones americanas no me mueven de mi posición política o moral fundamental. Puede tomarse si se quiere como una actitud conservadora, que se resiste a “tomar nota” de lo sucedido, de manera que me viera obligado a rectificar mis convicciones. Al contrario creo que, sin jactancia alguna, estas en la doble prueba quedan reforzadas.
I-En el caso de la Dana, evidentemente son muchos las falencias observadas: tardanza en la advertencia de la situación de catástrofe, retraso en la llegada del auxilio, descoordinación de la gestión, etc. Es bien discutible que el Gobierno central no enfrentase la crisis mediante la declaración del Estado de alarma, dada la extensión de la emergencia y sobre todo sus dimensiones, que reducirán al plano casi nominal la gestión autonómica de la misma. Pero en modo alguno la circunstancia actual puede poner en cuestión el modelo autonómico, que resiste en su justificación, por sus ventajas de proximidad y eficacia, con una implicación de los ciudadanos a los que la experiencia del autogobierno estimula y moviliza. Lo que ocurre es que el autogobierno no impide sino más bien llama a la intervención del Estado, cuando las fuerzas propias no son suficientes para la protección singular de cada territorio. La autonomía no es la enemiga de la subsidiariedad, sino mas bien su realización más cabal. No hay por tanto en la actual coyuntura actual espacio para la rectificación centralista y mucho menos el depósito de la confianza en un “cirujano de hierro” salvador (Estefanía Molina). El momento actual a lo que llama es al despliegue de los resortes de cooperación y solidaridad que el sistema autonómico como forma federativa posee.
Las capacidades del sistema en el episodio de la riada de Valencia han quedado subrayadas, además, por una triple actuación. Me refiero, en primer lugar, a la entrada en operación de los munícipes: un modelo de reacción a la vez serena y activa que han afrontado en una situación de gran riesgo el manejo inmediato de la catástrofe. La actuación sobre el terreno de los alcaldes (ellos y ellas) habrá convencido incluso a los escépticos más recalcitrantes de los títulos del municipalismo como manifestación imprescindible de la democracia y el buen gobierno.
En segundo lugar la riada ha mostrado la capacidad de los reyes para representar de manera ejemplarmente digna la asistencia nacional a los damnificados. Detrás de los reyes estábamos todos. Ellos representaban a España, verdadera unión cordial, “una inmensa tierra poblada de gentes fraternalmente unidos” (Galdós). Consolaban y escuchaban. Digámoslo machadianamente no estaban au dessus de la mêlée, refugiados, a salvo, sino gallardamente a la altura de las circunstancias. En tercer lugar, en fin, hombro con hombro los voluntarios: siempre hay quien da la talla, y está sobre el terreno, son los mejores de nosotros.
II-Por lo que hace al triunfo de Donald Trump, diré que comprendo el disgusto de muchos de mis amigos. Yo también se que es un violador, alguien que ha pagado dinero por callar a una artista de porno, que presume de coger a las mujeres por donde no se debe , que sus negocios le involucraron en un fraude a gran escala, que guardó secretos del gobierno en cajas almacenadas en un baño en Mar-a-Lago, y que trató de robar las últimas elecciones presidenciales por cualquier medio necesario, incluyendo una invasión violenta del Capitolio (descripción de Fintan O´Toole en The New York Review of Books). Su antiguo jefe de gabinete John Kelly lo ha retratado como "una persona que no tiene más que desprecio por nuestras instituciones democráticas, nuestra Constitución y el estado de derecho" .Pero esto no quiere decir que su victoria sea inexplicable, cuando Kamala Harris ha sido incapaz de ofrecer seguridades en un tiempo de miedo. Esto es, lo sabemos desde Hobbes: lo primero que los ciudadanos piden del Estado ,incluso más que procure la integración de la clase o la raza a la que pertenezcan. Kamala Harris no ha tenido tiempo, después de una vicepresidencia inadvertida, de mostrarse como la líder de un país en dificultades y su actitud benévola y acogedora no ha podido aparecer convincente en un tiempo de liderazgos inflexibles en todo el mundo y en particular también en Occidente. A pesar de sus excelentes cualidades (entre ellas la oratoria: véase su excepcional pieza reconociendo la derrota electoral).
Sin embargo la victoria de Donald Trump, temible por corresponder a un candidato perfectamente conocido por el electorado, lo cual hace que el aval electoral valga el doble, y por extenderse sobre el legislativo y el poderoso Tribunal Supremo, no puede hacernos olvidar el carácter precario del ejercicio del poder en una democracia: la democracia constitucional es un sistema que abomina del carácter mesiánico o salvador de los gobernantes. La democracia no diferencia cualitativamente unas opciones políticas de otras ni estimula por tanto el fervor en relación con alguna de ellas. Por ello la democracia reposa sobre un cierto escepticismo. La democracia es además una forma de gobierno limitada: el poder se ejerce sobre un ámbito material acotado, con competencias tasadas, y nunca abarca la vida total de la comunidad. Además se tiene por tiempo determinado y de acuerdo con contrapesos y controles. También en los Estados Unidos. Trump pasará y la democracia constitucional perdurará. Sin lugar a dudas.