Cultura

Juan José Porto: “El cine me ha deparado la gran satisfacción de hacer lo que me gusta, como el periodismo”

Juan José Porto, durante la presente entrevista.

ENTREVISTA

Javier Mateo Hidalgo | Martes 17 de diciembre de 2024

Hablar de la historia viva del periodismo y de las ficciones literarias y cinematográficas en España es hablar de Juan José Porto (Granada, 1945). Su labor acumula una lista de premios apabullante, de los que cabe mencionar los siguientes: el otorgado por el Círculo de Escritores Cinematográficos a la Mejor Labor Periodística (1971), el de Mejor nuevo director del año (1979) por su primer film como director El último guateque (1978), el Premio Nacional de Periodismo “Mariano José de Larra” (1982), el “Luis Buñuel”, otorgado a los nuevos valores de la década —“ex a quo” con José Luis Garci— (1983) o el Premio Nacional de Novela “Benito Pérez Galdós” por la novela La víbora (1991).

Una carrera meteórica que se inicia en la Universidad de Granada, donde cursa Sociales y Ciencias Químicas. Pronto, la vocación como creador llama a su puerta, lo que le lleva a trasladarse a Madrid para estudiar Periodismo y Cinematografía —llegando a ser, en la primera, número uno de su promoción, e incorporándose a la redacción de la agencia Pyresa—. En 1969 fue presidente del Círculo de Escritores Cinematográficos de España y en 1972 dirigió su primer diario. Luego llegarían 13 periódicos más. También dirigió su propia Agencia Nacional de Prensa.

Como escritor, destacan ensayos como los tres dedicados a Luis Buñuel —Buñuel: el espíritu de la libertad (Caballoloco, 1999), Luis Buñuel: el irresistible encanto de la individualidad (Togapor, 2009) y Buñuel insólito (Berenice, 2011)— o el que tiene como protagonista a su amigo Jacinto Molina y al género que éste cultivó como actor, director y guionista —Cine de terror y Paul Naschy (Editorial Madrid, 1974)—; también los ensayos Estar en ningún sitio —libro de crónicas (Togapor, 1991)—, Síntesis histórica de un cierto cine español: De la Prehistoria alucinante a la incierta edad moderna, 1896-1973 (Togapor, 1997) y la biografía El huésped de las tinieblas. Bécquer: un hombre y su destino (2020); así también la novela La víbora (1991).

Fotograma de La cruz del diablo (John Gilling, 1975).

En el mundo del cine ha sido autor de historias que transitan diversos géneros, desde la comedia al drama, el misterio o el terror. Como guionista, Jenaro, el de los catorce (Mariano Ozores, 1974), Todos los gritos del silencio (Ramón Barco, 1975), La cruz del diablo (John Gilling, 1975), El transexual (José Jara, 1977), El francotirador (Carlos Puerto, 1977) o Trauma (León Klimovsky, 1978). Así mismo, fue productor de la recientemente recuperada El huerto del francés (Paul Naschy, 1978). Como director es autor de 14 títulos, destacando El último guateque (1978) —y su secuela, El último guateque II (1988)—, El curso que amamos a Kim Novak (1980), Regresó del más allá (1982), La hermana (1997) o El florido pensil (2002). Actualmente se encuentra preparando una serie para televisión inspirada en la figura de nuestro Gustavo Adolfo Bécquer.

Para hablar de todas estas cosas nos hemos citado con él una de estas tardes de diciembre, acompañados por el amigo común y también escritor Amador García Carrasco.

Pregunta: A lo largo de tu trayectoria como escritor y cineasta has recibido multitud de premios. Todos ellos han debido suponer una gran satisfacción personal.

Respuesta: Así es, porque otra cosa sería difícil. ¿Sabes para qué sirven los premios? Para colgarlos en la pared (risas).

Pregunta: De tu extensa etapa como periodista, ¿a quién destacarías como referente?

