Opinión

La tiranía de la mediocridad

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Martes 17 de diciembre de 2024

Mediocres, mediocres. En mi realidad, y supongo que en la suya también, la facilidad parece virtud, y el mérito, una carga incómoda. Los escaparates de la vida moderna están llenos de imágenes de éxito que muchas veces no nacen del esfuerzo, sino del privilegio: coches nuevos comprados por padres adinerados, puestos de trabajo alcanzados sin mérito aparente y una valoración desmedida de lo estético sobre lo ético. La distinción del esfuerzo en estos tiempos puede entenderse como una reinterpretación de la virtud en un mundo marcado por la inmediatez, la hiperconectividad y el orgullo de ser desigual.

Filosóficamente, este tema puede abordarse desde varias perspectivas, incluyendo la ética, la política y la antropología, dependiendo si entendemos el esfuerzo como vehículo para lograr la mejor versión de uno mismo (eudaimonía), de la sociedad que nos rodea (la superación del nihilismo), o de convertirse en algo duradero (frente a la liquidez de Bauman). En todo caso, el esfuerzo debe ir acompañado de reflexión: ¿hacia dónde lo dirigimos y para qué? En palabras del filósofo Albert Camus, "el verdadero esfuerzo no es vencer, sino comprender."

El ascensor social, ese mecanismo que debería permitir a cualquiera ascender por mérito y trabajo, parece haberse averiado. Para algunos, los peldaños son sustituidos por un cohete, mientras que para otros, la escalera es empinada y sin barandilla. La sociedad ha naturalizado esta desigualdad al punto de idealizar la imagen del "triunfador", ignorando que detrás de muchas historias de éxito aparente se encuentra el respaldo de una red de privilegios que no siempre se menciona.

En contraste, quienes verdaderamente han escalado con esfuerzo suelen enfrentarse no solo a desafíos materiales, sino también a una narrativa social que desmerece su lucha. Incluso cuando alcanzan el éxito, la sombra del que sabe lucirse y presumir de sus avances frente al que trabaja y calla relega muchos logros relevantes a la desidia colectiva.

El filósofo Gómez Dávila señalaba que "la mediocridad no está en lo simple, sino en lo cómodo". En La tiranía de la mediocridad, libro que acabo de terminar, de Sophie Coignard, explica cómo la sociedad actual premia la superficialidad y la complacencia. Nuestra realidad está dopada por algoritmos que priorizan lo vistoso y superficial. La mediocridad no solo es aceptada, sino celebrada. Las redes sociales amplifican este fenómeno: los likes recompensan la juventud, la fotogenia y el entretenimiento vacío, mientras que la excelencia lucha por hacerse un espacio.

Esta mediocridad, difícilmente definible, pero fácilmente comprensible si uno tiene los pies en la tierra, tiene consecuencias profundas en el desarrollo de las sociedades. En literatura, centrémonos, la mediocridad ha sido un enemigo silencioso que amenaza con homogeneizar las voces y reducir la profundidad. Grandes autores como Nietzsche criticaron la moral del "rebaño", esa tendencia a nivelar hacia abajo para evitar destacar. Las obras literarias que desafían, que incomodan, son relegadas frente a los libros de autoayuda o novelas ligeras diseñadas para ser "devoradas" con rapidez. En la filosofía, el pensamiento crítico es silenciado por eslóganes fáciles de compartir. Coelho gana por goleada a Derrida. Y en la tecnología, los avances se diseñan más para capturar nuestra atención que para enriquecer nuestras vidas, díganselo sino a los fabricantes de esos Sonny Angels de casi cincuenta euros de precio, es decir, cincuenta veces lo que me ha costado esta mañana, en el rastro, comprarme los dos trópicos de Miller en un volumen único con encuadernación en símil cuero de la editorial Clásicos Contemporáneos.

Históricamente la literatura ha sido una trinchera combativa contra el mediocre. Desde las tragedias griegas hasta las magnas novelas actuales, que las hay, las grandes narrativas han confrontado la lucha entre mérito y privilegio. Personajes como Valjean en Los Miserables encarnan el esfuerzo frente a la adversidad, mientras que otros disfrutan con una vida cómoda desde su egocentrismo, como Carlos, el protagonista de Historias del Kronen, o fingen y huyen hacia adelante, como el impostor Enric Marco que retrató deliciosamente Cercas en su novela sin ficción.

La "mediocridad algorítmica" no solo amenaza la literatura, sino también nuestra capacidad como sociedad para imaginar mundos distintos, para pensar críticamente y para desafiar la norma. El sistema educativo no premia la excelencia, sino que iguala por abajo. Pretende “no dejar a nadie atrás”, pero quizás esté abandonando a su suerte a la mayor parte de un pelotón que bosteza y aprueba sin más esfuerzo que el consignar su mera presencia. A lo sublime, culturalmente hablando, se accede mediante el alimento de la propia inquietud. Me atrevería a decir que los destacados a veces “estorban” porque da la sensación de que salen del redil. Los mediocres no protestan y cumplen, temerosos, las indicaciones del mastín que les guía sin pensar si detrás de él hay un pastor o no. Tan solo debemos estar pendientes de nuestras pantallas, no vayamos a desarrollar eso que llaman FOMO o miedo a perderse algo. De ello hablaré en unos días.

El algoritmo no discrimina por calidad, sino por interacción: lo que más clics recibe, lo que más se comparte, lo que más rápido entretiene. En este contexto, el contenido profundo, la narrativa que exige tiempo y reflexión, y la literatura que se aleja de lo comercial quedan relegados a un segundo plano. Esto no solo empobrece la oferta cultural, sino que también afecta nuestra habilidad para enfrentarnos a la complejidad del mundo. Si todo lo que consumimos se adapta a nuestra comodidad y a nuestras preferencias preexistentes, ¿cómo aprenderemos a lidiar con ideas incómodas? Sí, querido lector, aquí es donde quería llegar. Simplemente encogiéndonos de hombros y aceptándolas a la vez que colocamos un nuevo y monísimo Sonny Angel en nuestro teléfono móvil.