Opinión

Adoración de lo efímero

TRIBUNA

Gabriel Albendea | Martes 03 de diciembre de 2024

En La Era del vacío (1992) Gilles Lpovetsky trataba de “identificar las transformaciones del individualismo”, resumiéndolas en el símbolo de nuestro tiempo, Narciso. Éste representa el fin del hombre moderno o político y el nacimiento del hombre psicológico, al acecho de su ser y de su bienestar, que ha renunciado a cambiar el mundo. En El imperio de lo efímero (1994) analiza el fenómeno de la moda como categoría socio-histórica propia de Occidente, a partir del siglo XIV, y no como rasgo de toda sociedad humana. A Lipovetsky le interesa no la historia de los estilos y las mundanidades elegantes, suficientemente estudiadas, sino “las grandes estructuras estéticas y sociológicas determinantes de la moda, la economía profunda de la dinámica de la moda, cosa que no ha merecido hasta ahora, según él, la atención de los pensadores o ha sido mal interpretada de acuerdo con “un esquema monótono: la lucha de clases, la distinción social o el mimetismo de los individuos”. Él propone un cambio teórico en la interpretación de la moda. Su tesis es clara y machacona: La moda es como el humus de la vida moderna, y sobre todo contemporánea, en el que crece el individualismo, el hedonismo, la democracia y la libertad del ego. El autor no comparte el lamento intelectual generalizado sobre la moda como aniquiladora de la cultura y de la autonomía del sujeto, sino que entiende su enorme poder como globalmente positivo. Toma como referencia privilegiada la historia del vestido, la más conocida y casi la única vía de acceso a la moda hasta el siglo XIX cuando ya se convierte ésta en una forma específica del cambio social, que afecta a la decoración, al arte, a las ideas y a la cultura general.

Me pregunto si la pretensión de Lipovetsky de explicar la moda en conexión con el resto de las actividades culturales y sociales es una pretensión conseguida. Creo sinceramente que no. En más de trescientas páginas, que podían haberse reducido a la mitad, el autor repite casi obsesivamente las mismas tesis, no suficientemente argumentadas. La moda explica todo mientras ella no necesita explicación. La moda, algo positivo, engendra su contrario, lo negativo, pero sigue siendo algo positivo. Si no queda otro remedio que explicar esa totalidad mística encarnada que es la moda, hay que hacerlo por el muy humano deseo de novedad, libertad y placer. El autor hace nada menos que al influjo de Platón responsable de las débiles interpretaciones al uso de la moda. Los marxistas, Gabriel de Tarde, Marcuse o Galbaith serían, pues platónicos.

Distinguir lo aparente de lo real es platonismo. ¿Cómo no entender también la ciencia como platónica si ha combatido siempre las apariencias? Absurdo. Lipovetsky no quiere hacer ninguna interpretación global de la historia, pero en su texto sí hay claramente una interpretación idealista y subjetivista de la historia. Su análisis de los factores económicos del capitalismo en la génesis y evolución de la moda apenas merece el comentario de unas líneas. La moda no es explicable por los beneficios de la producción, sino por el deseo espontáneo de los consumidores. Sin embargo, eso es algo que la tozuda publicidad desmiente de modo categórico. Para Lipovetsky, la moda, como el Espíritu Absoluto de Hegel conserva y supera en su seno todas las contradicciones. La eficacia y la frivolidad, la dominación racional de la naturaleza y la locura lúdica de la moda sólo son antinómicas en apariencia. “La moda produce de modo inseparable lo mejor y lo peor, la información y el grado cero del pensamiento”, “La moda ilustra el ethos de fasto aristocrático en las antípodas del moderno espíritu burgués de ahorro, previsión y cálculo”. Con la consagración positiva y general de los hechos, el autor sólo esporádicamente expone el lado negativo de la moda, al parecer asuntos de poca monta: paro, suicidios, infelicidad, pérdida de cohesión social, de altruismo y de interés por la cosa pública. Tampoco la moda de las ideas, del arte ligero o del deporte obsesivo como espectáculo merece especial atención por parte del autor, ni aquello que no se integra en su sistema como la ciencia y el terrorismo. Es lógico que al prescindir de la importancia de la imitación en la moda entienda ésta como factor de individualismo y no de cohesión social, pero olvidando la ausencia absoluta de personalidad en quien es esclavo de ella. Por eso, si es cierto que no está reñida con cierto individualismo, es completamente exagerado decir que “es la expresión de la libertad de los individuos” y negarle todo carácter despótico. La explicación que Lipovetsky da de la moda es bastante subjetiva. Habla como si los humanos tuviesen un irresistible deseo de novedad, autonomía y frivolidad que surgiera milagrosamente en un momento determinado de la historia, pero no les perteneciera quizás como rasgo antropológico de algún modo natural, en el sentido heideggeriano del “se” empeñado en la imitación de los otros. Por ello niega cualquier determinismo social en la producción de la moda, ni cree que haya cálculo ni manipulación alguna por parte de los empresarios de la moda y sus publicistas, sino un generoso altruismo en satisfacer el ansia alocada de cambios de unos consumidores eternamente insatisfechos. Contrariamente a lo que suele pensarse, “la celebración cultural de la identidad personal” es el motor de la mutabilidad de la moda. No se puede negar a Lipovetsky la claridad de su exposición, pero una filosofía de la moda no puede contentarse con esa exploración ni con esa explicación.