Respuesta: En Pueblo estaba el más grande, después de Larra, que era don Emilio Romero Gómez. Fue mi maestro y después mi amigo y protector, pero era muy celoso. Te cuento una anécdota: estábamos comiendo en Lucio con el escultor Juan de Ábalos —autor de las monumentales figuras del Valle de los Caídos— y el argentino Hugo Ferrer —periodista de cámara de Romero, muy famoso y que llevaba también la RCA—. El caso es que estábamos tratando de un asunto trascendental, y cuando fui a intervenir, Romero dijo: “¡A Porto no le dejéis hablar que os acaba convenciendo!” Le dio un ataque de celos. Era famoso en el mundo periodístico. Todo el mundo —de derechas, de izquierdas— que trabajó a su lado hablaba bien de él. Le acusaron de proteger a la izquierda y de que su periódico era un medio sindical —300.000 ejemplares tiraba en aquella época— y él contestaba: “Mire usted —eso lo aprendí de él y lo tengo grabado—, el único dueño del periódico es el lector, y al lector hay que procurar darle la verdad. Como la verdad absoluta no la tenemos ninguno, tengo a personas trabajando en mi periódico de distinto signo”. Fue precursor de los más importantes periodistas que vinieron después: Francisco Umbral, Pilar Narvión, o Raúl del Pozo. A Cebrián le hizo Redactor Jefe.

Pregunta: Lo más sorprendente es que con sólo doce años fundaste tu primer periódico.

Respuesta: Se llamaba La Gaceta Figuereña y tenía hasta “Ecos de sociedad”. Lanzaba veinte o treinta ejemplares nada más, solo para los vecinos. Después dirigí una revista que se llamaba Baluarte.

Juan José Porto, dirigiendo.
Pregunta: ¿Y cómo fue tu paso del periodismo al cine?

Respuesta: En realidad seguí con las dos cosas a la vez. Mi padre no entendía que me gustasen las letras y hubiese cursado, como primeros estudios, Ciencias Químicas. No obstante, a él no le gustaba que quisiera hacer periodismo o cine. Me dio la puntilla cuando se prestó a acompañarme al examen de ingreso. Yo estaba ya trabajando en un periódico y todo. Me dijo: “Te voy a recomendar”. Tenía contactos que llegaban hasta el Subdirector General de Prensa, Pepe Molina Plazas. Cuál fue mi sorpresa tras realizar el examen y enterarme de que me habían suspendido. Después, al encontrarme en la Delegación Nacional de Prensa, donde nos reunía Romero para darnos “la teórica”, como él decía, me encuentro con Molina Plazas, al que teóricamente me había recomendado mi padre y me había suspendido. Pepe me dio un abrazo y hablamos de esto, como era natural. Y me dice: “Hay que ver, te presentas como un caso insólito en mi carrera. ¡Con lo viejo que ya estoy! Eres la única persona que me han recomendado para que la suspendiera”. El capullo de mi padre, que en paz descanse, pidió que me suspendieran el examen. Recuerdo que Pepe me dijo: “A un amigo cómo le voy a negar ese favor…” La relación con el cine viene de ser director del Cineclub Universitario, cuando se me ocurrió que había que predicar con el ejemplo. Hacíamos cortos. Mi primera película se llamaba El regreso y la rodamos en Super 8 con sonido referencial —luego había que doblarla—. En mis vacaciones como periodista siempre hacía una película.

Pregunta: Tu primera incursión en la industria fílmica fue como guionista.

Respuesta:

Cartel promocional de Jenaro, el de los 14 (Mariano Ozores, 1973).
Fue en los estudios Roma, que eran de un señor que se llamaba Juan Botas —que tenía también Filmayer—. Allí trabajaba quien sería mi amigo del alma, Juan José Daza. El hombre más fuerte de la empresa era el guionista Vicente Coello, quien desembarcó en Madrid y cofundó con José Ángel Ezcurra la revista Triunfo. Coello nos propone colaborar en una película que producía Estudios Roma –Botas, en definitiva, que era del Opus Dei y marino mercante, además de muy cursi—. A Coello le firma un contrato en exclusiva —que no se hacía desde los tiempos de Cesáreo González, a quien yo llamaba “Don Necesario”—. A raíz de ello, Coello nos reunió en su casa en la calle Princesa a fin de pensar en un argumento para la película. A mí se me ocurrió una historia para que interpretara Alfredo Landa, la de Gabino “el de las quinielas”: trataba de un cateto de pueblo que acertaba una quiniela de catorce resultados y, como consecuencia, las pasaba canutas. A Coello y a Daza les gustó y escribimos Jenaro, el de los 14, que fue bien. Entonces me quise independizar un poco. De Coello aprendí mucho. Por entonces ya me podía Bécquer y escribí un guion sobre él. Se trataba de una versión muy libre de La cruz del diablo. Yo la había escrito para Catherine Deneuve y Omar Sharif como protagonistas, pensando también en Peter Cushing y Donald Pleasence. La producía Cinema International Corporation, que transformó el proyecto. Esta productora tenía un delegado en España que era cubano. Cañizares se llamaba. Nos dijo que esos actores no eran vendibles en Sudamérica, por lo que tenían que ser españoles. Propuso de protagonista a Carmen Sevilla, de galán a Ramiro Oliveros y de secundario a Adolfo Marsillach. Tuve que cambiar el guion. La protagonista, que iba a ser inglesa, acabó llamándose María, siendo una inmigrante española en Inglaterra. El director era John Gilling, director del cine de terror y borracho irremediable —fue elección mía, que conste—. Llegaba al rodaje ebrio y hablando en castellano preguntaba: “¿Y cómo hago esto?” Me daba lástima porque era un tío que sabía mucho de cine. Guionista y ayudante de dirección de Hitchcock. ¡Yo lo traje por eso! Al final conseguimos hacer la película y quedó bien. Es una buena película. Otra curiosidad como guionista fue La miliciana, que censuraron de principio a fin por su contenido político.

