Alicia Huerta | Miércoles 06 de febrero de 2008
No nos engañemos, a veces sí que es cuestión de unos pocos centímetros más o menos. Estoy hablando, claro, de los bolardos, esos postes de hierro hincados en el suelo con el objetivo de evitar que los coches aparquen en el espacio reservado a las aceras. Su finalidad es más que justa. La pregunta es la de por qué en muchas calles de Madrid tienen que medir cincuenta centímetros precisamente, una medida que ya no lo es tanto. Es peligrosa. Para quienes caminan con prisas, pensando en sus cosas, y se destrozan, por ejemplo, la rodilla contra uno de esos pequeños engendros. Y qué decir de los conductores que se ven obligados a circular por las estrechas calles del centro, adivinando dónde se encuentran los dichosos bolardos, imposibles de divisar desde el vehículo. Si encima, uno se encuentra con un camión descargando o una calle cortada, el pan nuestro de cada día, y toca maniobrar, hay que olvidarse de los espejos retrovisores. O tienes la bendita suerte de que pase por allí un amable viandante que te haga indicaciones o te llevas la marca del bolardo en cuestión, grabada a fuego en la carrocería.
En otras ciudades europeas también hay bolardos. En Londres incluso te advierten "Mind the bollard" ("Cuidado con el bolardo"), a pesar de que su altura no es traicionera como aquí, y en París, los hay que miden hasta 1.20. ¡Como para no verlos! Pero no hay que marcharse tan lejos, en algunos barrios de la capital y en pueblos limítrofes, los hay que miden ochenta, unos pocos centímetros más, los suficientes para hacerme pensar que allí sí tienen el único cometido de evitar la invasión de las aceras, sin innecesaria carga de mala leche.
En el colmo de la maldad, aunque su finalidad también sea buena, llegaron los bolardos hidráulicos que se accionan, supuestamente, con tarjetas magnéticas, pero que en la realidad, muchas veces suben y bajan sin previo aviso. Ya he tenido ocasión de ver un coche, una moto y hasta una turista japonesa lanzados hacia el cielo de Madrid como si fueran extraños proyectiles. Y por si fuera poco, los puñeteros son tremendamente silenciosos. Ahora que son ya muchos los semáforos que esconden dentro pajaritos, para avisar a las personas invidentes y a algún que otro despistado, del momento adecuado para cruzar, no entiendo que a ningún "responsable" no se le haya pasado por la cabeza el peligro que pueden representar para muchas personas.
La pasada semana falleció otro futbolista por muerte súbita, escuché en los informativos a su entrenador relatando cómo unos bolardos en la acera habían impedido que la ambulancia entrara hasta el campo para auxiliar al enfermo. Y ya me iba yo a poner a largar más lindezas en contra de los dichosos palotes de hierro, cuando enseguida me he dado cuenta de que estaba cayendo en una tentación demagógica que me espanta. Seamos realistas, es más que probable que a falta de bolardos, la acera habría estado invadida por vehículos, impidiendo igualmente el acceso.
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