Opinión

Ante una inquietante nueva era

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 18 de noviembre de 2024

El fascismo es un sistema de creencias extremas, no solo antidemocráticas y antirrepublicanas sino también antisociales. En su ensayo Qué es el fascismo (1944), George Orwell lo definió con palabras precisas y contundentes, agregando el adjetivo “matón” como sinónimo de “fascista”. A partir de ese momento el calificativo fue considerado menos como simple insulto que como precisión dentro de su naturaleza tiránica.

El término “fascismo”, como se sabe, fue acuñado por Benito Mussolini en 1919 para describir su absolutista movimiento político, que llamó los Fasci di combattimento armati (“grupos de combatientes armados”). En 1922 tomaron el poder en Italia para imponer ese régimen. El partido de Mussolini adoptó como símbolo las fasces de un haz de varillas con un hacha entre ellas, que significaba obediencia a la autoridad única del Estado y de su jefe. De allí en más la palabra “fascista” se utilizó para designar a los miembros del movimiento del Duce y, desde entonces, el término se ha utilizado para referir a un conjunto más amplio de creencias similares con connotaciones indiscutiblemente tiránicas; algunas veces, como estos que nos ocupan, bajo una fachada populista y progresista.

El historiador Robert Owen Paxton, al que se considera “padre de los analistas del fascismo”, lo define como un movimiento y una práctica política de características intolerables y definitivamente antidemocráticas, y una forma de gobierno que despierta el entusiasmo popular mediante sofisticadas técnicas de propaganda con un programa nacionalista antiliberal, antisocial, violentamente excluyente y expansionista. Como movimiento nacional de masas, el fascismo pretende restaurar en un país dañado y en decadencia, a través de la expansión, los ataques violentos a los enemigos de su régimen, tanto internos como externos bajo medidas de autoridad, por lo general personalistas, para sustituir a la democracia.

En estos tiempos que nos toca vivir, el fascismo pugna por consolidar el ascenso de las derechas extremas, o en similares contextos, de izquierdas estalinistas, como las de Cuba y Venezuela, para poner en tensión a las democracias occidentales tal y como están concebidas, empezando ahora una alarmante era de neofascismo enmascarado de republicanismo; un nuevo sistema respaldado por las urnas como sucedió en Italia, Hungría, la Argentina y recientemente en los Estados Unidos. Por consiguiente somos libres de creer y con derecho de prevenir, que este es el momento de una probable era fascista que cumple con los postulados escritos en 1932 por Benito Mussolini en su proclama “La dottrina fascista”, donde justifica el totalitarismo, ya que el Estado pasa a formar parte de una síntesis de unidad que incluye todos los valores, interpreta toda forma de desarrollo y potencia (unificando a través de sus dogmas y consignas), la vida de un pueblo. La historia nos muestra otra vez réplicas del temible dictador italiano, que se convirtió en el padre fundador del fascismo mundial, imitado hasta por el propio Führer Adolf Hitler, que confesó haberse inspirado en las “camisas negras” del Duce que avanzaron sobre Roma y poco después ofreció espacio al nazismo para conformar el funesto Tercer Reich en Alemania.

La preocupación sobre la derivación autoritaria del segundo gobierno de Donald Trump inquieta las entrañas mismas de la democracia del sistema norteamericano, y se hace presente un día después del triunfo del Partido Republicano en la portada del New York Times, el principal diario estadounidense, que advierte que el regreso del magnate inmobiliario a la Casa Blanca supone “una grave amenaza para los Estados Unidos, porque deja al país frente a un rumbo peligroso que nadie puede prever y obliga a los ciudadanos norteamericanos a estar atentos frente a “los peores instintos” de Trump.

Bajo el título “Estados Unidos toma una decisión peligrosa”, el influyente diario neoyorkino dio a conocer un duro editorial contra el presidente electo en el que lamenta las posibles consecuencias del mandato del líder republicano. “Durante los próximos cuatro años, los norteamericanos tienen que ser conscientes de la amenaza a la Nación y a sus leyes que vendrán de ese 47 por ciento del Presidente, que está preparado para ejercer una suerte de dictadura democrática, bajo la promesa de leyes, instituciones y valores que lo apoyan”, editorializa con firmeza en el New York Times.

El diario alerta, además, que “asumirá en los Estados Unidos un Presidente que prometió ejercer el poder en base a la intimidación. Y esa es, precisamente, la principal condición del fascismo. Esto demuestra que el votante medio puede aceptar con buenos ojos el supuesto ideal democrático, aunque lo observa como una suerte de valor abstracto con ciertas posibilidades de ponerse en práctica. Lo que antes sucedía con la idea de una sociedad igualitaria, ahora ocurre con la democracia por su incapacidad de dar respuesta a las demandas concretas, situación que hace que la credibilidad de esa raíz se vea cada vez más dañada. Es ahí donde se asienta el peligroso neofascismo que se avecina”.

De esa forma los partidos populistas de extrema derecha empiezan a lograr resultados emanados de sus distópicas campañas electorales porque su retrógrado programa político sugiere que las soluciones a los problemas del presente (inflación, desempleo, inseguridad) están implícitos en un pasado al que se debe regresar; así sea apelando a la destrucción de los causantes de las dificultades, léanse dirigentes de condición moderada, inmigrantes, planes sociales, moderación política, etcétera.

