Opinión

Eutrapelía: humor y muerte

TRIBUNA

Carlos Díaz | Viernes 20 de diciembre de 2024

Por si alguno de ustedes, mis queridos lectores amigos de El Imparcial, se encuentran un poco extrañados por la demora de mi artículo, aquí estoy felizmente vivito y coleando con la gratitud de siempre hacia la vida. La muerte siempre da la cara, sólo hay que aprender a leer su rostro.

Inevitable resulta preguntar por la muerte, todo pensamiento que no se decapita está preñado de muerte¸ no se puede prohibir al pensamiento hacer preguntas, por incómodas que resulten; desde que tenemos uso de razón queremos saber hacia dónde se encamina la señora, cuál es el desenlace. Apenas bastan nueve meses para hacer un hombre, pero se necesitan miles de años de sacrificio, de voluntad y de suerte para intentar responder a las cuestiones, especialmente a las últimas en dificultad: cuando este hombre ya está a punto, está listo sólo para morir.

Todo es cuestión de medida, enseñaba Machado: un poco más, algo menos. El moribundo al que, en su lecho de muerte, le comunicasen que le había tocado el premio gordo de la lotería probablemente sonreiría melancólico pensando un poco en sus herederos. Por mi parte, cuando escucho la balsámica frase “que me quiten lo bailao” pienso que ya nada puede quitarse a quien está a punto de no bailar. Es lo que de otro modo me ocurría (créanmelo, es muy cierto) con una marquesa española que me prometía dejarme en heredad no sé cuántas propiedades suyas a su muerte si la acompañaba todas las tardes un ratito para darle pía conversación, ya que me tenía como un santón: ¿qué generosidad es esa de dejar algo a alguien post mortem, cuando ya el donante ha pasado a ser él mismo propiedad de los gusanos? Todos venimos muriéndonos desde hace años un poco cada día.

La muerte siempre está aquí, contigo y conmigo, a veces tan a gusto ambos. Primero estamos premuertos y luego muertos. Premuerto es todo aquello que funciona disfuncionalmente, aquello que no va en la línea de la realización perfectiva de nuestras posibilidades, lo desquiciado, lo amolado. A ciencia cierta, la muerte no se reduce al hecho fáctico de exhalar el último hálito, ni al mero momento puntual del duelo. En realidad existen muchas tonalidades en los grises y en los negros de la muerte; si se quiere, muerto es lo que ha concluido el trabajo de respirar, un sufrimiento, un estado de ánimo ingrato que puede tener una base física, o ser puramente mental e incluso venir causado por la felicidad ajena, a lo que por mi parte me permito añadir el sufrimiento de muerte que me causan los narcisistas.

Y ya ha comenzado a andar el artículo de este día. Se alza el telón que yo mismo no podré bajar, pues vida y muerte se desplomarán juntas, la vida exhausta y sin nada que devorar al no poder seguir fagocitándonos, y la muerte al no tener nada más que llevar a sus tiesas fauces. Nacieron juntas y juntas desnacerán, muere ella misma y nosotros con ella en un mismo convoluto, pese a lo cual podría preguntarse a la muerte si los muertos que creemos matar gozan de buena salud y nos sobreviven durante algún tiempo.

Cuando este su pequeño servidor era insolentemente joven miraba al escalafón de catedráticos para ver si se iban muriendo como Dios mandaba y así ascendía yo algún peldaño. Ya estoy en los peldañosresbaladizos que no son precisamente los de la fama, sino los de la muerte que me hace guiños pícaros detrás de su celosía. Peldaño a peldaño he ido corrienso mi carrera y escalado vida y muerte. Conozco incluso a algunos coetáneos que reciben la noticia de la defunción de alguien de su edad con gran alegría, no tanto por maldad, sino por agradecimiento y regocijo por todavía seguir vivos y poder contarlo. La historia del “ascenso” continúa, se asciende para arriba y para abajo, y a esto último se le denomina descenso. Mientras tanto, ya que no podemos dar años a la vida, demos vida a los años. Y el que sepa rezar, que lo haga sin lastimosería. Y el que no, que eleve unas cuantas jaculatorias pre mortem a su propio yo, por si hay suerte.