Pregunta: Para entonces ya habías conocido a Jacinto Molina, figura bien relevante en tus inicios cinematográficos.

Respuesta: Creo que fue antes de este guion sobre Bécquer que te comentaba cuando conocí al hombre lobo del cine español, Paul Naschy. “El lobo” había trabajado de extra, gracias a su hermana, en producciones de Samuel Bronston como Rey de reyes. Eguiluz hizo con Naschy La marca del hombre lobo. Un día, apareció en Pyresa, donde yo trabajaba con Wenceslao Pérez Gómez, un locutor de radio amigo mío. Él me dijo: “Paul tenía que conocerte”. Yo entonces pregunté: “¿Cómo que Paul? ¿Tú te llamas Paul?”. Y él me dijo: “Sí, Paul Naschy”. Y yo le repliqué: “No, pero tu nombre de verdad. Qué coño Paul Naschy…” Me hice amigo de él enseguida. Su mujer, Elvira, era encantadora. Iba mucho a casa de “lobo” en Alberto Aguilera, donde escribimos un guion que se desarrollaba en París. Se propuso para dirigirla a Ramón Barco, que había dirigido una película muy curiosa, Mecanismo interior. Era un cubano que venía de Nueva York. Cuando fui al rodaje, al ver las escenas, me decía a mí mismo: “Pero si esto yo no lo he escrito. ¿Este hombre qué está dirigiendo? José María Prada llorándole a la Mahor y diciéndole que es su esclavo… ¿Pero qué narices es esto, si yo había hecho un policial?” La película era Todos los gritos del silencio y es la peor película de la historia del cine mundial. Fíjate qué pasó: llegamos a la frontera con Francia en tren —porque a mí me daba miedo el avión—. Íbamos con Rosa Valenty y en París estaba Blanca Estrada. Era un reparto de lujo: Máximo Valverde en todo su esplendor… Y al llegar a la frontera, viene el jefe de producción que se llamaba Parrondo, y nos dice que el director no podía pasar por ser apátrida. Lobo se empeñó en dirigirla y así fue. Resulta que el jefe de producción no sabía hablar francés… ¡con la de permisos que había que pedir para rodar! Pues nos enteramos allí. Fue un desmadre absoluto. El director de fotografía era Emilio Foriscot, un operador muy bueno, que tenía un ayudante que decía que su novia era un extraterrestre. En serio, totalmente. Y había trabajado con Saura y todo, no te creas que era un mindundi... Lo único que se salvó fue el final, cuando el protagonista que investigaba el crímen de su novia tira la pistola al agua. Para realizar esta escena, el ayudante estaba encuadrando y preguntó al operador: “¿Qué tengo que sacar, el agua?” Y éste le contestó: “No, la leche, coño”. ¡Tenía que sacar la pistola entrando en el agua! Yo no había visto una cosa igual, aunque reconozco que me lo pasé muy bien por la compañía femenina. Pero la película era malísima.

Pregunta: Y de escribir pasaste finalmente dirigir. ¿Cómo fue la génesis de El último guateque, tu ópera prima?

