Opinión

¿Dana o cambio climático?

TRIBUNA

Emilio Arnao | Jueves 14 de noviembre de 2024

Mucho se ha hablado estos días de la Dana que ha asolado, sobre todo, nuestras tierras valencianas -diré que Requena es mi patria, pues allí nació, vivió y murió mi ancestral familia-. Pero en los telediarios o noticieros no se ha dicho la verdad. La Dana no es más que una consecuencia del cambio climático. Y no lo digo yo, sino gente más inteligente que uno mismo, como Greenpeace y otras organizaciones no gubernamentales. Como soy una persona creo que digna, no voy a establecer aquí responsabilidades políticas, pues todos sabemos a quiénes corresponden dichas responsabilidades.

Únicamente, ustedes, los que se supone que lo saben todo, quizá no sepan la verdadera chillona de dicha cuestión. Como escribió el gran Cervantes: ¡Voto a tal, don patán rústico y malmirado, que si no os apartáis y escondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mismo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tuviera, socarrón y mentecato?

Todo lo que sucedió ayer vuelve a suceder hoy. Pero el planeta Tierra está muriéndose por culpa de estos señores y señoras del Gran Poder. Los tratados internacionales contra el cambio climático ni se firman ni se cumplen. ¿Por qué? Sencillamente, porque hay inmensas cantidades billonarias de dólares y euros en juego. Estamos, de nuevo, ante La Fortuna con Seso y la Hora de Todos de Quevedo: las alcahuetas y las chillonas estaban juntas en parlamento nefando. Hablaban muy bellacamente en ausencia de las bolsas y roían al dinero los zancajos. La más antigua de las alcahuetas, mal asistida de dientes y mamona de pronunciación, tableteando con las encías dijo: -El mundo está para dar un estallido...

Y escribir no es en vano, pues a mano la escritura y acción conserva esta Naturaleza que se rebela ante cualquier manifestación malograda del ser humano. Hay monos con pistolas y hay tipos que destierran los viejos fantasmas que nos entierran a los más necesitados, pues es dada y acribillada esta convulsión no pasajera de los diábolos que nos acechan.

No obstante, yo siempre llevo por lema lo que sigue: “soy un pesimista cabreadamente optimista”. Vale. Pues eso. Y somos tantos los que entendemos este optimismo que no habrá más violencia contra este azul planeta si perduramos en la consistencia y en nuestras palabras acordes como una sinfonía de Mahler o de Dvorak, digamos que Sinfonía del Nuevo Mundo.

Y es que hay mucho opinador/a, o sea, que vuestras mercedes saben opinar a lo peor, y cosa es de tontolabas, que las babas les caen por las alcantarillas de sus serviciales años, que son amos de toda empresa a buen ritmo de la despensa. Y no compensa tanto servicio, puesto que es vicio del mejor postor.

Y son los pastores y los agricultores y las gentes del campo los que conocen cómo esta urgencia del clima afecta no sólo a este país, sino al mundo entero. Hay quienes taladran selvas y hay quienes destrozan el buen saber. Que ya lo escribió Garcilaso en su soneto: ondas, pues no se excusa que yo muera, dejadme allá llegar, y a la tornada nuestro furor ejecutad en mi vida.

Y, por acabar o no, escribiré a vuestras mercedes tal vez lo que ni siquiera vislumbren: que el sol y la luna son como un Universo completo que nos vigila. Estemos todos atentos a tales variaciones. Que la literatura y la música son las mejores fuerzas para organillar la universal cultura que nos devuelva a nuestros tiempos prehistóricos, tal y como Stanley Kubrick nos anunció en su película 2001. Una Odisea en el Espacio con música de Richard Strauss, basada en el filósofo Nietzsche, Así habló Zaratustra. Y aprendamos de la derrota, que siempre habrá un verso azul por nota.