Y ahí vamos todos ¡y todas! como un reguero de hormiguitas; muerte no es lo que les pasa a los otros y a las otras tan sólo, y esos a quienes lloramos por suoner que han muerto no han hecho sino precedernos, ya lo dicen estos versos socarrones: “camino del cementerio/ se encontraron dos amigos./¡Adiós!, dijo el vivo al muerto,/ ¡hasta luego!, el muerto al vivo”. No sólo la vida, también la muerte hay que vivirla con humor; no saber vivir el día a día con espíritu eleutérico la hace desventurada, “yace en esta tumba fría/ un prestamista cruel/ que hasta el polvo se comía/ y ahora por venganza impía/ el polvo se come a él”(1).

Con el acta de nacimiento recibimos eo ipso el acta de defunción, por eso el derecho a vivir nuestra muerte es el primero de los derechos humanos. Vida y muerte se besan como esperanza y desesperación, cual sentido y sinsentido. La vida es una enfermería donde nos convertimos en meros enfermos, pero somos lo vivo que la muerte no ha matado.

Cuando parece que la muerte no ha venido, ya echó sus gusanos en nosotros; cuando ella se va, no es seguro que se erija en nuestra última morada. Todo vive sujeto a la fragilidad y al accidente; todo caduca, todo enferma, todo muere, todos cabalgamos sobre la sombra de la propia parca, aunque vivamos como si estuviésemos seguros de vivir siempre. La naturaleza es una sucesión, el mundo una posada, y la muerte el final del viaje. Como sabemos, nadie muere tan pobre que la ropa no le sobre. La naturaleza es una sucesión de nacimientos y muertes, y la muerte el final del viaje, pudiéndose asegurar que desde que se nace se es lo suficientemente viejo para morir: todos cabalgamos sobre la sombra de la propia parca, con vistas a la muerte, aunque vivamos como si estuviésemos seguros de vivir siempre.

A la muerte no se la oye porque en la intimidad de la casa anda en zapatillas, pero es como el verbo que las lenguas germánicas colocan al final de la frase dándola sentido. La muerte, cuyo fétido aliento nos da nauseas, nos quita la venda que nos habíamos puesto antes de la herida. A veces la situación resulta patética: desear expresar mi dolor y no encontrar a quien trasmitírselo, teniendo que erigirse en destinatario del propio pésame. Cuando mi cuerpo enferma se subleva contra mí y yo debo prestarle atención para no darle el pésame demasiado pronto.

De todos modos, hay demasiado esencialismo funerario en autores como Primo Levi, según el cual los peores sobreviven, pues los mejores están totalmente muertos. Más allá del pesimista inalterable, para quien la salud es un estado transitorio que no conduce a nada bueno, y del miedoso para quien la enfermedad es una inminencia, enfermar no es sólo cambiar de estado, sino también de vida, incluso a veces de viuda. Drama y comedia viven mezclados y su estar/muriendo/y/viviendo no acontece vidas sucesivas o reencarnadas, sino en la realidad única de cada vida/y/muerte.

Existe un modo de vivir que conlleva un modo de enfermar, cada historia clínica es un fragmento de biografía humana. Vida y muerte son estados de una misma realidad: estado de mejor salud (enfermedad curable), estado de deficiencia vital permanente (enfermedad cicatrizada, según la calificó Pedro Laín), o estado de muerte (enfermedad mortal, según Kierkegaard). Quien tiene sentido del humor sonríe porque sabe que en la vida y en la historia todo es serio, pero nada irreparable.

