Tiene que ser breve. Esta vez no puedo quedarme mucho rato, dijo. La marquesa de S. tenía su reunión navideña con las viejas amigas, todas de alta alcurnia, supuse, o con viudedades de largo y pintoresco recorrido. Una sorpresa, la verdad. Uno siempre tiende a pensarla más solitaria y misántropa, cuando la realidad es totalmente distinta.
La llevé al Pandora, por no variar y porque a primera hora de la tarde no causaría molestia ninguna la presencia del galgo. Mateo y Ricardo se deshicieron en carantoñas con él. Por suerte, su jefe no estaba esa tarde y, aunque la cámara registraba todo lo que ocurría en el local y nosotros no estábamos precisamente alejados del campo de visión, unos y otros estaban encantados, sobre todo el galgo, con su cabellera color rosa del desierto revuelta, arañando con sus patas las gotas de cera resbaladas hasta el suelo.
Adelantada a las fechas pero dejando entrever el tópico espíritu que lo promueve, la marquesa me trajo un regalo: un paquete con su correspondencia. Regalo según quién lo mire, claro. Para nosotros, desde luego que lo era, sin quitarle la parte de trabajo que acarrea el pasarlas a limpio. Al tomarlas me recorrió un escalofrío por lo escabroso que resulta el entrometimiento en la vida de alguien que no conoces más que de unos meses. Fue como la visión, piadosa y vergonzante, de esos que rebuscan en la basura, sin entrar en si el hurgue se debe a enfermedad mental, a desesperación transitoria, a torpeza inoportuna de haberse caído algo y querer recuperarlo. Por no pasarme, me quedé en esta última acepción, para aplicarme el cuento, a pesar de que puede derivar en las otras dos. Tiempo al tiempo. Se lo agradecí de veras. Pude invitarla a dos vermús. Ella me corrigió. Con lo redicho que eres, tendrías que haber usado convidar. Va sabiendo cómo vacilarme.
Cuando se fue, el bar seguía medianamente desierto. Enseñé las cartas a Mateo y a Ricardo, que miraron divertidos la rareza del asunto y seguramente más el que yo lo encontrase fascinante, doblemente loco en mi caso, según ellos. ¿Te pongo otra?, preguntó Ricardo, pues iba a ser necesaria la cerveza para el rato a pasar en una de las mesas del fondo, en esa hora entre perro y lobo anticipada, con la puesta de sol ulcerosa por las nubes y el frío que las amorataba.
Las cartas, leídas fuera de su tiempo, pierden toda su consistencia. Son letra muerta que no revive más que por la imaginación volcada sobre ellas. Se vuelven alguien cuyo cerebro dilapidado avanza sin rumbo fijo, como decía ese verso de William Carlos Williams. Las que me dejó la marquesa continuaban esa anécdota de la tala de árboles. Iban de noviembre a febrero del año siguiente, con abundancia en el mes de diciembre, casi una al día, a veces dos. ¿Llegarían todas a su destino, al despacho madrileño del marqués? Allí las imaginé amontonarse en un secreter. ¿Fueron leídas, releídas antes o después de enviadas? ¿Eran copias o las originales? Todas daban vueltas a lo mismo. Felicitaciones, píos deseos de Año Nuevo, nombres absolutamente ajenos a uno, a la memoria de muchos de los allí citados en el caso de seguir viviendo y si se reencontraran con esas menciones. Las fotografías suelen estar tomadas por la muerte, leí una vez en un escrito de Benet. Las cartas, expedidas por el vacío. No se sabe qué es peor. Con todo, la seguridad de que la vida no se había malgastado. No podía, con ese evidente rebosar de las apretadas frases. Esas cartas te arrojaban a otro vacío, un espacio en el que respirar, parafraseando a Rilke —más citas, qué manía, pero ya lo siento: ésta venía en una de las cartas—, y en el que los pájaros quizá sintieran más grande el aire cuando realizasen sus vuelos íntimos.