Dos eventos estratégicos se concatenaron para poner a Iberoamérica en el centro del interés geopolítico: la 29 Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado la semana pasada en Ecuador y la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y la designación del halcón Marco Rubio como secretario de Estado.
A pesar de ambos eventos y de escenarios coyunturales delicadas para el equilibrio regional, esos dos hechos políticos se ahogaron en circunstancias, por decir lo menos, de desinterés: de 22 jefes de Estado convocados a la Cumbre, solo estuvieron presentes tres: el ecuatoriano como país anfitrión, el de Paraguay y el rey Felipe VI de España como jefe de Estado. Y en Washington, Trump y Rubio definieron en pocas palabras su interés geopolítico en la región: otro intento más para liquidar el régimen comunista autoritario de los Castro --con Fidel muerto y Raúl desaparecido de la escena quizá por la edad nonagenaria-- y la obsesión del próximo presidente americano de intervenir militarmente en México para combatir a cárteles del narcotráfico.
España ha demostrado en estos últimos tiempos una incomprensión en grado de desdén hacia Iberoamérica y solo la enfoca en términos de negocios de unas cuantas empresas y cada vez con menos interés histórico y cultural, a veces dejando la impresión de que los diferentes gobiernos españoles posfranquistas no tiene ninguna idea geopolítica de la zona americana que tiene como el lenguaje común el castellano.
Después del aislamiento de Cuba con la derrota-victoria del presidente Kennedy en 1962 que pactó con Fidel Castro el impedimento de cualquier papel geoestratégico del entonces bloque soviético a cambio del compromiso de la Casa Blanca de no intentar otro esfuerzo de derrocamiento del Gobierno cubano, aunque después del fracaso de la invasión en Playa Girón que fue repelida por Fidel cuando hubo una filtración de la CIA de que se preparaba un Ejército opositor. A ello también ha contribuido que el propio Fidel tuvo el razonamiento estratégico de que ningún país de la región iberoamericana estaba preparado para un modelo comunista en modo Cuba, pero que podría aprovechar la influencia de su figura histórica para cuando menos contribuir a consolidar el sentimiento antinorteamericano, nacionalista y populista de los gobiernos regionales.
Con una España ajena en los hechos Iberoamérica y una Casa Blanca en modo cowboy, el destino de los países de la región se encuentra en una larga noche de aislamiento y deterioro. El enfoque de Trump, por ejemplo, es radicalmente aislacionista, al grado de que ni siquiera le reconoce jerarquía norteamericana a México por su condición de país asociado por el Tratado de Comercio Libre de Norteamérica y lo trata como si fuera un país centroamericano.
El enfoque geopolítico de Trump, que más o menos se había mostrado en su primera presidencia 2017-2021, se puede resumir en un esfuerzo interno para recuperar el poderío económico de su sistema productivo, pero disminuyendo algunas de las concesiones que hizo con la globalización y el traslado de muchas empresas fuera de los límites estadounidenses.
En este enfoque parcial de Trump como un empresario antiestado se coloca muy bien su política migratoria que se reduce de manera exclusiva a cerrar las fronteras y a deportar a los varios millones de migrantes que se metieron al territorio americano sin cumplir con los requisitos legales. En este escenario, Trump dará un paso atrás a aquel enfoque que le costó trabajo asimilar al presidente Biden de que la migración tenía razones en el deterioro de los modelos económicos y productivos de Iberoamérica y su incapacidad para generar empleo formal; y si se suma a este escenario el auge de la violencia del crimen organizado local y el articulado en torno a la producción y exportación de drogas a EE UU, entonces se tiene la justificación --ni siquiera explicación-- de la forma tan brutal y vulgar De Trump para referirse a los migrantes como asesinos y drogadictos.
España nunca tuvo un interés por Iberoamérica hasta los años finales de Franco, pero la España democrática tampoco mostró una interpretación cultural de lo que representaba Iberoamérica para la península, de no ser por pequeños negocios que sobrevivieron después de la independencia de los países americanos y de los grandes negocios financieros y turísticos que se agotaron solo en tasas de utilidad.
La presencia solitaria del Rey Felipe VI en la cumbre de jefes de Estado sin jefes de Estado en Ecuador ilustra la falta de visión geopolítica y estratégica de La Moncloa sobre los países de Iberoamérica, con algunos menores contactos formales a nivel de Unidas Podemos el Grupo Puebla que articula a países regionales identificados como populistas.
La voluntad que ha mostrado el rey Felipe VI hacia Iberoamérica no encuentra correspondencia en la estructura burocrática de La Moncloa, sin que se hayan aprovechado oportunidades anteriores para darle algún rango de estructura autónoma en el Gobierno español a las relaciones económicas y geopolíticas con los países iberoamericanos.
El fracaso de la 29 Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado debe llevar a alguna iniciativa de Madrid para reconstruir esa relación cultural de la historia y el lenguaje frente al ciclo aislacionista imperial que existe en Estados Unidos e inclusive la indispensable nueva relación entre España e Iberoamérica debería comenzar también a trabajar relaciones culturales especiales con la comunidad hispana que abarca nada menos que el 20% de la población estadounidense.
Las relaciones Iberoamérica-España están en el nivel más bajo de su historia, y a nadie parece preocuparle demasiado.