Opinión

Setenta y cinco veces Faulkner

TRIBUNA

Gastón Segura | Domingo 08 de diciembre de 2024

Recurro a un aniversario por aquello de morderme la lengua ante la insultante conducta mostrada tanto por las autoridades regionales como nacionales frente a la calamidad de la huerta sur de Valencia y sus gentes. No habíamos vivido una catástrofe semejante desde los atentados del once de marzo de 2004, y volvemos a encontrarnos, como entonces, con el cambalache de nuestros políticos y su insolente rigodón; luego, no se extrañe nadie si el día menos pensado y para estupor de los sesudos analistas de nuestros mass media, se alza con el santo y la opípara limosna un partido de esos tachados de demagógicos; ¡mayor exhibición de desfachatez que la demostrada por los supuestamente consecuentes partidos de Estado durante estos días, y lo peor, para escarnio de decenas de miles —que se dice pronto— de nuestros compatriotas, seguro que no la van a ofrecer! En fin, que recurro a una efeméride para sortear el bronco desahogo, pues, sobre estéril, no les resultaría sino antipático, efecto muy alejado de la intención de este par de páginas.

Como quiera que cuando se abría el año ya les escribí un recordatorio del centenario —estos días recién cumplido— de mi venerado Marcelo Mastroianni («Y tan humano», el 8 del 1, en Todo Literatura), me acojo ahora, y como escapatoria del barrizal, al septuagésimo quinto aniversario de la concesión del Nobel a William Faulkner, cuya novela ¡Absalón, Absalón! (1936) me supuso, un verano de hace ya más de cuarenta años, lo más parecido a una epifanía. Tanto es así que, durante su lectura, más asombrado que absorto, me repetía que si aquello se había contado y de aquella manera, merecía la pena empeñar la vida en emularlo. Y si algo lamentaba, era no poder embeberme, una página tras otra, en el slang de Misisipí, como también me sucedió posteriormente con su Mientras agonizo (1930) o su Desciende, Moisés (1942), de la que no fui capaz de absorber su tumefacto poso en tanto no descubrí, casi mediada la narración, que quien rememoraba era un mulato, desheredado vástago de una familia de estancieros sudistas, de aquellos de mirada inclemente, fusta presta y brioso alazán. Hecho capital que la pulcra traducción al español impedía percibir, cuando en la edición original norteamericana era evidente apenas alcanzada la primera coma.

En efecto; tanto por sus argumentos, tan remotos y tan vivos —no en balde, son, rueda que te rueda, los mismos de la Biblia, impresos indeleblemente en nuestras almas y en las de cuantos hombres hayan de sucedernos— como por su forma de relatar: a la manera de habladurías de taberna, romanceadas con esa desgana de quien cuenta algo ya sabido y que no merece mucho la pena volverse a revivir. Y no por otra razón —por esa manera de narrar, entonces tan nueva, y tan coloquial y añeja a la vez— soporta todavía, hasta en los EEUU, el sambenito de novelista enrevesado e incomprensible, como he comprobado con pasmo más de una vez al preguntar por él a sus paisanos. Sin embargo; este novelar, tan peculiar, se derramó sobre nuestras letras; sin ir más lejos, en la inconmensurable Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias, publicada ese mismo año de 1949, o en Carlos Fuentes, o en Juan Carlos Onetti, o en Vargas Llosa, por no hablar de García Márquez, y no solo por Macondo como trasposición bananera del algodonal Yoknapatawpha, sino por su temprana huella en La hojarasca (1955) o en La mala hora (1962), o ya de una forma tan admirable y socarrona como para tomar trazo propio en la siempre excepcional El otoño del patriarca (1975); esto allá, porque acá, se la presiente en Ignacio Aldecoa y en Martín Santos, y casi se la reconoce en Fauna (1968), de Vázquez-Azpiri, o en San Camilo, 1936 (1969), de Cela, o en Si te dicen que caí (1973), de Marsé, y en tantos otros títulos del momento y aun en los siguientes hasta hoy. Y, por supuesto, con la narrativa hispana también el resto se empapó de su salmodia descarnada, tanto es así, que no conozco mejor epígono suyo que António Lobo Antunes.

Un genuino relatar por retahílas memoriosas que van sonando a retumbos telúricos a medida que avanzan, y que no lo adquirió por una mirífica iluminación, sino tras el rechazo editorial de Banderas sobre el polvo (1927; de inmediato reformada para su publicación bajo el título de Sartoris [1929]), cuando con la mayor agrura en el gaznate comenzó a escribir según sentía y escuchaba entre sus paisanos del Dixieland, blancos, negros e indios —pero todos harapientos de espíritu e intención—, la intraducible —por más que se vendan por ahí aseadas traslaciones al español— El sonido y la furia (1929), sin importarle un carajo si alguna vez sería apta para imprimirse.

En cuanto al Nobel, tal fue su apatía hacia el galardón que ni se lo comentó a su familia mientras se marchaba de caza; es más, su hija Jill lo supo porque la llamó, todo azorado, el director de su colegio, al punto que acudió a recogerlo al año siguiente, y tras presiones de su editor Albert Erskine y del poderoso Departamento de Estado. Y en absoluto por un altisonante gesto de protesta; simplemente por su aversión por todo reconocimiento que no fuera la lectura de su obra y por su indiferencia a cuanto estuviese más allá de las lindes de su Oxford, en Misisipí.