Cuando el panorama de una sociedad es tan sombrío y se ve empañado por una corrupción generalizada, las recetas conocidas parecen agotadas y en ese estado de cosas la democracia tradicional empieza a carecer de validez para los ciudadanos que optan por una propuesta antidemocrática. En esa trampa anida el fascismo, ya que en caso de Trump y los demás nombrados; el poder auténtico está en todos los casos en el autoritarismo; vale decir en el miedo. Y todos sabemos que miedo y fascismo son dos conceptos que van de la mano. Un rasgo común que caracteriza este tipo de expresión política.

Donald Trump está prometiendo reformas parecidas a las que viene exponiendo Javier Milei. Esto no significa que lo esté copiando, sino que es lo que estos caudillos imaginan cumplir durante sus mandatos. En el orden local, Milei está hablando de “purgas” (y todos conocemos la connotación estalinista de esa palabra); en este caso referidas a la Cancillería para de rodearse solo de leales; Trum, en tanto, al recordar su presidencia anterior, ha dicho que “no me va a pasar lo mismo que me ocurrió antes; en este nuevo mandato nadie me va a frenar”.

Ambos presidentes, antidemocráticos y autoritarios, no solo actúan sobre el servicio exterior, como está sucediendo en el caso argentino, sino que también pretenden actuar sobre las Fuerzas Armadas recuperando para ellas el otrora sitio nefasto ya repudiado por la ciudadanía; algo que implica politizar a los altos mandos; en este caso los Servicios de Inteligencia, para que sostengan el poder político. Curiosamente (¡vaya coincidencia!) es lo que hizo en Venezuela con el reciente y bien probado fraude del dictador Nicolás Maduro, un verdadero peligro para la democracia, que en un aparentemente distinto sendero se orienta hacia un mismo rumbo, con el respaldo de las Fuerzas Armadas que están a su servicio, para imponer estos sistemas sostenidos desde el fondo de gobiernos totalitarios más allá de cualquier signo ideológico. Las dictaduras (no es ninguna novedad) sean del bando de izquierda o de derecha, siempre son dictaduras.

En el caso argentino, ni aún durante la siniestra época militar, nunca se usó la palabra “purga”; término repudiable y escabrosamente estalinista, si los hay, como ya señalé, porque en esas condiciones (y en este caso puntual) podemos caer en un autoritarismo anárquico con huestes de libertarios diplomáticos, sin espacio para la discusión. Lo que sucede es que en definitiva a este Presidente no le interesan las discusiones; sobre todo por tratarse de un extremista dogmático y autoritario. Si se implementan las “purgas”, se puede caer en una persecución inédita, que empieza ahora por la Cancillería, una de las pocas instituciones estatales con gente debidamente especializada para ocupar esos cargos, y terminar en otros poderes del Estado.

Sin duda a Trump y a Milei les encantaría tener un sistema político decididamente totalitario como lo tienen Putin y Xi Jinping; cuyos caminos, para ambos, están allanados, ya que cuentan, como todo régimen dictatorial, con curiosas máscaras democráticas, con mayoría en su Parlamento y el control absoluto de la Justicia, algo de lo que carecen Trumpo y Milei; aunque, de una u otra forma, los síntomas del cambio mundial están a la vista, pues la tentación de actuar de manera tiránica es muy alta y con la personalidad de estos mandatarios más alta aún, y esto significa una amenaza para las democracias del mundo.

Las monedas están echadas: en el caso de Trump porque viene con mucha sed de venganza, con más experiencia, aunque cargando sobre sus espaldas tres acusaciones judiciales que acumulan 48 cargos (el asalto al Capitolio, la supuesta injerencia electoral en el estado de Georgia y el escandaloso caso Stormy Daniels, por violencia de género, entre otros), dos de estos casos aún pendientes de juicio. Sin embargo, la gran pregunta es cuánto resistirá la robustez institucional de los Estados Unidos ante una contradicción de esta naturaleza. Algo imposible de ser contestado y una verdadera prueba de fuego para la ambiciosa potencia mundial, que, en el caso local, se cubre con políticos ofrecidos al mejor postor.

Aunque en un contexto menor y sin demasiados instrumentos para llevar adelante su proyecto totalitario, debido a su debilidad parlamentaria; pero contando quizá con la ayuda económica (ahora sin duda del Fondo Monetario, ya que ambos presidentes son astilla de un mismo palo). Lo cual hacer soñar a Milei con una hegemonía territorial. La posible respuesta es muy simple: la mayoría de los gobiernos del continente, aunque sin acuerdos entre ellos, se manifiestan de izquierda y al parecer no quedan demasiadas opciones, pero hace que la democracia se debilite desde la propia entraña de la primera potencia mundial. Obviamente, lo que pase en los Estados Unidos es un espejo desconcertante.

Sea como fuere, en estos casos respaldado por las urnas, ha empezado una era de neofascismo disfrazado de republicanismo, y el peligro de la democracia es evidente. El Gobierno parece decidido a reordenar las cuentas fiscales y financieras y a priorizar ciertos gastos, pero la necesidad de estas reformas dejan al margen a sectores vulnerables. Hay evidentemente una apuesta fuerte a ordenar la economía, a ver cómo se gasta la plata, a priorizar los puntos de los gastos. Pero también es importante es que todo lo que sea reforma económica siempre sea con la gente adentro y no con la gente afuera. Esperemos que la sensatez nos asista ante una situación extrema de asuntos tan complejos, que pierden cada día su razón de ser; todo puede suceder ante la gran confusión que reina. Esperemos que la violencia no sea el otro camino y las fuerzas de la democracia se impongan una vez más. Fines y medios no son buenos ni malos, siempre que no revivan los peligrosos métodos que coartan la libertad y ponen trabas a la contradictoria evolución del pensamiento.