Adriano tiene 42 años. Creció en una favela de Río de Janeiro (Vila Cruzeiro), se convirtió en el heredero de Ronaldo Nazario en Brasil y abandonó la élite del fútbol mundial para volver a la favela. Ese es el recorrido de la vida de un excelente futbolista atrapado por el alcohol, que sigue la desgraciada estela de compatriotas como Garrincha -rival de Pelé por el trono de la Canarinha, falleció en la extrema pobreza por el alcoholismo- o 'Sócrates' -muerto de cirrosis a los 57 años-. Ha unido su biografía a la de iconos como George Best o Ariel el 'Burrito' Ortega. Todos ellos se alejaron del balompié profesional por culpa de una adicción que siega la existencia de miles de personas cada año.
Durante su carrera deportiva, que arrancó en el Flamengo antes de ser reclutado por Europa, demostró que poseía capacidades para alzarse con el Balón de Oro en algún momento. Su irrupción en el Inter de Milán supuso un fenómeno tan grande que en Italia le apodaron como 'El Emperador'. Dotado de una potencia de carrera arrolladora y de una fuerza asombrosa en el disparo, no tardó en hacerse un hueco protagonista en el equipo que acumularía Scudettos. El presidente 'interista', Massimo Moratti, decidió que completase su adaptación al Viejo Continente pasando por la Fiorentina y el Parma, y después de tres años de aclimatación regresó al Giuseppe Meazza para conquistarlos a todos. De 2004 a 2008 se mantuvo en el conjunto 'nerazzurro' y ascendió a la titularidad en la selección brasileña. No había manera de frenarle. De ese lapso estruendoso quedan algunos recuerdos destacados, como su presentación en sociedad en Mestalla, en un partido de Liga de Campeones. Allí se dio a conocer, en octubre de 2004, y regaló un regate memorable ante David Navarro -ejecutó una ruleta con caño incluido-. Era el inicio de la explosión futbolística que le vio resplandecer con goles decisivos y 28 dianas en su mejor temporada. Aquel año, asimismo, fue el mejor jugador de la Copa América (máximo anotador y autor del tanto decisivo en la final contra Argentina). Y en 2005 arrasó en la Copa Confederaciones.
Este delantero de 1'89 metros de altura y 80 kilos de peso, consagrado con un cañón en su pierna izquierda, había despuntado y amenazaba con copar los premios individuales allá donde jugase. Pero entonces recibió una llamada de su tierra natal: su padre había muerto. A partir de ahí comenzó el declive emocional de un futbolista que se iría apagando a medida que su adicción se apoderaba de la persona. Adriano no podía cumplir con las exigencias de su contrato y tras chocar con Jose Mourinho -entrenador del Inter en aquella época-, terminó por abandonar Milán. Encontró sitio en el Flamengo, donde anotó 34 goles en los 48 partidos disputados en 2009. Hasta ahí llegó su excelencia deportiva.
Esta semana ha querido hacer un repaso a su vida y explicar por qué ha caído en los infiernos de la bebida. En una carta abierta publicada en 'The Player's Tribune', el goleador brasileño recorre la favela donde se crió y a la que ha regresado "para encontrar paz". "Cuando 'huí' del Inter y dejé Italia, vine a esconderme aquí. Recorrí todo el complejo durante tres días. Nadie me encontró. No hay manera de hacerlo. Regla número uno de la favela: mantén la boca cerrada. ¿Crees que alguien me delataría? Aquí no hay malditas ratas (...) La policía de Río incluso llevó a cabo un operativo para 'rescatarme'. Dijeron que me habían secuestrado. Están bromeando. Imagínense que aquí alguien me va a hacer algún daño… a mí, un niño de favela", relata en el texto.
"Intenté hacer lo que ellos querían. Negocié con Roberto (Roberto) Mancini y lo intenté mucho con (Jose) Mourinho. Lloré en el hombro de Moratti. Pero no pude hacer lo que me pedían. Me mantuve bien durante algunas semanas, evité el alcohol y entrenaba como un caballo, pero siempre había una recaída. Una y otra vez. Todos me criticaban y No pude soportarlo más (...) La gente decía muchas tonterías porque todos estaban avergonzados. 'Vaya, Adriano dejó de ganar siete millones de euros. ¿Renunció a todo por esta mierda?' Eso es lo que más escuchaba. Pero no saben por qué lo hice. Lo hice porque no me encontraba bien y necesitaba mi espacio para hacer lo que quería hacer", argumenta antes de confesar que "lo único que busco en Vila Cruzeiro es paz". "Aquí camino descalzo y sin camisa, sólo con pantalones cortos. Juego al dominó, me siento en la acera, recuerdo historias de mi infancia, escucho música, bailo con mis amigos y me duermo en el suelo", añade.
