Opinión

¿Qué es todo esto?

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 07 de diciembre de 2024

A pesar de tantas luces de neón y de árboles navideños de alturas babélicas, cada vez hay más oscuridad en el interior de las personas; del mismo modo, el incremento del ruido bullanguero y verbenero contrasta con la reflexividad y el diálogo razonable que habrían de suponerse en las conversaciones. Han tenido que habilitarse vagones de silencio en los trenes para defender un poco a las personas del desaforado griterío de los interlocutores que por sus teléfonos móviles parecen empeñados en universalizar sus conversaciones privadas, las cuales cada vez resultan más indiscernibles respecto de las privadas. Desde la calle hasta el parlamento, que debería ser un poco más ejemplar, todo son trifulcas, marrullería y difiducia, no me extraña que las parejas pongan fin a sus relaciones al poco de haberse iniciado. Hay que ser un Tarzán con su mona Chita para desenvolverse en esta selva cada vez más animalizada. Los buenos modales, la urbanidad, la educación ciudadana, parecen haber sido engullidas por la zafia vulgaridad en no pocas escuelas, en lugar de lo cual crece el encono y la agresividad ritualizada.

La igualdad del sabio y del imbécil en una muchedumbre es real. Las muchedumbres no reflexionan ni razonan, sólo usan la potencia imaginativa de ideas-imágenes no unidas entre sí por ningún lazo lógico de analogía o de sucesión; cuanto hiere su imaginación se presenta bajo la forma de una imagen desprendida de toda interpretación accesoria y sin otro acompañamiento que algunos hechos maravillosos o el de un gran misterio: una gran victoria, un gran milagro, una gran esperanza. Nulo influjo de la razón sobre la masa, sólo actúa sobre sus sentimientos inconscientes.

El individuo adquiere por su número un sentimiento de poder desenfrenado que defiende con ferocidad, de ahí la imposibilidad de conceder crédito alguno al testimonio de la masa, pues en ella todo sentimiento es contagioso. La sugestibilidad y credulidad del contagio emocional de las masas tiende a transformar inmediatamente las ideas en actos: “el individuo en muchedumbre es un grano de arena colocado junto a otros granos de arena a quienes el viento mueve a su capricho, por eso vemos jurados que dictan veredictos que cada uno de ellos desaprobaría individualmente en particular”.

Lo que impresiona a la imaginación popular no son los hechos mismos, sino la manera en que son presentados y distribuidos. El poder de las palabras, enlazado con las imágenes eidéticas tiesas cuya evocación impresiona con independencia de su sentido real; “para convencer a las muchedumbres es necesario primero darse cuenta de los sentimientos de que están animadas, fingir compartirlos para intentar después modificarlos provocando por medio de asociaciones rudimentarias ciertas imágenes sugestivas”, y por eso la unanimidad de numerosos testigos es una de las más débiles pruebas que puedan invocarse para establecer la veracidad de un hecho; la muchedumbre exacerbada no conoce ni la duda ni la incertidumbre y tiende a los extremos, carece de la noción de lo inverosímil. El agitador ha sido casi siempre un agitado.

Si basta un instante para hacer un héroe, se precisa una vida entera para hacerse un hombre. Hay hombres que son buenos un día; hay otros que lo son un mes y son muy buenos; otros que lo son muchos años y son excepcionales pero hay otros que son buenos toda la vida y esos son imprescindibles. A veces se conoce a los valientes más en las cosas pequeñas que en las cosas grandes. La persona fiable tiene aspiraciones elevadas, expectativas moderadas y necesidades pequeñas, de ahí que para los extremos carezca de la noción de lo inverosímil.

El agitador ha sido casi siempre un agitado. Él mismo ha sido hipnotizado por la idea de la cual se ha convertido hombres o hombres o mujeres: no necesito saber cuántos hombres se necesitan para hacer uno perfecto. Un país lleno de justos habrá llegado al máximo de su civismo cuando en él se puede celebrar un partido de fútbol sin árbitro. En suma, una ciudad compasiva nunca considerará el estudio como un deber impuesto, sino como una oportunidad. Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un discapacitado; quien no osa pensar es un cobarde. El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad. El fuerte sabe quebrar sus deseos; el rico se contenta con su suerte; el honrado honra a los demás; el sabio busca instruirse con todos; puede sentarse en un hormiguero, pero solo el necio se queda sentado en él.

Los factores que impulsan las variaciones históricas rebasan cada vez más a las personas para recaer cada vez más en las masas. La colectividad no es vivida enteramente por cada una de las personas que le pertenecen como miembros, sino que es dada como algo con apariencia de alguien que las excede en duración, contenido y margen de acción. La corresponsabilidad entre la persona particular y la colectiva no es recíproca y excluye la simultánea autorresponsabilidad de ambas. La persona particular no parece ser corresponsable en la persona colectiva por todas las otras personas particulares como miembro de aquélla y como representante de un cargo, una dignidad o de otro valor de posición dentro de la estructura social, sino que tampoco lo es y en primer lugar como individuo personal y único, el cual, en la misma medida en que es persona, es a la vez un ser distinto de cualquier otro y, por consiguiente, persona con todo su pueblo.

Para que un aprendizaje encuentre lo superior que late en sus actos y funciones es necesario captarlo a la luz de lo axiológico en toda su altura, profundidad y fundamento. Descubrimos la profundidad, la apertura, la potencia, la jerarquía y la belleza de nuestras acciones cuando, por intuición emocional amorosa, alcanzamos de la realidad su esplendor, y no como la puerca lavada que vuelve a su propio vómito. Si apurásemos la vida tocaríamos con la yema de los dedos su idealidad axiológica, si bien muchas veces de forma contrafáctica: pese a que todos repitiésemos al paso de la oca cada día y durante todo el tiempo que dos más dos son veinticinco, dos más dos serían lo que obstinada y humildemente son: cuatro y sólo cuatro desde Euclides; del mismo modo, la sobriedad seguiría siendo un valor deseable y el alcoholismo un vicio execrable; por decirlo místicamente, “aunque no hubiera cielo yo te amara, aunque no hubiera infierno te temiera”.

¿Son malos los gobiernos porque han sido elegidos por malos electores, o son malos los electores porque han elegido malos gobiernos? Mal camino no va a buen lugar. El magisterio como educación más allá de la democracia formal representativa indirecta. No basta con la ley del número. Pasar de la democracia formal a la democracia moral está clamando por llenar de libertad la igualdad, y de igualdad la libertad.