Opinión

La otra inquietante y repetida anormalidad de la Argentina

TRIBUNA

Roberto Alifano | Viernes 06 de diciembre de 2024

La anormalidad en los seres humanos es un término que la psicología asigna a personas con condiciones raras o disfuncionales, que definen un comportamiento. Tema arduo, complejo y no menos contradictorio. Freud lo consideró como una incontenible existencia de ansiedad; es decir, una persona que manifiesta elevados niveles de depresión e infelicidad dentro de un comportamiento poco común. Desafortunadamente muchas personas no se percatan de su propio estado mental y aunque podrían beneficiarse con ayuda, no ven la necesidad de buscar apoyo.

Javier Milei cumple su primer año de gobierno con una aceptación, que a simple vista la mayoría creía imposible. A pesar de los ajustes, las encuestas siguen afirmando que más de la mitad de los argentinos lo ve bien, y un poco menos de la mitad lo ve mal o pésimo. Idéntico asunto sucede con la gestión de su gobierno; para algunos de los funcionarios de La Libertad Avanza (LLA), la imagen conserva un saldo positivo, mientras los dirigentes de la oposición, tanto blanda como dura, la condenan y siguen augurando su caída. Pero el juicio a veces condicionado va más allá y avanza hasta extremos casi patológicos.

Como eje contradictorio de este inédito fenómeno, la vicepresidenta Victoria Villarruel, a la que una legisladora de la misma corriente la bautizó jocosamente como “Vichacruel”, sigue teniendo la mejor imagen entre los políticos del país; pero probablemente su estrella corre el riesgo de opacarse por su enfrentamiento con el Presidente, y por el apoyo a un corrupto legislador que fue detenido cruzando la frontera con el Paraguay con más de 200 mil dólares, acusado de lavado de dinero (otra mancha para la devaluada política de la Argentina).

Sin embargo, la popularidad -con antipatías o simpatías-, son por el momento de Javier Milei y casi excluyen a quienes lo acompañan. Por consiguiente, el único líder con vigencia, el que tiene la iniciativa y maneja la agenda del poder es él. Los demás se han opacado, inclusive la doctora Kirchner con hartas causas judiciales y una condena en firme, cuya presencia lo ayuda como telón de fondo de una todavía desmembrada oposición.

Hasta la marcha de solidaridad con las universidades, el Gobierno experimentó una crisis de imagen, que se fue incrementando por las restricciones, la mengua de ingresos a jubilados, y porque siempre pasa cerca de un año, hasta que la gente se acostumbra a un nuevo presidente y su estilo. Con todas los tropiezos del caso, Milei va aprendiendo el oficio y maneja una corte de nuevos dirigentes que se autopercibe todopoderosa y protegida por las “fuerzas del cielo”, que en términos místicos se consideran eternas.

En cuanto a la mayoría de la gente poco le importan las ideologías ni los programas, y como un rebaño va detrás del que encabeza la procesión en espera de un cambio que mejore su calidad de vida; asunto que todavía se vislumbra en brumosa lejanía. Aquello de que “el pueblo nunca se equivoca” nunca más ahora es la Argentina un mero acto de fe. Para los políticos y analistas tradicionales, es difícil entender cómo funciona la nueva comunicación política, que tiene poco que ver con los textos y el contenido de los discursos, y mucho con las formas y, ni hablar del espectáculo cuasi circense que encabezado por el Presidente acompaña a los acólitos de turno.

La confusión es de tal magnitud que hasta el analista más experimentado queda fuera de juego ante los hechos. En el límite, siempre provocador, en su momento Milei se atrevió a denostar al Papa Francisco, tratándolo en su momento de “representante del demonio” y en otro estado de furia a una artista famosa y a buena parte del periodismo, al que llama “coimero y ensobrado”. Con mayor decisión aún cerró el Ministerio de la Mujer y la Subsecretaría contra la Violencia de Género, desfinanciando además a otros programas de apoyo. A tales efectos poco ha importado que las palabras sean hirientes, poco coherentes y hasta insultos directos sin eufemismos; lo que comunica hacia la ciudadanía y hacia la gente de la prensa es el imperio de un lenguaje obsceno, propio de un mal educado, al que acompaña con pantomimas corporales sin tener en cuenta los escenarios, levantando la voz y en actitud autoritaria. Cosa que, curiosamente, atrae a buena parte los ciudadanos. En definitiva actitudes y jugarretas que son vulgares, pero no fáciles de asumir por el agredido. Algunos políticos han tratado de competir con él diciendo idioteces en la red, y en vez de conseguir apoyo han quedado como paradigmas de la barbaridad. Y, al parecer, hasta ahora no afectan a un Milei que maneja las redes con astucia.

