Pero la cosa está clara: a mensajes borrados, acusación manifiesta. Quizá el vaciado del móvil del fiscal se pueda encontrar en la nube porque la tecnología digital produce muchas sorpresas, si bien los técnicos que han hecho la operación habrán previsto las circunstancias laterales.
La opinión pública tal vez nunca sabrá lo que los mensajes borrados contenían, pero siempre sospechará que en ellos se condensaban evidencias de la participación del fiscal general y tal vez de otros personajes en la tropelía. La vida política organizada sobre el fraude y la falsedad, sobre el disimulo y la mentira, es especialmente frágil. Se puede engañar a muchos durante algún tiempo, pero no a todos todo el tiempo. Antes o después el pasaje investigado se aclarará. Pedro Sánchez, sin embargo, no se equivoca. Tiene una endiablada habilidad para alargar su permanencia en el poder. Y si la muralla del fiscal general del Estado se derrumbara, la situación presidencial en Moncloa quedaría comprometida un poco más. La tentadora silla curul monclovita ahí está. Permanece preparada para que Pedro Sánchez continúe sentado en ella a pesar del vía crucis judicial al que está sometido.