Tras las declaraciones de Aldama, Alberto Núñez Feijóo vino a decir, en resumen: “Estoy dispuesto a presentarme a una moción de censura. Y como no tengo votos bastantes, aceptaré que me apoye cualquiera de los socios de Pedro Sánchez”.
Se equivocó Feijóo. Debió declarar: “Ante la corrupción gubernamental denunciada por Aldama, estoy dispuesto a apoyar en una moción de censura a un candidato independiente como presidente del Gobierno, con el compromiso de que convoque elecciones generales en el plazo mínimo que señala la ley”.
Son muchos los que consideran absurdo que Podemos o Puigdemont, por poner los ejemplos más viables, votarían en favor de Feijóo, convirtiéndolo en presidente del Gobierno. Si en la moción de censura el candidato a presidente fuera un juez independiente o un sindicalista de prestigio como Nicolás Redondo Terreros, sí se podría despegar de la alianza parlamentaria algún partido, harto de la caravana de corrupciones que han puesto en marcha algunos prebostes sanchistas.
Alberto Núñez Feijóo, justo es reconocerlo así, ha mejorado mucho desde que asumió la presidencia del Partido Popular. Ha dejado de ser un presidente autonómico para convertirse, salvo algunas adherencias, en presidente nacional. Ha demostrado notable calidad en su dialéctica parlamentaria. Y cada vez se equivoca menos. Lástima la torpeza de su operación europea para desmontar a la vicepresidenta Teresa Ribera. Y, sobre todo, su reacción tras las declaraciones de Aldama. La moción de censura podría resultar viable, pero, salvo circunstancias excepcionales, con un candidato a la presidencia que sea independiente y prestigioso.