Ha llegado al gobierno, entre otras cosas por esa hábil pericia y las manipula con la habilidad de un prestidigitador o un domador de rebaños. Si bien este nuevo tipo de política necesita de mucha sofisticación, a Milei le sobran gestos y actitudes que cada día pone en prueba exitosamente. Cosa que parece estar de moda y en otro contexto es usado por Donald Trump, el reciente electo Jefe de Estado de la potencia del norte, que con un especial talento transforma derrotas en triunfos (en un artículo anterior he puesto de relieve las menos intolerantes que pintoresca y hasta divertidas, aunque no menos autoritarias estratagemas de ambos, expertos en jugar astutamente con esas modernas coordenadas del poder que son “las redes”, y favorecen confundiendo hasta el más consumado apostador.

También en el caso de ambos, transmiten emociones de un modo eficaz, acompañadas de gestos que hasta los llevan a bailar y cantar, hasta un punto que parece hacerles perder el control, incluso cuando amenazan gratuitamente o apostrofan con gestos desmesurados, que transmiten algo de divertido al acompañarse de piruetas para defender despropósitos. Sin embargo, las diferencias son notables. Trump no tiene ideología o, en todo caso, “su única ideología es el dinero” sustentable del capital que representa; en tanto que Milei es una mezcla de pragmático y místico que vive invocando a “las fuerzas del cielo”. Esto hace que opositores y aliados, blandos y duros, se vean confundidos sin saber para dónde agarrar. Verbigracia, cuando Milei atacó al Papa, la mayoría creímos que al meterse con la Iglesia pisaba el límite de lo posible; no fue así. Atacó luego a la popular cantante Lali Exposito y tampoco sucedió nada. El ritmo de confusión hace que quienes pretendan enfrentarlo ridiculizándolo se encuentren luego con cambios de paradigmas que parecen favorecerlo de otra manera.

Los que vivimos la Guerra Fría en épocas del comunismo soviético sabemos bien que hay temas que aún estremecen por la amenaza hacia la paz mundial. Eran épocas en las que aún existía el comunismo enfrentado a El Occidente, y buena parte de la humanidad creía que había llegado el fin del Capitalismo. Aquello no tuvo éxito y se desmoronó en 1990 con la caída del Muro de Berlín; ahí fue cuando los halados caballos de la carroza de aquella Cenicienta socialista se transformaban en inofensivos ratones y, de la noche a la mañana colapsaron los idílicos sueños revolucionarios. Acto seguido, todos los países se pasaron al alegre bando de un redivivo sistema capitalista; excepto una isla que padece hambre en el Caribe (y ahora Venezuela y Nicaragua) cuyos habitantes siguen comiendo -salteado-gracias a los mendrugos que les arrojan algunas piadosas naciones, que solo un grupo de ingenuos atribuye a las fuerzas de un obsoleto y derrotado comunismo que se asfixia con su propia saliva. Son así las cosas, aunque las emocionen de un puñado de esperanzados siga soñando con una sociedad más justa y distributiva.

Rusia reconstruyó el retrogrado zarismo de antaño, Irán volvió a ser una potencia oscurantista, gobernada por clérigos fanáticos que quieren asesinar a la mayor parte de la especie. China se convirtió en un país con otra forma de capitalismo que avanza a pasos agigantados, sin las limitaciones del monoteísmo, predicador de una melancólica naturaleza humana definitivamente pasada de moda que no encaja con los tiempos que vivimos. Es curioso y hasta gracioso, los chinos, herederos de la atea filosofía confuciana, en lugar de creer en Dios, se están convirtiendo ellos mismos en dioses de un Olimpo que favorece un encubierto capitalismo. Si lo sabremos los argentinos, a quienes acaba de perdonar la vida con una extensión de la deuda que tenemos con ellos.

