Opinión

¿Y si no me atrevo?

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 16 de noviembre de 2024

Pues ¡qué le vamos a hacer, rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde! ¿Y si la cosa no arranca en modo alguno? Siempre puede decir con Margaret Thatcher: “yo tengo una paciencia extraordinaria, siempre que al final me salga con la mía”, o entrar en el bureo, secreta murmuración entre los desconocidos, fácil no es siempre el diálogo del tipo “beso por arriba, patada por abajo”(1) o dándose de las astas. Resultado de tanta escasez dialógica es esa legión de niños que hasta los trece años pensaban que su nombre era Cállate, pues “los niños de hoy en día son unos tiranos, pues contradicen a sus progenitores, engullen la comida, y tiranizan a sus maestros”: un poco más y benditos sean los jóvenes, porque ellos heredarán la deuda nacional. “-Doctor, dice el paciente al urólogo, quiero que me haga una vasectomía’. –Esta es una decisión de mucha trascendencia, ¿lo ha consultado ya con su esposa y sus hijos?’ –Desde luego, señor doctor, y el resultado ha sido diecisiete a favor por uno en contra”.

Dondequiera que el ser humano pone la planta, pisa cien senderos dialógicos anegados. Hay que abrir caminos. Los basutos saludaban a sus jefes diciendo: tama seveba, ¡salud, salvaje bestia! Por la mañana, en la India, se abría el diálogo así: ¿ha tenido usted muchos mosquitos esta noche? El saludo del tuareg del desierto empezaba a cien metros del prójimo, era de un ceremonial complicadísimo y duraba media hora, respecto del cual nuestro apretón de manos es casi como una abreviatura. En China, en vez de decir se dice “la maravilla que hay ahí”, y en lugar de decir yo, algo así como “la miseria aquí presente”(2). Hasta el animal responde, me reciproca a su aire: yo preveo la coz del mulo invitándome a guardar distancia. Pero ese saludo lábil y resbaladizo como la trompa de un elefante, esos besos estereotipados, mire, no, gracias; frente a esa mirada saturada, asténica, apelo al parpadeo de la seguidilla: “no me mires, que miran/ si nos miramos,/ y es menester, si miran,/ nos contengamos./ Nos contendremos,/y cuando no nos miren/ nos miraremos”.

¿Qué dice usted después de decir ‘hola’?, ¿cómo decir ‘hola’? Primero deshágase de toda la basura que se ha acumulado en su cabeza desde que llegó a casa saliendo de la clínica. ¿Cómo devuelve usted el saludo? Vea que ahí hay alguien que se está cruzando con usted o que está quieto esperando que usted le devuelva el saludo. ¿Qué hace usted después de decir ‘hola’? Deshágase de toda la basura que se está volviendo a meter en su cabeza; todos los residuos de todos los agravios que usted ha sufrido y todos los anticipos de todos los líos en los que desea mezclarse. Entonces se quedará sin habla y no tendrá nada que decir. Después de más años de práctica, puede que se le ocurra algo que valga la pena decir. ¿Qué está haciendo todo el mundo en vez de decir ‘hola’? Las cosas que las personas se hacen unas a otras, en vez de decirse ‘hola”(3).

“¿Cuándo yo la miro, usted me mira?”, preguntó la anciana televidente a la telepresentadora. Sí, respondió ectoplasmática, hoy la he visto, la he visto y me ha mirado. Si tanto nos disgusta volvernos invisibles, ¿por qué no visibilizamos a los demás con el saludo? Si puedes saludar mejor, ¿por qué no lo haces? De los 90.000 millones de personas habidos en el planeta Tierra desde su origen, ¿cuántas de ellas saludadas, bien venidas? Gentes que no saludan, eremitas desertoras, no comparten ni la mirada. Monadas, soledades, saudades, solitudines, no son porque no sonríen, carecen de son y de ton, de sonido y de tono; nada de extraño, pues, que cuando un hombre se mira mucho a sí mismo, llegue a no saber cuál es su cara y cuál su careta. Si no saludas, ni juegas, ni con/juegas o conjugas “eres una amenaza o un fastidio tan vano que, teniendo mil causas esenciales de aburrimiento, la cosa más tonta basta para divertirte. Quitado el divertimento te verán secarte de aburrimiento”(4).