El enfermo infirme es “nada menos que todo un hombre”, Unamuno dixit, un hombre, no un corazón o un pulmón enfermos, quien agradece la vida no arroja la toalla antes de tiempo, aunque termine en la lona noqueado una vez perdida la agenda del tiempo. No sólo la vida, también la muerte hay que vivirla día a día. A la pregunta ¿qué hacemos con la muerte? la logoterapia responde: vivirla dotándola de sentido, resucitándola catárticamente sin sus excrecencias y sus parásitos devoradores.

Disociar vida y muerte sin comprender la muerte que late en la vida, ni la vida que late en la muerte, no pasa de ser una abstracción. Especular con la muerte convirtiéndola en cosa que estuviera ahí sería también devaluarla, desnaturalizarla. Empresa vana, en cualquier caso, la de construir una antropología con diques de contención contra el morir para ganar tierra a sus mares fuliginosos y al ingente chapapote de sus mareas. No saber vivir el día a día la hace desventurada, así que, no pudiendo dar más años a la vida, demos vida humorosa a los años: “yace en esta tumba fría/ un prestamista cruel/ que hasta el polvo se comía/ y ahora por venganza impía/ el polvo se come a él”. A más tristeza, más muerte: “díjome la muerte, ¿qué miras? -miro, respondí, el infierno y me parece que lo he visto otras veces. ¿D ónde?, dije yo: en la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los maledicentes, en las malas intenciones, en las venganzas, en el apetito de los lujuriosos, en la vanidad de los príncipes”.

Autores hay que son auténticas bestias negras en lo que se refiere a su cuestionamiento radical a la dignidad del ser humano: animal nosóforo portador de enfermedades (Baroja), pálida imagen de difunto (Quevedo), el necio teme la muerte y huye de ella, el loco la busca, el sabio la espera (Charron) y ella se presentan entre los comensales sin haber sido invitados. Verdad es que la pompa de los entierros atañe más a la vanidad de los vivos que al honor de los muertos, y mientras tanto el enfermo se come su propia febrícula. Pero estos autores desmesuran; en realidad los más cuerdos viven como quien va a morir; tú, aunque seas mandarín, ten en cuenta que no eres más que el hijo de tu madre, y que la pompa de los entierros atañe más a la vanidad de los vivos que al honor de los muertos.

Cierto es que no pocos rehúsan dar a la tierra lo que es de la tierra y se niegan a reconocer su carta de naturaleza a la humkanidad, lo reprimen, amordazan, camuflan y atiborran de calmantes; sin embargo, aunque a veces la vida sea dura, peor sería deshumanizarse para mejor descondolerse; incluso en el sufrimiento la persona puede madurar, crecer e intentar salir del fondo oscuro de la caverna. Demasiados cojos de las más diversas cojeras le echan la culpa al empedrado, a la irregularidad y anfractuosidad del terreno; tal tipo de cojos se comportan como cojitrancos de todas las patas, al decir de nuestro clásico.

El mal ahoga de dos maneras: atenazando a quien no lucha contra él por miedo, es decir, a quien mira para otro lado, “virgencita que me quede como estoy”, o procrastinando. El miedo a la responsabilidad y a la culpa son graves interferencias existenciales, y de él procede la incapacidad para reconocer que al menos una vez en la vida soy falible, defectuoso, culpable. Pero ni siquiera borrado el término de las enciclopedias se acabó el problema, como tampoco maquillando al cadáver: la muerte no muere por reducción a intercambios metabólicos o a disoluciones químicas de los cuerpos albuminoideos, ni se la despista con un laborismo cuya obstinación lleva al pódium, al acalambrado laborólico; ni caben ante la parca pelona cualquier barata consolación, ni la apelación genérica a la abstracta victoria de la especie sobre el individuo concreto pues, no siendo extraterritorial, marca los límites. En el dolor la persona no siempre madura, de ahí las reacciones inmaduras.

Y gracias por estar ahí.

1. Maura, G: Vivir, morir. Ed. Tiempo Nuevo, Caracas, 1989, p, 76.