Opinión

El Museo del Prado: el último paraíso cultural español

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 09 de diciembre de 2024

Resulta reconfortante la profunda lección del Museo del Prado, que viene después de las prisas, la histeria colectiva y el abuso constante del prójimo: ponen sus colecciones el sacrosanto entreacto de invierno al tráfago excesivo que nos fuerzan a vivir. Y cada vez que franqueamos la puerta de los Jerónimos, entramos en otra dimensión, como en una recepción inverno-otoñal a lo largo de esta vida cada vez más escalofriante, para desenredarnos de tanta estafa y salir al encuentro de la verdad del arte. Lo que hace su director, Miguel Falomir, resulta extraordinario, porque como él afirma, el Prado no es solo una pinacoteca, sino mucho más: “la casa común de la pintura y la escultura”. Es la hora en que el Prado se convierte en el gran teatro del mundo, la hora en que invita a repasar su extraordinaria colección de pinturas y esculturas; no en vano, en tiempos románticos se llamó Museo Nacional de Pintura y Escultura, con todo el repertorio de los grandes artistas que recorrieron Europa y América.

Hay como un juego de espejos en “Darse la mano. Escultura y color en el Siglo de Oro”, muestra comisariada y ordenada de forma ejemplar por el astorgano Manuel Arias Martínez, cuya tesis aborda la apasionante figura de Gaspar Becerra (1520-1568) en España, y que ha subtitulado precisamente “entre la pintura y la escultura”. Porque no somos nosotros los que miramos, sino que es el sayón, el yacente, el rey o la religiosa quien nos mira a nosotros con mirada piadosa, empática, comprensiva y profundamente humana. No solo acuden a la llamada de Arias las esculturas de Becerra, sino que en sus salas y pasillos cobran vida las alucinantes tallas de Alonso Berruguete, Gregorio Fernández, Damián Forment, Juan de Juni, Juan Martínez Montañés o la recuperada Luisa Roldán, llamada la Roldana –Los primeros pasos de Jesús resulta un trozo de vida familiar palpitante–, que nos interpelan y se mueven como mediadores entre lo humano y lo divino, intérpretes de lo inefable, tal es el caso de Santo Domingo de Guzmán tallado en madera policromada por Martínez Montañés entre 1605 y 1609 y que juraríamos que respira y mueve los hombros. Y conseguir esa alucinación es el gran regalo que nos hacen en esta muestra. Explica Arias que la policromía se unió para siempre al trabajo escultórico en madera, “sin que sea posible entender la una sin el otro, de manera que las virtudes de ambos se integraron en un espacio de confluencia armónica”.

Esto que estamos sintiendo y que Stendhal experimentó cuando visitó en 1817 la basílica de la Santa Cruz en Florencia se podría bautizar como “la llamada del Prado”, en la formación de cuyos fantasmas intervienen los grandes maestros de la pintura y la escultura, y con los que nos identificamos, inevitablemente: rostros transidos de dolor, sorpresa o risa, torsos retorcidos o cabezas inclinadas ante el misterio insondable de la divinidad, santos que se abrazan en una procesión de Córdoba según lo retrató Francesco Maffei, frailes que beben leche de una virgen esculpida en un retablo, como san Bernardo según la mirada de Alonso Cano, o crucifijos que se inclinan ante el beato que reza en una torsión imposible. “Las imágenes tridimensionales hablaban por sí mismas –escribe Arias en el formidable catálogo que acompaña a la muestra– porque su aparente realismo, que no era más que una calculada herramienta, movía con facilidad a la emoción”. Por ver estas imágenes recordatorias, se puede y se debe volver al Prado: tras sus puertas se defiende por un equipo excepcional de profesionales el hermético milagro de estas visiones, de estos personajes que pasaron al revés de la vida y nos ven hoy pasar a los vivos transeúntes, los mismos que algún día, tal vez, les demos al fin la mano también y nos refugiemos en el magma del arte como una máscara más.