Respuesta:

Cartel promocional de El último guateque (Juan José Porto, 1978)
Después de hacer La cruz del diablo, me fui animando y seguí escribiendo guiones hasta realizar el de El último guateque. Buscábamos venderlo, habíamos hecho ya diez películas y este proyecto seguía metido en un cajón. En una reunión en la que estaban mis tres socios, el tercero dijo: “¡Pero coño, vamos a hacer ésta!” La quiso hacer Summers, pero Torrijos dijo que no. En la reunión, se levantó Enrique y dijo: “Nos quedamos con el cincuenta por ciento de la producción, siempre y cuando la dirijas tú”. Entonces me excusé: “Yo no puedo, tengo muchas cosas…” En el fondo estaba loco por decir que sí, pero me daba miedo. La película ganó un dineral. Con ella, nace la comedia nostálgica como género cinematográfico en España. Lo dice Jaime Gonzalo en su crítica. También en su momento habló Ángel Fernández Santos de ella. Fue un éxito sensacional, también porque estuvo muy bien promocionada, incluso en autobuses. A mí me hizo mucha ilusión una crítica del Diario 16 que decía: “El chico de El último guateque se ha hecho mayor en el cine”. Quise en su secuela repetir con los mismos actores, mostrando ese paso del tiempo. A mí el cine me ha deparado la gran satisfacción de hacer lo que me gusta, como el periodismo. Estar entre esos mundos. Una vez le dije a un periodista: “Cuando estoy haciendo una película me gustaría estar en el periódico y cuando estoy en el periódico me gustaría hacer una película”. De uno de los actores de El último guateque, Miguel Ayones, siempre recordaré su sentido del humor. Una vez dijo: “Voy a hacer otra película de Juan José Porto”. Con el que estaba le preguntó: “Ah, ¿dirigida por él?” Y le contestó: “No, voy a hacer de él”. Al ser un film de tipo autobiográfico, Miguel comentaba eso. Si en realidad yo hiciera historias verdaderamente autobiográficas, mi vida sería un escándalo (risas). Es mi mundo, mi gente, mi época. Las de terror me gustan más porque no tengo que retratarme. Y eso que a mí me pasa como a Hitchcock, que soy muy miedoso. Sobre todo con lo sobrenatural… ¡morir de miedo, como el título de mi película! Morir de miedo la escribí con Carlos Puerto, que también dirigía. Ahora han venido a hacerme una entrevista para incluirla como material extra del film en Blu-Ray. ¡La han remasterizado fotograma a fotograma! Esa y Regreso del más allá, con Ana Obregón. Recuerdo que la rodamos en Nívar. Para filmar una secuencia, Ana se empeñó en tirarse a una piscina a las tres de la mañana en pleno invierno. “Yo soy una profesional”, decía. Le dio un patatús y tuvo que venir un médico y todo. Ambas películas me gustan mucho, las malas no me gustan nada. Por ejemplo, Trauma era malísima. Hay que decirlo, y no me importa que lo pongas. ¡Faltaría más que te censurase, con lo que me he peleado yo con la censura! La dirigió el gran León Klimovsky. Klimovsky no tenía más defecto que hacer todo lo que le echaban. Su mujer era una magnífica escritora.

Pregunta: Después llegaría

Cartel promocional de El curso en que amamos a Kim Novak (Juan José Porto, 1980).
El curso en que amamos a Kim Novak, que consideras como tu mejor película.