En su carta admite que "veo a mi padre en cada uno de estos callejones" e insiste sobre su abandono de la élite del fútbol (y la presión que conlleva): "Necesitaba la libertad. Ya no podía soportarlo más. Siempre que salía en Italia tenía que estar atento a las cámaras, a quienquiera que se me acercara, ya fuera un reportero, un estafador turbio o cualquier otro hijo de puta. En mi comunidad no tenemos eso. Cuando estoy aquí, nadie de fuera sabe lo que estoy haciendo (...) No entendieron por qué me fui a la favela. No fue por la bebida, ni por las mujeres, mucho menos por las drogas. Fue por la libertad. Fue porque quería paz. Quería vivir. Quería volver a ser humano. Sólo un poquito. Esa es la maldita verdad".
Su discurso está cargado de nostalgia. Expone las bondades de jugar en la cancha del barrio con sus amigos, en un ambiente de fútbol, samba...y alcohol. Recuerda que su padre se enfadaba mucho cuando le encontraba bebiendo cerveza, llegando incluso a apagar sus cigarros en los vasos para que nadie se emborrachase. "'Mirinho' (así llamaban a su progenitor) era uno de los dirigentes de Vila Cruzeiro. Todos le respetaban. Él dio ejemplo. El fútbol era lo suyo. Una de las misiones de 'Mirinho' era evitar que los niños se involucraran en las cosas que no debían. Siempre intentaba llevar a los niños a jugar a la pelota (...) Su padre (el abuelo de Adriano) bebía mucho. Realmente era un alcohólico. Incluso murió a causa de ello. Por eso, cada vez que veía a niños bebiendo alcohol, mi padre no tenía dudas", narra.
"El tipo era una leyenda. Cómo lo extraño…", admite para, a continuación, reconocer que la primera Navidad que pasó en Italia sufrió mucho. "Cuando fui al Inter, sentí un golpe muy fuerte en el primer invierno. Llegó la Navidad y me quedé solo en mi apartamento. Hace mucho frío en Milán. Esa depresión que golpea durante los meses helados en el norte de Italia y todos vestidos de oscuro. Las calles desiertas. Los días son muy cortos y el clima está húmedo. No tenía ganas de hacer nada. Todo esto se combinó con la nostalgia y me sentí como una mierda. Aún así, (Clarence) Seedorf fue un amigo increíble. Él y su esposa prepararon una cena para sus seres más cercanos en Nochebuena y me invitaron (...) Estaba todo muy bonito y delicioso, pero la verdad es que quería estar en Río de Janeiro. Ni siquiera pasé mucho tiempo con ellos. Me disculpé, me despedí rápidamente y regresé a mi departamento. Llamé a casa. 'Hola, mamá. Feliz Navidad', dije. '¡Hijo mío! Te extraño. Feliz navidad. Están todos aquí, el único que falta eres tú', respondió", relata antes de confesar que ese sentimiento de ausencia le llevó a beberse una botella entera de vodka en soledad.
En ese repaso deja esta reflexión: "Estaba destrozado. Cogí una botella de vodka. No estoy exagerando, bebí toda mierda solo. Lloré toda la noche. Me desmayé en el sofá por haber bedido tanto ¿Qué podría hacer? Por algo estaba en Milán. Era lo que había soñado toda mi vida. Dios me había dado la oportunidad de convertirme en jugador de fútbol en Europa. La vida de mi familia ha mejorado mucho gracias a mi Señor y todo lo que hizo por mí. Y mi familia también hizo mucho. Ese fue un pequeño precio que tuve que pagar, en comparación con lo que estaba sucediendo y lo que aún iba a suceder. Lo tenía claro en mi cabeza. Pero eso no me impidió estar triste".
En su carta manifiesta que su padre fue víctima de un tiroteo en la favela y una bala perdida se alojó en su cabeza. Desde entonces no pudo trabajar y la madre y las ayudas de los vecinos y familiares le permitieron comer y salir adelante. También subraya que se siente como una promesa del fútbol "incumplida". "El mayor desperdicio del fútbol: yo. Me gusta esa palabra, desperdicio. No sólo por cómo suena, sino porque estoy obsesionado con desperdiciar mi vida. Estoy bien así, en un desperdicio frenético. Disfruto de este estigma (...) Siempre voy al mismo lugar de mi barrio, el quiosco de Naná. Si quieres conocerme, pásate por aquí. Bebo cada dos días, sí (y los otros días también). ¿Cómo llega una persona como yo al punto de beber casi todos los días? Bebo porque no es fácil ser una promesa que queda en deuda. Y a mi edad es aún peor", concluye.
"Un chico que abandonó la favela para recibir el apodo de Emperador en Europa. ¿Cómo explicas eso? No lo entendí hasta hoy. Tal vez hice algunas cosas bien después de todo", comenta. "Mucha gente no entendió por qué abandoné la gloria de los estadios para sentarme en mi antiguo barrio, bebiendo hasta el olvido. Porque en algún momento quise hacerlo y es el tipo de decisión a la que es difícil volver atrás. Pero no quiero hablar de eso ahora (...) He vivido en Barra da Tijuca, una zona elegante de Río, durante muchos años, pero mi ombligo está enterrado en la favela. Vila Cruzeiro. Complexo da Penha", se despide.