Opinión

Colgar los hábitos

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 04 de diciembre de 2024

Quede claro: allá cada cual con su salud. Es decir, quien a buen tabaco se arrima, malos humos le cobijan, porque otra cosa no hay. Entre mis mejores amigos los hay que fuman. Nada excepcional teniendo en cuenta que estos ‘ahumadores’ son profesionales por convicción propia. Es una manera de quemarse a lo bonzo, pero por dentro. Cosa que debe tener un especial encanto, parecido a la mordida de un caimán o a la picadura de una mamba negra.

Este no es un tema baladí, pero en mi ánimo no está el tratar de enderezar a nadie con pláticas y demás jeringonzas sobre la moralidad ‘tabaquil’. Pero claro, uno tiene amigos por razones diversas, y sucede que con la edad actúa como más padre, más prior de su rebaño. Me acabo de enterar de que los ministros de Sanidad de la Unión Europea quieren prohibir fumar en toda una serie de zonas al aire libre; y claro, te preocupas en hacer algo más por aquellos que en verdad te importan. Bien es cierto que, de momento, solo se trata de una recomendación sin efectos vinculantes, pero la cosa apunta a mayores.

Insisto, me da igual que los que fuman encuentren placer por ello. Otros coleccionan cangrejos de Tasmania; incluso los hay quienes celebran su noche de bodas colgados en la cara norte del Annapurna. Está muy claro que a los consumidores compulsivos les debe interesar mucho que el buen tabaco tenga la hoja bien afilada para diseccionarles los pulmones, la garganta, o cualquier otra riqueza indispensable del cuerpo humano; de lo contrario, se hace difícil entender lo de continuar fumando sin parar.

Tampoco es cuestión de extenderse y recrearse. Uno se muere el mismo día fumando que sin fumar. Ahí está, por ejemplo, Sara Montiel con su “Fumando espero”. Tan fresca ella, se murió a los 85 años y de muerte natural.

La controversia está servida y, como nos dice Fernando Savater: “En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es que no estamos de acuerdo con todos”.

Por lo demás, pues, como hecha la ley, hecha la trampa, comenzará a funcionar el club clandestino de fumadores, algo parecido a la ley seca de los EE. UU con el alcohol allá por los años 20. De tal manera que se crearán nuevas formas subterráneas de oferta y el mercado negro (nada peyorativo) entrará en escena. A partir de ahí, lo ilegal con negocios altamente rentables y las mafias haciendo de las suyas. El desacato a la ley traerá consigo que gente honrada, como lo son mis amigos fumadores, pueda caer en el lado oscuro del vicio. Y es ahí donde mis desvelos toman carta de naturaleza para convencerles de lo feo que se va a poner el asunto, este del fumar.

La libertad de hacer lo que cada uno quiera no es una cuestión dependiente de uno solo, a menos que, para esto de renunciar al tabaquismo, el interesado o interesada se convierta en la abeja Maya y se dé al néctar como terapia ocupacional. No parece una tarea fácil de conseguir y para muchos lo de colgar los hábitos en lo que a fumar se refiere puede resultarles peor el remedio que la enfermedad. Y es que en este planeta cada vez se estrechan más los espacios habitables.

Un servidor no fuma, pero es que yo soy muy raro. (Dedicado a mis amigos fumadores)