Opinión

Adiós 2024

TRIBUNA

Fernando Maura | Sábado 21 de diciembre de 2024

El año 2024 se nos va dejando detrás de él una larga serie de acontecimientos nacionales e internacionales que, para cualquier otro año de los que hemos vivido hasta ahora, nos resultan casi imposibles de abarcar en ese exiguo espacio de los 365 días que lo forman. No es así, sin embargo, como lo demuestra el dicho -rigurosamente falso- de que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque nuestra memoria es flaca, pero higiénica, ya que nos ayuda a desterrar del pasado las tristezas y conservar de él todo lo que de grato y amable tuvo.

Aun así, este año 2024 nos ha arrojado paladas de incertidumbre sobre las certezas que manteníamos ya un tanto desconcertadas. Observamos a un gobierno nervioso, acosado por los tribunales, y a una oposición que es incapaz de señalarnos un camino de cordura y sensatez; de los aplausos a la “épica” del Fiscal General del Estado por borrar los WhatsApp que le implicaban en la filtración de los datos de un contribuyente, al simulacro de pacto entre el ex número 3 del PSOE, su asistente y hombre para todo -Koldo- y un gobierno dispuesto a no se sabe qué, aunque se intuye lo que pueda tener preparado, toda vez que indultos y amnistías ha tiempo que dejaron de ser líneas rojas que no se podían cruzar. La oposición ha sido incapaz de hacernos saber qué proyecto tiene, más allá del que te vayas tú y de ponerme yo; no concreta tampoco qué tipo de gobierno es capaz de construir con quien le dará la mayoría -Vox- y su acercamiento parlamentario con Junts resulta preocupante a la vez que innecesario. Quizás en la ambigüedad característica del partido presidido por Feijóo quepa encontrar la explicación de esta actitud: cuanto más equívoca su conducta, más posibilidades de pacto podrán abrigar.

Pero esa desconfianza respecto de nuestra clase política -basada desde luego en un buen conjunto de aseveraciones- queda en algún caso mitigada una vez comprobados los gravísimos acontecimientos acaecidos como consecuencia de la gota fría en la Comunidad Valenciana. Y no, desde luego, por el comportamiento de nuestros políticos respecto de la catástrofe. A 28 de noviembre, sólo 128 de los más de 17.000 millones aprobados en ayudas habían llegado ya a los afectados -un 0’5%-. No es preciso abundar en la descoordinación entre las instituciones, el acostumbrado reparto de culpas entre sus responsables, o la también habitual ausencia en la asunción de las responsabilidades -no hay verdad política más incontestable que la que afirma que en este país nadie dimite-. Quizás no sea cierto después de todo que “el pueblo salva al pueblo”, pero más de 100.000 voluntarios se han desplazado a la zona y 7.500 militares han ayudado a los damnificados. Ante la desolación general, los Reyes nos han hecho ver, una vez más, que en España existe también el pulso de una nación, la convicción de una solidaridad, más allá de las incompetencias de tantos otros.

Y si en nuestro país avanza el populismo y la división política, que van permeando en una sociedad que parecía inerme ante esas características de quienes mal gestionan los recursos públicos, habrá que advertir que no somos una excepción en estos registros. Crece la ultraderecha en Europa, Marine Le Pen podría presidir la República francesa en 2027; en Alemania, Alternative für Deutschland es ya la segunda fuerza política en las encuestas, detrás de la cristiano-demócrata CDU; gobierna en Hungría, en Italia, aunque moderándose a sí misma; también en la liberal Holanda y en Suecia, los Demócratas de Suecia apoyan desde fuera al gobierno. En Estados Unidos ha ganado las elecciones un candidato condenado por los tribunales, y con cuatro causas penales en su contra. Crecen los países sometidos a regímenes anti-democráticos (54 en el año 2006, 59 en 2022), de la misma forma que aumenta la desconfianza en las instituciones.

Los conflictos bélicos se renuevan sin solución de continuidad, y sin una conclusión fácil. Como consecuencia, los principios elementales del derecho internacional, entre los cuales la intangibilidad de las fronteras, establecido por la paz de Westfalia de 1642, saltaron, hechos añicos, una vez más por las diversas agresiones de Rusia sobre el territorio de Ucrania; la respuesta de Israel al bárbaro atentado de Hamás va a suponer una reconfiguración del mapa geopolítico de la región -uno de los cuales es, desde luego, el reciente cambio de régimen en Siria, cualquiera que sea su deriva-, ¿qué ocurrirá en la futura Gaza, Cisjordania, Líbano… qué situación política y cómo se comportará Irán en el futuro?

Las incógnitas se acumulan, al igual que los temores: ¿aprovechará el desconcierto imperante China para invadir Taiwán?, ¿qué harán, en su caso, los EEUU?, ¿habrá quien recurra a la bomba atómica para conseguir sus objetivos?, ¿quién será el primero?

Pero, con todo, existe un periodo del año en el que conviene detenerse en afirmar lo positivo y en dejar atrás lo molesto. Recordar los buenos momentos pasados y procurar revivirlos. Ponderar en nuestras vidas todo lo bueno, que es poner en su lugar real lo que nos perjudica. Advertir en la sonrisa de un niño su fuerza incontenible de hacer cosas grandes, y bellas. Aprovechar la Navidad para algo más que atiborrarse de comida, bebida y regalos. Recuperar la ilusión.

Adiós, 2024. Que el nuevo 2025 nos traiga lo que le pidamos y se lleve todo lo que detestamos. ¡Feliz Navidad!