Respuesta: Es una obra maestra. Eso lo digo yo. Mi ayudante me desafió diciéndome que para rodar una de las secuencias iba a necesitar tres o cuatro días. Le contesté que la filmaba en un día y lo cumplí, quedó maravillosa. Incluso el gag de Antonio Gamero disfrazado de Groucho Marx. Tuvo muy buena acogida de la crítica, incluso Pascual Cebollada la puso muy bien —cosa extraña en él, que era muy exigente con la moral en esa época—. Y descubrí a Cecilia Roth y a Kiti Manver —que tenía un hermano que pintaba muy bien—. El operador Miguel Fernández Mila logró sacar la luz dorada de Salamanca. Después hice la película con la que más me divertí: Crónicas del bromuro. Yo estudié en un colegio de curas y tenía que tomarme alguna venganza, y lo conseguí con el “negro” que hace Carlos Lucas, que te meas de risa con él. En el rodaje se reían más. Mi ayudante de dirección era Andrés Vich, un cachondo mental y gastaba bromas a los integrantes del equipo. Lucas le preguntaba: “Señor Vich, ¿puedo ir a orinar?” a lo que le contestaba: “¿Otra vez? ¿Tiene usted cistitis?” Habían puesto un teléfono de atrezzo en un pasillo y Vich decía: “¡Lucas! ¡Le llaman por teléfono!” El otro salía corriendo, cogía el teléfono y decía: “¿Diga? ¡Ay, han colgado!”, a lo que Vich respondía: “¡Claro, como usted está siempre meando…!” Y con Gamero, que era un comunista de pura cepa. En la secuencia más cara de la película, aparece un plano muy bonito en que la tuna va pasando al fondo, ante la casa en que vivió Unamuno. Tardaron toda la tarde en preparar la iluminación de ese plano tan complicado. Y cuando por fin íbamos a rodar, dice Gamero: ”Son las doce, mi turno ha acabado”. Era el capitán de la tuna y va y se quita la capa. Yo le dije: “¡Serás cabrón! ¡Esto no puede ser! ¿Tú sabes lo que cuesta esto? ¡Es un día entero, una jornada que tenemos que repetir!” Para vengarme, reescribí una escena que Gamero no se leyó porque era muy confiado. El presidente de Comisiones Obreras, por aquel entonces, se llamaba Fidel Gutiérrez. Total, que le puse delante la frase nueva a Gamero y él sin pensárselo la lee y dice: “Soy Fidel Gutiérrez, de Salamanca”. y digo “Corten”. Y Gamero me dice: “¡Pero hijo puta, que Fidel es mi jefe!”, a lo que le contesté: “Ahora te jodes. Estaba en el guion. Haberlo leído antes.” La película me dio una satisfacción personal: estrenar en el Callao. Tuvo un éxito enorme, pero al mes y pico me dijeron que la tenían que sacar porque iban a proyectar El expreso de medianoche, a la que —imaginarás— le tengo una manía enorme. Luego hice Un cierto ángel, porque su protagonista tenía precisamente ese encanto. La protagonizaron Virginia Mataix, Pedro del Corral y Miguel Arribas, que salía en todas mis películas y está genial. El título lo cambiaron por otro que no tenía nada que ver, ni en forma ni en contenido: Las trampas del matrimonio. Era una película romanticona de verdad, escrita por Corín Tellado, que era yo (risas). Preciosa, muy buena. Luego vino El guateque II y Dos hombres y una mujer, con uno de los hombres a los que más he querido: Vicente Parra. El otro era Arturo Fernández. A Parra se la debía, él siempre buscaba una colaboración. Le dije: “Pues ahora vas a hacer de protagonista, y tu rival de juventud va a ser Arturo Fernández”.

Pregunta: Después llega

Cartel promocional de La hermana (Juan José Porto, 1997).
La hermana, donde participa como actor Fernando Fernán-Gómez.

Respuesta: Es una película fallida, muy mal lanzada. Había que estrenarla decentemente y se hizo en los cines Acteón y sin publicidad. El productor me decía: “Esa película no necesita publicidad. Está Fernán-Gómez, Silvia Tortosa…” Y yo le replicaba: “Hoy en día no venden los actores, sino la película”. Cuando hice El último guateque, hizo más de doscientos cincuenta millones de pesetas en su momento, y no tenía reparto de verdad. Sólo Cristina Galbó. El resto eran Miguel Arribas o Miguel Ayones. Fernando Fernán-Gómez era conmigo encantador. Su pareja, Emma Cohen, había hecho conmigo La cruz del diablo. Fernando era un actor de absolutos recursos, tenía una cara para cada momento. Había una secuencia con Cisneros, que era un actor excelente. Hacía de don Julián, que está inspirado en un maestro de mi padre, que le mimaba y daba buenos consejos. En un momento dado de la película, le regañaba cariñosísimamente. Cisneros le decía: “Creo que me he perdido a mí mismo”. Y el personaje de Fernán-Gómez le respondía: “¡Eso jamás!” Éste, cuando terminó de hacer la escena, vino hacia mí y me preguntó: “¿Bien?” Y yo le respondí: “Cojonudo, pero todo lo contrario. Lo has hecho dramático y es tierno”. Entonces me dijo: “Vale, vale”. Se volvió a preparar y dijo: “Cuando quieras”. Lo volvimos a grabar y lo clavó. Me decía: “Yo trabajo contigo aunque sea pagando”. Era un anarquista vocacional y un gran burgués. Una comida en casa de Fernando era un auto sacramental. ¡Con mayordomo y todo!

