Opinión

¿Es usted instagrameable?

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Domingo 24 de noviembre de 2024

Nuestro tiempo está profundamente dominado por la estética. Quizás no nos hayamos parado demasiado a pensarlo, pero desde el diseño de un café hasta el perfil de un libro en las redes sociales, todo debe ser bello para que permanezca en nuestra retina más de una décima de segundo. Elegimos objetos, ropa y hasta lecturas no solo por su funcionalidad, sino por cómo “parecen” o encajan en la imagen que queremos dar. La literatura, en su transición al mundo digital, no ha escapado de esta tendencia.

La estética, como concepto filosófico, no solo trata de lo "bello" en términos superficiales, sino de cómo percibimos, interpretamos y experimentamos el mundo a través de los nuestros imprecisos y distraídos sentidos. Desde Kant, la estética ha sido entendida como una forma de conocimiento y reflexión que trasciende lo visual, llevándonos a cuestionar qué hace valiosa una obra y cómo esta nos afecta emocional e intelectualmente. En un mundo digital, esta noción se reinterpreta, pues lo que captamos a primera vista suele determinar si profundizamos o pasamos de largo, simplificando el impacto de las obras en función de su capacidad para captar nuestra atención en un bombardeo multimedia constante y agresivo.

Cuando elegimos un libro hoy, a menudo nos fijamos en su portada, en la tipografía del título o en si su sinopsis cabe en un par de líneas que prometan satisfacer nuestras expectativas sin complicaciones. Pero ¿qué dice esto sobre nuestra relación con los textos complejos, los que requieren más tiempo, esfuerzo y reflexión?

Piensa, por ejemplo, en dos clásicos: El principito de Antoine de Saint-Exupéry y el Ulises de Joyce. El primero, con su lenguaje sencillo y su mensaje claro y sin complicaciones, lleva años siendo un fenómeno en las librerías que se reinventa en múltiples formatos y ediciones, apto para cualquier edad y que es bonito para ser citado en redes sociales sin perder impacto. El principito es la obra que más veces he regalado porque destila magia sin ir mucho más allá de las tres o cuatro frases que todos tenemos en mente. En cambio, Ulises, con su estructura laberíntica y su narrativa repleta de subordinadas en un infinito cuarto de espejos requiere tiempo, paciencia y una disposición a tolerar la frustración de sentirse un poco idiota. Aunque es una joya de la literatura universal, ¿cuántos lo han terminado de verdad?, ¿cuántos “me gusta” tendrá usted en Instagram con el dichoso libro de Joyce?

La digitalización ha intensificado nuestra inclinación hacia lo sencillo. Plataformas como TikTok o Instagram exigen contenidos que sean fáciles de digerir y muchos lectores encuentran en ello una manera de interactuar con la literatura. Libros como La chica del tren de Paula Hawkins o El arte de ser normal de Lisa Williamson, combinan historias potentes con una estructura accesible, ganan espacio frente a obras más complejas en narrativa o estilo.

Pero ¿es la preferencia por lo sencillo un problema? No necesariamente. Lo importante es equilibrar. La literatura no es solo para entender el mundo, sino para desafiarnos a verlo de nuevas maneras. Obras como Las pirañas de Miguel Sánchez-Ostiz o la maravillosa y desconocida Variaciones Nuria de T.S. Norio, ofrecen puntos de vista complejos y diferentes sobre la forma de enfocar una narración. Ambas novelas son auténticas obras maestras, pero no entran dentro de lo instagrameable, sin embargo cada vez que releo una de ellas se me abre un nuevo universo narrativo, o lo que es lo mismo, confieso que vendería mi alma al diablo por haberlas escrito a pesar de su poco éxito comercial y escaso aliciente estético para quien se rige por lo bello más allá de por lo que una obra nos pueda hacer sentir.

La estética, entonces, no debe ser el único criterio. Si bien una portada hermosa puede invitarnos a comprar un libro, lo que encontramos dentro debería tener el peso necesario para transformar algo en los lectores Y, a veces, lo que se nos presenta como sencillo —como la poesía breve de Wislawa Szymborska o una canción de Izal— puede esconder una complejidad que se revela con el poso del tiempo y la reflexión.

Quizá sea hora de preguntarnos: ¿estamos eligiendo libros para coleccionar estantes estéticos o para abrir mundos nuevos?, ¿somos esos clientes perfectos de las librerías que compran para almacenar y no para leer?, ¿es lo instagrameable una dictadura o un axioma de la sociedad actual? En la era de las pantallas, donde todo parece estar al alcance de nuestros pulgares, el desafío es no perdernos en la superficie y recordar que lo esencial, como dijo Saint-Exupéry, es invisible a los ojos.