Rafael Nadal no jugará más al tenis profesional. La noche de este martes ha marcado el punto y final a una trayectoria deportiva sin comparación en el deporte español. En esta fecha ha colgado la raqueta y dado carpetazo a un palmarés abrumador, en el que resplandecen los 22 'Grand Slams' (14 Ronald Garros, cuatro Abierto de Estados Unidos, dos Wimbledon y dos Abiertos de Australia), los 36 Masters 1.000, las cinco Copas Davis (2004, 2008, 2009, 2011 y 2019), los dos oros olímpicos (individual en Pekín 2008 y en dobles en Río 2016) y los 92 títulos ATP totales que ha acumulado en las más dos décadas de carrera. Sin embargo, no es esta cosecha faraónica de trofeos lo que más brilla en su hoja de servicios.
La enorme dimensión de su figura y la tremenda longevidad de su éxito provocan que cueste creer que haya cumplido el anuncio que realizó el 10 de octubre. En la mañana de aquel día explicó, por sorpresa, que se iba a jubilar a los 38 años de edad. Las lesiones terminaron de derrotarle después de dos años de verdaderos padecimientos en su lucha por regresar a las canchas. "Han sido unos años difíciles, estos dos últimos especialmente. Creo que no he sido capaz de jugar sin limitaciones. Es una decisión que, evidentemente, es difícil, me ha llevado un tiempo tomarla. Pero en esta vida todo tiene un principio y un final, y creo que es el momento adecuado para poner punto final a lo que ha sido una carrera larga y más exitosa de lo que jamás me hubiera podido imaginar", expuso entonces.
En 2023 no jugó casi nada y este año sólo ha competido en siete torneos, con muchas dificultades para estar a la altura de su pedigrí. Toni Nadal, su tío, mentor y entrenador, le definió como el deportista que mejor compite sintiendo dolor. Desde muy joven (2005, su cuarto año como profesional) ha lidiado con una dolencia crónica. Le diagnosticaron el síndrome de Müller-Weiss en su pie izquierdo, una enfermedad que provoca la deformación del escafoides y que conlleva intensos dolores e, incluso, problemas para apoyar el pie con normalidad. Precisamente desde este hándicap nacen los elementos que le han llevado a trascender su sensacional tenis para construir un legado mayor, que permea a la sociedad. Su capacidad de revertir situaciones adversas, tantas veces reflejada con defensas agónicas en las pistas, representa una de sus lecciones preferenciales.
No se ha podido despedir como merece en Australia, Nueva York y en Wimbledon, templo en el que mostró al planeta que con trabajo y consistencia es posible romper todos los pronósticos. Allí derrotó a Roger Federer en la final de 2008. Aquel seis de julio venció a su amigo y rival en el conocido como "el mejor partido de todos los tiempos". Dejó en shock a analistas y aficionados en cuatro horas y 48 minutos de derroche. El irrepetible 6-4, 6-4, 6-7 (5), 6-7 (8) y 9-7 inscribió una página imborrable en la memoria del deporte, sin entender de fronteras. Allí se presentó en sociedad de verdad en el plano internacional y desde entonces portó la bandera española con orgullo y pasión. Plantó la enseña nacional en todas las latitudes, con educación, humildad y determinación, aunque en ningún lugar estableció un dominio parecido al conseguido en París.
Los franceses se mostraron huidizos a las virtudes de Rafael hasta que no les quedó otra que rendirse a la tozuda excelencia. Y han acabado por levantar una estatua en su honor en la entrada del mítico Roland Garros. La conexión que ha hilvanado en ese lugar con el paso de los lustros escapa a la razón. Sus incontables gestas sobre la arcilla parisina escapan al virtuosismo del mejor pronosticador. No hay manera de comprender cómo ha llegado a tales cimas, así que hasta sus críticos impíos también se van vuelto creyentes. En este último curso de batallas contra su cuerpo, el astro manacorí quería pisar por última vez esa tierra que le ha hecho tan feliz y lo consiguió en dos ocasiones. La primera, en el debut y derrota ante Alexander Zverev, y la segunda, en los Juegos Olímpicos del pasado verano que compartió con Carlos Alcaraz.