Pregunta: Si tu película más vista ha sidoEl último guateque, la segunda más vista y conocida ha sido, sin duda, El florido pensil. Háblanos un poco de ella.

Cartel promocional de El florido pensil (Juan José Porto, 2002).
Respuesta: Rodándola perdí 12 kilos. Tú imagínate: grabando en el castillo de Sigüenza, en pleno invierno, con siete niños, siete madres y siete tutores. Uno de los niños era David Sánchez del Rey, quien interpretó en el cine a Manolito Gafotas y que se me enganchaba a las piernas y me preguntaba: “¿Lo he hecho bien, Juanjo? ¿Lo he hecho bien?” Y yo le decía: “Que sí, hijo mío, pero quítate de en medio ya!” Tuve que pedir que pusieran una barrera para que las madres no pasaran donde estábamos rodando. Me decían cosas del tipo: “Pues a mi hijo no le ha hecho usted ese plano”. Y yo les respondía: “Pero señora, ¿cómo sabe el plano que yo he hecho? No lo sé yo, lo sabe ese señor y no le va a decir nada”. Ahora, los productores se portaron muy bien —era Walt Disney—. Me inventé el personaje totalmente. El autor de la obra, Andrés Sopeña, era amigo mío, y su libro era un ensayo de varias cosas. Para crear el guion estuve tres meses yendo a su casa. Él era cinéfilo pero no entendía el lenguaje cinematográfico. Para sacar adelante el proyecto, era fundamental dar un ritmo a la historia e inventar un grupo de personajes.

Pregunta: Si algo te representa es tu inquietud. Actualmente, te encuentras preparando una serie sobre Bécquer.

Respuesta: ¡Y con dos colonoscopias y una ablación! Voy a titularla igual que la película que Antonio del Amo hizo de Bécquer en 1948: El huésped de las tinieblas. En esa película fallaba todo… Carlos Muñoz haciendo de Bécquer… ¡si es que no podía ser! Y además era un galán enano, aunque un gran galán. El título original que iba a ponerle a la serie era Los Bécquer: dos hombres y un destino, pero me recordaba un poco al título de la película de Paul Newman y Robert Redford y por eso lo cambié. Me gustaba mucho el primer título por el protagonismo que tuvo Valeriano en la vida de Gustavo, era todo para él. En un principio iba a firmarla con la televisión andaluza. Parece ser que el guion gustó mucho. Cuando veo en el contrato que se rueda en Betacam me negué. Después el guión se presentó en Madrid, por casualidad intervino la presidenta de la Comunidad de Madrid y le encantó. Se iba incluso a acuñar una moneda simbólica con la efigie de Bécquer y a montar algo en la última casa del poeta en Madrid —la que le prestó el Marqués de Salamanca—. Todo iba viento en popa, cuando Garci hizo Sangre de Mayo y le otorgaron diecisiete millones de euros. Luego la presidenta se marchó del cargo y todo se fue al traste. Ahora el proyecto ha resurgido por cabezonería mía. Hablé con Televisa —la casa que mejor me ha pagado, les vendí un guion de terror que se llamaba El tren y me pagaron una burrada—. Ya no estaba Moctezuma, que era el director general. Al final les parecía muy cara, pero que si había coproductor español dirían que sí. Yo no quería coproductor español porque iban a cambiar el formato y el guion estaba escrito para que fueran cinco capítulos. Son cinco leyendas con la vida de Bécquer. De hecho está escrita para que cada capítulo dure una hora menos diez. Tienes que añadir a partir del segundo capítulo el resumen del anterior y el anticipo del siguiente. Se va a quedar con las ganas de participar en la serie Fernando Fernán-Gómez. Cuando empecé con el proyecto, me decía: “Si no me das el papel de Maese Pérez, no te hablo más en la vida”. Era muy divertido. En mi historia cuento cómo Bécquer tuvo un único amor en su vida, haciendo que todas las mujeres que conocía se le parecieran a ella. Por eso, la actriz que haga de ella tendrá la difícil tarea de hacer varios papeles. Además de mi biografía sobre Bécquer, El huésped de las tinieblas, también escribí La víbora, novela que fue Premio Nacional de Novela “Benito Pérez Galdós” en 1991. A Telecinco le gustó mucho y me dijo que se podía hacer una buena serie de televisión; por ello, me puso como condición realizar un capítulo cada tres días y, claro, la cosa no terminó bien. Eso sí, llegué a dirigir dos de los capítulos.