De nuestro archiego solipsista acaso nos salve la primavera, dice Octavio Paz: “luego de haber cortado todos los brazos que se tendían hacia mí; luego de haber tapiado todas las ventanas y puertas; luego de haber inundado con agua envenenada los fosos; luego de haber edificado mi casa en la roca de un no inaccesible a los halagos y al miedo; luego de haberme cortado la lengua y luego de haberla devorado; luego de haber arrojado puñados de silencio y monosílabos de desprecio a mis amores; luego de haber olvidado mi nombre y el nombre de mi lugar natal y el nombre de mi estirpe; luego de haberme juzgado y haberme sentenciado a perpetua espera soledad perpetua, oí contra las piedras de mi calabozo de silogismos la embestida húmeda, tierna, insistente, de la primavera”.

Pascal, cuando no era bien saludado ni visitado, escribía: “no sé quién me ha traído al mundo, ni qué es el mundo, ni qué soy yo mismo; me hallo en una terrible ignorancia de todo; no sé lo que es mi cuerpo, qué mis sentidos, qué mi alma, ni qué esa misma parte del yo que piensa lo que digo, que reflexiona sobre todo y sobre sí misma, y no se conoce a sí misma mejor que al resto. Veo estos terribles espacios del universo que me envuelven, y me veo afectado a un rincón de esta vasta extensión, sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar más bien que en otro, ni por qué este breve lapso que me ha sido dado para vivir me ha sido asignado más bien en este punto que en otro de la eternidad que me ha precedido y de toda la que me sigue. No veo por ninguna parte sino infinidades, que me envuelven como a un átomo y como una sombra que no dura sino un instante para no volver. Lo único que conozco es que pronto voy a morir, pero lo que más ignoro es esta misma muerte que no soy capaz de evitar. Como no sé de dónde vengo, tampoco sé a dónde voy; y sé solamente que al salir de este mundo caigo para siempre jamás o en la nada o en las manos de un Dios irritado, sin saber cuál de estas dos condiciones me será eternamente dada por herencia. He aquí mi estado, lleno de flaqueza e incertidumbre. Y de todo esto concluyo que debo pasar todos los días de mi vida sin pensar en averiguar qué me va a acontecer. Quizás pudiera encontrar algún esclarecimiento en mis dudas; pero no me quiero tomar la pena de ello ni dar un paso para buscarlo y, después, tratando con desprecio a quienes trabajen en esta faena, voy a marchar sin previsión y sin temor a embarcarme en un acontecimiento tan grande y a dejarme conducir muellemente hacia la muerte, en la incertidumbre de la eternidad de mi condición futura”(5). Mas, cuando Pascal se sintió saludado, se comportó de otro modo: “me has dado la salud para servirte, pero he hecho uso profano de ella. Ahora me envías la enfermedad para corregirme; no permites que con ella te irrite con mi impaciencia... No te pido ni salud ni enfermedad, ni vida ni muerte, sino que dispongas de mi salud y de mi enfermedad, de mi vida y de mi muerte, para tu gloria, para mi salvación”(6). Tan importante el saludo, que si no se mantiene permanentemente degenera en agresión. No lo permitas.

1. “No es la mejor palabra, la que tenemos que estar preparados para decir y para oír. No nos liberará y protegerá”. Claves para negociar sin perder el tiempo. Diga no para obtener un sí. Editorial Empresa Activa, Barcelona, 2008, p. 11, libro malo por su reacción pendular contra el no saber decir no.

2. Ortega, J: El peligro que es el otro y la sorpresa que soy yo. In “El hombre y la gente”. Obras, VII, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1969, pp. 221 ss.

3. Berne, E: ¿Qué dice usted después de decir ‘hola’? Editorial Grijalbo, Barcelona, 1993, pp. 16-17.

4. Pascal, B: Pensées, Oeuvres. Ed. Du Seuil, Paris, 1963, p. 504.

5. Pascal, B: Pensamientos. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1940, pp. 16-17.

6. Pascal, B: Ibi, p. 362.