El fenómeno juvenil murciano ha confesado que no se atrevía a hablar con su ídolo cuando le conoció... y después se ha maravillado por la cercanía y el apoyo que le está brindando el mito al que ha idolatrado desde pequeño. Ese carácter amable, honesto y prudente ha moldeado la personalidad de generaciones sucesivas que le han contemplado, y el contemplan, como un ejemplo a seguir en las pistas y fuera de ellas. Hay un amplio muestreo de imágenes que retratan a Nadal usando su altavoz para mejorar la situación de los más débiles, de los indefensos, o para denunciar injusticias. Todavía visualiza la memoria su labor de ayuda, sobre el terreno, para achicar agua en Sant Llorenç des Cardassar, uno de los pueblos más afectados por las graves inundaciones que asolaron Manacor en 2018. Entonces, además, brindó su academia como cobijo para las personas más impactadas.
Ese legado que salta los límites del tenis discurre también a través de su fundación, con la que asiste a niños y jóvenes de varios países en riesgo de exclusión social. Su centro deportivo también aporta respaldo, con la labor de un pilar fundamental para Rafa: la familia. Su madre, Ana María Parera, su hermana Maribel y su mujer, Xisca Perelló, se han involucrado en esta labor de contribución a la sociedad, con el objetivo de potenciar la integración y el desarrollo personal y social de los niños y jóvenes en peligro de desamparo. Ese currículum creció, silente, en paralelo a la cantidad ingente de noches legendarias que han iluminado la existencia de padres, hijos y abuelos. Porque se ha mantenido tanto tiempo en la élite más absoluta que hay jóvenes que piensan que todas las Davis de España llevan el sello del zurdo legendario (lo llevan todas menos la primera, la del 2000, que alzaron Juan Carlos Ferrero y Álex Corretja, hoy presentes en el emotivo adiós del icono balear).
Apasionado del trabajo, la constancia y la capacidad de superación, el mejor deportista español de la historia se ha labrado la imagen de héroe nacional, casi de Grande de España. Cuesta mucho localizar a alguien que hable mal de Nadal. No lo hacen, ni siquiera, contrincantes encarnizados como Novak Djokovic, con el que ha tejido la mayor rivalidad conocida en el tenis. Es más, cuando deponen las raquetas intercambian halagos y Rafael no se ha cansado nunca de valorar la importancia que han jugado esos potentísimos oponentes en el crecimiento personal y deportivo que ha alcanzado. La elegancia en la victoria y en la derrota han añadido argumento a esa estampa inmaculada de ganador y, sobre todo, de luchador. Todos sus logros (206 semanas como número uno del mundo, la marca marciana de 81 victorias seguidas en tierra batida, los Premios Laureus, el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes o los 32 triunfos consecutivos en tres superficies diferentes) se desinflan si se miran en relación con la altura de la persona.
En su discurso de despedida, ante el compungido público que llenó en Pabellón Martín Carpena de Málaga para verle por última vez, en la Copa Davis -torneo en el que inauguró su gloria particular-, dejó este mensaje: "Me voy con la tranquilidad de que he dejado un legado como realmente lo siento, no sólo deportivo, también personal. Entiendo que el cariño que recibo, si fuese solo por lo que hay en la pista, no sería el mismo". "Los títulos, los números están ahí, la gente lo sabe, pero el modo en el que me gustaría que se me recordase es como una buena persona de un pequeño pueblo en Mallorca, que ha tenido la suerte de tener un tío que era entrenador de tenis cuando era pequeño y una gran familia que me ha apoyado en todo momento. Un niño que ha seguido sus sueños, que ha trabajado lo más duro posible para ser lo que soy hoy. Hay gente que lo intenta, pero yo soy un afortunado porque la vida me ha dado la oportunidad de vivir cosas inolvidables gracias al tenis", manifestó en el broche final. Final, aunque cueste creerlo para los millones de aficionados que le han seguido y para los periodistas, como éste que escribe, que han cubierto su increíble carrera.
Esta temporada ha penado por la frustración de no competir como le hubiera gustado, mermado por su físico, pero ha disfrutado del amor de la afición en cada torneo al que ha acudido. En el Conde de Godó, en Roma y en Madrid llegó a ruborizarse por el furor desatado ante su sola presencia en las canchas para entrenar. Cerca del colapso estuvieron las instalaciones de la Philippe Chatrier en una cita olímpica de la que fue el gran atractivo. Los aires de despedida empujaron al pueblo a explicitar su cariño por la leyenda española, en una oleada descriptiva. Y Rafa se dio permiso para aparcar su timidez en este tramo postrero de actividad profesional. A partir de ahora, agradecido a sus padres por la educación y los valores que le ha enseñado, encara nuevos retos y desafíos que, seguro, abordará con la misma disposición y accesibilidad. Ya sea para ayudar ante la necesidad o para optar, quién sabe, a la presidencia del Real Madrid.