Opinión

El final del final y el nuevo mundo

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 25 de noviembre de 2024

Se anuncian convulsiones inéditas que, sin embargo, recuerdan espasmos pasados. La novedad – si la hubiera – acaso se encuentre en su cada vez más rápida reiteración. Entre la actual crisis final y la siguiente transcurre cada vez menos tiempo en una especie de aceleración catastrófica que tiende a un permanente final de los tiempos.

La modernidad no sólo se inició con una enorme crisis histórica, sino que hizo de la crisis su naturaleza. Dimos por concluida esta modernidad, anegados ya en una agonía permanente. En 1989, recordaba Dalmacio Negro, se manifestaron tres acontecimientos mortuorios que ponían fin al ciclo que abrió la revolución de 1789. Se celebró entonces el segundo centenario de la revolución con aires de funeral, mientras Francis Fukuyama entonaba el planto de la época en un artículo ambiguo que señalaba el fin de la historia o, más exactamente, de la historia del Estado que había salido de aquella revolución. En el lugar de esa forma política se hablaba ya por entonces de globalización para apuntar a una superación de los estados nacionales. En noviembre de 1989 se venía abajo el muro de Berlín y alcanzaba su clímax en Occidente aquella perestroika que venía a superar la última configuración del Estado postrevolucionario. El acontecimiento anunciaba la final reconfiguración del mundo en una suerte de plataformas continentales integradas en una única “constelación política”. Y así, desde aquel lejano 1989, seguimos sin ver el fin del fin del mundo.

Ha avanzado la universalización de un tejido elemental cuyo continuo despliegue parecía inexorable, es decir, impersonal, fatal e incuestionable. Las estructuras tecnológicas y la expansión financiera que habían tejido pacientemente la unidad del mundo han urdido una densa malla que lo envuelve íntegramente. Bajo el visible estrépito de las convulsiones políticas y tras los patéticos estertores del final de la política el sistema técnico trenza pacientemente estructuras universales.

La puesta en cuestión del progreso tecno económico que desde hace siglos se desprecia como un delirio reaccionario, es hoy – sencillamente – impensable. Cualquier cuestionamiento del fatal despliegue del sistema técnico es denunciado como reacción o como locura. La industrialización y la tecnificación del mundo se juzgan radicalmente inevitables cuando el sistema tecno-económico suple ya las formas políticas o se erige en única estructura política efectiva. Las ideologías han perdido, desde aquel 1989, toda su ya menguada pujanza y sólo el tejido tecnoeconómico se manifiesta hoy como “la piel de todas las cosas”, es decir, como único principio de totalización de la sociedad universal. La verdadera forma parapolítica que coexiste todavía, sin embargo, con diferencias culturales y lingüísticas. Es ésta, sin embargo, una heterogeneidad meramente residual porque la reducción de la política por el complejo industrial no sólo lamina toda diferencia sustancial, sino que se presenta ya en condiciones de determinar la nueva forma de lo humano.

La neutralidad del Estado era un rasgo técnico desarrollado a partir de las guerras de religión y del contemporáneo ascenso de la razón físico-matemática. El Estado se purgó, merced a una tolerancia forzosa, de toda determinación religiosa para neutralizar más tarde no sólo la religión, sino cualquier determinación real de la condición de las poblaciones gobernadas racionalmente por la nueva máquina política. La tolerancia se llevaría al extremo de una neutralización de la acción íntegra de los individuos, siempre con la salvedad de preservar la mutua libertad negativa. Toda acción es asumible con la única condición de que no interfiera – sin consentimiento – en la acción de otros. Esa defensa de la libre elección individual es el mecanismo neutralizador que hace posible la expansión de la racionalidad tecnoeconómica vaciando de sentido la vida de los ciudadanos.

La impostura ha venido sirviendo al despliegue de la industrialización y la tecnificación del mundo. Es evidente que la ética mínima de los derechos humanos en absoluto impide el desarrollo de las nuevas formas de vida que la racionalización tecnológica arrastra. Cada novedad tecnológica ha de recibir el aval de comisiones que garantizan la privacidad y seguridad individual de los usuarios, sin cuestionar jamás el modo de vida que produce el constante aluvión de novedades. Así la vida se adapta a modos y maneras exigidos por un orden tecnológico que trasciende y subordina a los individuos que han de ajustarse a las demandas de un paisaje tecnológico abrumador. Es una subordinación bienvenida por unas multitudes que la consienten libremente de modo que nada podría, al parecer, oponerse a tan paradójica libertad.

El fin del mundo tiene la forma de un espacio higiénico, bajo un control no invasivo y sin coerción física. Las convulsiones continuas significan sucesivas vueltas de tuerca que nos llevan a un mundo sin luz, pero de brillo artificial, donde una existencia higiénica se prolongará en una atmósfera presurizada en la que sobrellevar este hastío perpetuo.