Pero bueno, lo que está en juego en el Mundo Occidental es la consolidación de un modelo de dominación cuyo fundamento es transferir a los grandes conglomerados económicos los recursos de los países menos desarrollados; estigmatizándolo, si se puede. La misma historia de antaño, que resetea a un ultra liberalismo con tendencia más populista que las conocidas (y padecidas) que asombra hasta los mismos populistas, cuya doble moral escandaliza a los puristas.

Aquí, en el orden local, la dirigencia argentina, muy experta en el “corsi e recorsi del legendario Giambattista Vico”, intenta engañarnos con la construcción de un “sistema nuevo”, que otrora implementó el estrafalario menemismo, y hoy inspira al compulsivo Javier Milei. Eso también explica la rehabilitación de Carlos Menem, su mentor, mixturado ahora con las incontinencias mediáticas de un tal Gordo Dan, puntero predicador de una farsa que mezcla reminiscencias de fascismo todavía soñado por algunos de la pandilla autoritaria que gobierna la Argentina.

A pesar de las diferencias que intentan establecer lo que se ha conseguido es que el espejo de unos y otros autoritarios devuelva la imagen de un Daniel Ortega, que está llevando a Nicaragua a la miseria más paupérrima o de un alocado e impresentable Nicolás Maduro, verdadera vergüenza de una decadencia que, desde otra vereda, hasta puede ser confundido con el frenético Javier Milei.

Como se ve, los parecidos no pueden ocultar las diferencias. Maduro ha repartido muy bien el botín con las Fuerzas Armadas, en tanto que Milei carece de ellas, ya que se encuentran desmanteladas; aunque se invierta en algunos aviones de moderna generación y en reinventar un corrupto espionaje interno.

En lo económico, el presidente argentino pretende impresionar con la baja de la inflación y el superávit fiscal. Y hay que reconocer que lo está logrando a costa de pobres jubilados y consumidores cada vez más despojados. El único objetivo le funciona; sobre todo por la moderna cultura de las redes y el resentimiento social a su favor, harto de una señora, que si bien tiene votos cautivos deslumbra a cada vez menos gente. Sin la esperanza de que este sea el fundamentos de un nuevo modelo o un episodio más del fracaso argentino.

La condena que aún pesa sobre la cabeza de la doctora Kirchner, debilita su imagen atada con oxidados alambres, vetusta (“vieja y anticuada”), como la calificó José Mujica, es la encarnación de una política antigua, que favorece a otra forma de corrupción, en tanto que el frenético Javier Milei, convencido de una ayuda celestial aplica el otro modelo ultra conservador, que también tiende a desvanecerse a corto plazo si la economía del día a día no crece.

De tal manera, la endeudada Argentina, con anormales a la cebeza, se enfrenta ahora a otra una nueva anormalidad, donde las alianzas cada vez sirven menos. A su vez en las provincias el feudalismo parece ser indestructible y los gobernadores siguen aferrados a las garantías que les brinda el sistema de indefinidas reelecciones. La única pregunta es saber cuál es la medida del viejo peronismo y cuál la de un liberalismo o neo conservadurismo o, mejor dicho, del agravante de anarquismo que sustenta Milei y pretende destruir a un Estado cada día más incompetente, que choca con barreras de acero. No se ve así una efectividad en las medidas tomadas hasta ahora, sino solo incapacidad para frenarlas, dejando que todo siga un tradicional curso establecido. Sobre esto último, Milei y compañía tienen relativa responsabilidad, ya que todo es parte de solapados acuerdos que se siguen sosteniendo montados en las redes, sostenedoras de la confusión que pesa (y condena) a los desprevenidos argentinos.

Todo se transforma según la vieja observación de Lavoisier o, por qué no aplicar también la máxima de Il Gatopardo, donde el conde de Lampedusa, afirma con desconsolada lucidez “que todo debe cambiar para que nada cambie”. La dolorosa conclusión es que no se vislumbra un futuro en la insólita Argentina; sino que todo se repite escandalosamente para volver siempre a fojas cero con el sello del pasado por delante.