Pregunta: Entre las personalidades a quienes conociste destacan dos cineastas míticos: el francés de la nouvelle vague François Truffaut y nuestro Luis Buñuel. ¿Qué puedes contarnos de ellos?

Respuesta: Respecto al primero, te diré que mi cine se parecía un poco al de él. Era mi predilecto. Recuerdo el titular de un periódico que decía: “Porto desencajona el toro de la nouvelle vague en Granada”. Estaba de moda esta corriente cinematográfica, con Godard, Agnès Varda… Encontré a Truffaut al cabo de los años en Toledo, donde Catherine Deneuve estaba rodando Tristana de Buñuel —el segundo por el que me preguntas—. Le pregunté qué hacía allí y él me contestó en castellano: “He venido porque el maestro quiere que le traiga cigarrillos”. Qué nobleza había en esa respuesta. Le conocí en el club de Claude Lelouch en París y me caía muy bien. De las anécdotas con Buñuel te puedo contar tres libros (risas). La primera es fundamental. Cuando llevaba la cosa del cine de forma oficial, en los folios blancos para uso que teníamos de la Prensa del Movimiento estaba, en la parte de arriba, el “cangrejo” —el yugo y las flechas, quiero decir—. Yo utilicé una de esas cuartillas para escribir a Buñuel, desde mi inocencia, candor o estupidez, algo así: “Querido maestro: me encantaría saludarlo a usted mientras está en Madrid”. Él tenía un apartamento en la Torre de Madrid de Plaza de España. Cuando se lo conté a mis conocidos, se burlaban de mí: “Que te va a contestar siquiera… en cuanto vea el cangrejo ya verás…” Todo el mundo pensaba que Buñuel era un rojo militante, agresivo. Pero me llegó vuelta de correo con una carta —que conservo— que decía así: “Estimado amigo: le recibiré con mucho gusto en mi apartamento de la Torre. Siempre que sea para no publicar. A mediodía”. Entonces fui a su apartamento, pero llegué tarde. Me abre la puerta el viejo muy serio, pues era un maniaco de la puntualidad, y me dijo: “Me parece que llega usted un poco tarde, ¿no?” Yo contesté: “¿Ah sí? ¿Pero cuándo me citó usted?” Él entonces me pregunta: “¿Qué hora es?” Yo contesto: “Pues la una menos veinte. Usted me citó al mediodía, de doce a una”. Y me respondió: “Vaya joven, tiene usted razón. Pase, pase”. ¡Me salvé por los pelos! Luego, a través de los hermanos Rabal —Paco y Damián— me hice amigo de él. Otra anécdota es que, como oía mal, se ponía frente al espejo, se quitaba el sonotone y decía: “Luis, Luis… cada día estás más sordo”. Cuando le dieron el León de Venecia por Belle de jour, recibió un ramo de flores excepcional. Él no se creía que fuese el destinatario de tal regalo: “¡Imposible! ¡Que se lo lleven, que se lo lleven, que eso no es para mí!” En la habitación estaban su hermana Conchita, que estaba loca —era con la que él viajaba, no con la mujer, Jeanne— y Damián, que le llamaba cariñosamente “tío”. Éste le dijo: “Por lo menos mire usted de quién es, tío”. Entonces le dijo que lo mirara mejor él. En la nota ponía: “Al maestro Luis Buñuel de esta niña que lo adora. Romy Schneider”. Damián entonces le dijo: “¡Habrá recorrido media Europa para saber dónde estaba usted”. Y Buñuel gritó: “¡Ahora pensarán que soy maricón, con flores!” En Cannes, tuvo otra genialidad, cuando los de Cahiers empezaron a darle leña llamándole “pactiste”. Y él les contestó: “Díganme con quién he pactado. Se pacta por sexo, por alcohol… ¡y yo soy abstemio e impotente!” Uno de los libros que le dediqué se agotó completamente porque compró todos los ejemplares el Ministerio de Cultura para distribuirlo en sus festivales. Estaba de director general uno que había sido crítico de Film Ideal y le vino muy bien. Espero no haberme enrollado mucho en esta entrevista, que me acabo yendo por las ramas. Siempre hay que seguir por la senda constitucional, como dijo el hijo de puta de Fernando VII (risas).

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