Opinión

Noches del Pandora

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 15 de diciembre de 2024

Algunos lugares acaban siendo, por insospechadas circunstancias, altos en el camino a los que solemos regresar, debido sencillamente a que parecen adecuados para nosotros, cosa harto difícil aunque parezca lo contrario habiendo tanta abundancia y oferta en una ciudad como Madrid. Se llega un día sin expectativas o prisas de acabarse lo único que se vaya a pedir para después marcharse sin permitir que nada consiga llamar nuestra atención, y de repente nos vemos en la tercera ronda, la cuarta, cómodos, despreocupados de lo que sucede en el interior o el exterior, con el entretenimiento del acto que pueda estar celebrándose, de la fuerte cháchara en otras mesas o la cera que va perfilando estalagmitas del gotear de las velas sobre las botellas y soportes, sobre la madera desportillada de los muebles en según qué tramos, tapada con carteles, aguantando la estética del sitio.

Es su fuerte. La primera vez de las recientes acudidas fue lo que se llevó todo el interés inicial. Su color púrpura apagado, las máquinas de escribir, las botellas vacías, las sillas de diferente árbol o aleación de plástico, los desconches discretamente ocultados, percibidos porque el lugar quiere que los veas, la estantería al fondo repleta de libros de dudoso interés pero igualmente conscientes y agradecidos de que el protagonismo recaiga en ellos. El bar, que parece aspirar a un estatus de almoneda chic por la cantidad de trastos y láminas y placas que pueblan sus paredes —las de anuncios de mirindas, películas o Puerto Sherry—, gana por no tener una fijación vanidosa: es el que es, doblando su encanto por lo acogedor que resulta o quizá sea el embeleso de las luces bajas.

Ricardo, uno de los dos camareros, minutos después de la apertura, va por todo el local encendiendo las velas, de un rojo bermellón que remite tanto a un cumpleaños de infancia como a la decoración acorde a una tirada de cartas o la preparación de una chambre para que el libertino de turno entre y demuestre sus artes. Como muchas de las personas que trabajan detrás de una barra de bar, como el caso de prácticamente todos los que están allí, son de formación o inquietud laboral bien diferente. Él es ilustrador y tiene un libro publicado. Mantiene un estado de calma chicha que se da la mano con sus bromas delicadamente cínicas, en el caso de hacerlas y decirlas en confianza, no queriendo importunar. Es divertido observar sus miradas furtivas al público de los actos que allí se celebran. Uno en particular reunió a lo que parecía ser un club de lectura o experiencias relacionadas que compartían en orden su no sé qué, íntegramente en inglés, cerrando cada interacción con unos generosos aplausos. Me adelanté a Ricardo con la broma, preguntándole si al final acabarían rezando o inmolándose. Él me respondió que lo que realmente se preguntaba es si los integrantes tenían sexo entre sí. Cierto.

La música, que va entre las conversaciones como la neblina por los ríos, suele estar a cargo de Mateo, el otro camarero con el que uno puede tener la suerte de coincidir. En el caso de su formación e inquietud laborales sostenidas económicamente por el Pandora, es actor. Hacia el final de una de sus jornadas, se acercó al portátil y cambió una lista de reproducción del grupo The Neighbourhood por otra de jazz. Se giró y me comentó, con su pícara media sonrisa, que así la gente se iba antes, que cuando se pone jazz es para que vayan pagando y ahuecando el ala, que es tarde, señores, y uno quiere meterse en la cama para ver un capítulo de serie tras otro. Con lo que posiblemente Mateo no contaba es que, ya más de la mitad de la sala despejada y las parejas o grupos de amigos resistiendo al final de sus vasos y el lagrimeo de las velas que iban haciendo clavelinas con los charcos de cera, sonase una canción más que adecuada para la estampa. Waiter, Make Mine Blues, de Anita O’Day. Su estribillo dice: ‘Tengamos una canción, que suene fuerte,/ cuanto más fuerte, mejor, que ahogue a la multitud./ Oh, aquí está mi pedido:/ Camarero, que sea un blues’. Nadie pareció inmutarse por el mensaje subliminal, siquiera por apreciar la seducción de su melodía y la voz de O’Day, descubierta por uno hace pocos años en una emisión vespertina de la radio. Cada cual a lo suyo, claro. Cerraron a su hora.

En las dos últimas visitas, el horario invernal, por lo forzoso de su andadura, tuvo a bien compensar con unos atardeceres que obligaban a la detención de todo lo que en ese momento se estuviera haciendo para que uno repasase las fachadas de los edificios y los de la iglesia y el seminario, hacia su derecha, o en cambio el parque y el viaducto y la catedral —a la que le falta todavía un siglo o más para ir considerándola bonita— hacia su izquierda, mientras las faldas del barrio y la Casa de Campo se iban ennegreciendo. Desde los ventanales del Pandora, las ramas de los árboles como bosquejos en un cuaderno donde el dibujante ya ha ensayado otros colores, otras mixturas. Los niños afuera gritando y jugando.